¿Cómo
es posible crecer sin perder la forma? Imaginemos un caso aparentemente
sencillo, el de un rectángulo. El sentido común nos dice que si aumenta su
longitud en la misma proporción y en todas las direcciones conservará su forma.
Pues bien, aunque parezca lo más lógico, veremos que la relación de longitudes
entre los dos lados no se mantiene constante, así que perdería su forma.
Sin
embargo, añadiendo a un rectángulo áureo cuadrados de lado igual al de su lado
mayor, obtenemos otro rectángulo áureo. Aumentamos el tamaño conservando la
forma. Es la fórmula que adoptan muchos seres vivos, sobre todo vegetales pero
también estructuras como las conchas de los moluscos, por ejemplo, para
conservar la forma primitiva a lo largo del crecimiento.
Claro
que conservar las proporciones no siempre conviene a los seres vivos. El
desarrollo de los seres humanos es un constante cambio de proporciones, y es
una verdadera suerte, porque si conserváramos las proporciones de los recién
nacidos, tendríamos serias dificultades para mantener la cabeza erguida. Fijaos
en la ilustración.
La
principal diferencia de la espiral áurea con otras espirales, es que se va
ensanchando a medida que gira. El biólogo escocés D’Arcy Thompson (1860- 1948),
conocido como el primer biomatemático, descubrió que la propiedad de algunos
seres vivos de aumentar por crecimiento terminal sin modificación de la forma
total es característica de la espiral logarítmica y de ninguna otra curva
matemática: “Toda curva plana que parte
de un polo fijo y de tal naturaleza que el área polar de un sector sea siempre
un gnomon respecto del área precedentemente obtenida, es una espiral
logarítmica”.
Los insectos trazan una espiral áurea cuando se acercan a un punto de luz. Si en lugar de alejarnos de un punto determinado, queremos acercarnos a él conservando el ángulo de giro, sólo podemos hacerlo así. Las aves de presa mantienen esa trayectoria cuando se lanzan a cazar. Es la única manera en la que pueden mantener la cabeza recta y sin variarla de posición, con lo que siempre tienen control visual sobre las presas y maximizan la velocidad.
Desde
la gestación del hombre ideal por
parte de Leonardo de Vinci, la historia del arte y paralelamente, la de las
ciencias, han visto numerosos estudios sobre la adecuación de diferentes partes
del cuerpo humano a la proporción áurea. Incluso antes, ya en la edad media, se
usaba la medida humana como patrón entre los constructores de catedrales. Los
canteros franceses y los alarifes españoles utilizaban un instrumento de medida
con cinco vástagos articulados con las longitudes de la palma, la cuarta, el palmo,
el pie y el codo, que correspondían a las magnitudes del brazo además de la
longitud del pie.
Todas
esas longitudes eran múltiplos de una unidad llamada línea, que equivalía a
poco menos de 2,5 mm (exactamente, 2,247). En la tabla de aquí abajo se muestra
la equivalencia de esas medidas con la línea y con nuestras unidades actuales.
Se puede comprobar que las líneas son términos sucesivos de Fibonacci, por lo
tanto, la razón de cada uno respecto al anterior será F, lo
que no deja de ser sorprendente, pues las medidas iniciales fueron tomadas en
el cuerpo humano.
He
aquí pues la sorprendente y casi mágica correlación entre las matemáticas y la
naturaleza, en este caso la biología. El pobre profesor Bigotini tiene el
hándicap de su tremenda narizota cuya desproporción desafía a Fibonacci, a la
proporción áurea y a todas las leyes conocidas hasta el presente.
Cuando
me da por pensar de noche en mis defectos, me quedo dormido inmediatamente. Es
como contar ovejas. Oscar Wilde.






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