
El
caso es que nos hemos metido entre pecho y espalda tres señores
codillos con su guarnición, que no se los saltaba un cura sin
sotana. Tremendo, la cosa promete… El Meininger
hotel es
limpio y tranquilo, con camas hechas al estilo germánico, funda
nórdica incluida. Eficiencia alemana. Todo funciona bien. Las
puertas de las duchas encajan, las toallas secan, y cada cosa está
en su sitio. Hace fresco para julio (18 grados) y tiene toda la pinta
de vacaciones con jersey y chubasquero, porque también llueve
intermitentemente. En apenas unos minutos hemos hecho fotos y más
fotos.
![]() |
Munich desde los tejados |


![]() |
Residencia del príncipe elector de Baviera |

![]() |
Las terrazas muniquesas |
Alquilamos
un coche para recorrer Baviera. Un Dodge-berlina nuevo y grandote,
muy al gusto alemán. Autopista y manta. Llegamos a Nüremberg, la
del famoso juicio. Ciudad imperial donde las haya, el casco histórico
de la Nuremberga barroca, está conservado brillantemente. La
iglesia-catedral de San Lorenzo, del gótico centroeuropeo más puro,
impresiona por su grandeza.
Las
grandes ciudades alemanas (Berlín, Franfurt, Hamburgo, Hannover o la
misma Munich) fueron literalmente reducidas a cenizas por los
bombardeos aliados. Durante el milagro alemán, con un esfuerzo
admirable, sus habitantes reconstruyeron lo que pudieron, catedrales,
ayuntamientos y algún palacio. Casi todo lo demás es moderno y de
escaso interés turístico. Sin embargo, las ciudades pequeñas
(Bremen, Nüremberg, Ratisbona, etc.) se libraron de la destrucción,
por eso deparan al turista mayores satisfacciones. Berlín es un caso
excepcional, porque a pesar de que quedó completamente arrasada, es
la gran metrópoli no sólo de Alemania, sino de toda la Europa
central. En Berlín tanto los del oeste como los del este, se
esmeraron en hacer la reconstrucción de tal manera, que con eso y
con la vida ciudadana que le prestan los berlineses (gentes tan
apacibles y refinadas, que ni parecen alemanes), resulta ya un
destino imprescindible para cualquier viajero.
En
Nüremberg probamos más especialidades bávaras: steack
tartar y un fiambre muy
original a base de cerdo cocido y gelatina de castañas que quita el
hipo. Terminamos por la tarde el recorrido turístico de la vieja
ciudad, y vuelta a la carretera. Llegamos a Munich a tiempo de cenar
en un italiano (hay que descansar de tanto cerdo). Entrantes,
ensaladas y pastas muy bien condimentadas. Mañana seguiremos la ruta
turística.
![]() |
Nüremberg |
En
nuestro coche-tanque enfilamos el camino de Ratisbona (en alemán
Regensburg), una pequeña joya engastada en la corona bávara.
En
Ratisbona todo es típico. Las calles son típicas, las casas son
típicas (seguimos haciendo fotos). Magnífica la catedral y
fabulosas las vistas del Danubio desde el puente medieval. Comemos en
la famosa hostería del siglo XII donde sirven las mundialmente
célebres salchichas de Ratisbona. Aquí las ponen con una guarnición
de cebolla confitada. Nos zampamos media docena por barba,
acompañándolas de ricas cervezas que (como en las demás
cervecerías típicas de Baviera) fabrican ellos mismos. Se come en
la terraza al aire libre, junto al Danubio, en unas largas mesas de
madera con bancos corridos. Parece ser que lo clásico es comer las
salchichas con las manos, así que en la hostería han perfeccionado
la técnica del trapo húmedo. Cada poco rato (tres o cuatro veces a
lo largo de la comida) aparece una camarera con toallas limpias,
calientes y humeantes, y te cambia las anteriores. No es que sea muy
chic,
pero es la mar de práctico.
![]() |
Ratisbona desde el Danubio |
De
vuelta en Munich, y después de devolver el auto en la agencia, damos
el enésimo garbeo por el casco histórico y tomamos algún refresco.
En el trayecto del tranvía hemos visto las noches pasadas el
Biergarten
donde se celebraba hasta hace pocos años la Ocktoberfest.
Luego se ve que la fiesta se hizo tan multitudinaria que tuvieron que
trasladarla a una especie de feria en las afueras. Nos decidimos pues
a probar el Biergarten.
Allí, en una mesa situada estratégicamente en el mirador desde el
que se dominan los jardines, y con la caricia de una brisa tan
reconfortante, que a última hora nos ha obligado a ponernos una
chaqueta, nos hemos despedido de Munich y la cocina muniquesa a base
de codillo, cerdito lechal al horno y espectacular tabla de quesos.
Para terminar, el clásico apffelstrudel
calentito. Un festín, muchas risas y gran diversión de chicos y
grandes. ¡Que bien!
El
amor es como las cajas de cerillas, que desde el primer momento
sabemos que se nos tiene que acabar, y se nos acaba cuando menos lo
esperamos. Enrique Jardiel Poncela.
No hay comentarios:
Publicar un comentario