
Si
hablamos por ejemplo de objetos matemáticos, acaso uno de los más
impresionantes es el conocido como tablilla
Plimpton 322. Se trata de una vieja tablilla babilonia de
arcilla repleta de signos cuneiformes que data de la época de Hammurabi, hace
casi cuatro milenios. Debe su nombre al editor neoyorquino George Plimpton, que
la compró en 1922 por diez dólares, y la donó a la universidad de Columbia.
Contiene una serie de cifras dispuestas en cuatro columnas y quince filas. La
tabla presenta un conjunto de ternas pitagóricas o números naturales referidos
a las longitudes de los lados de triángulos rectángulos. Ofrece diversas
soluciones al teorema de Pitágoras a2 + b2 = c2.
Así, los números 3, 4 y 5, forman una terna pitagórica, mientras la cuarta
columna indica el número de fila. Es en definitiva, uno de los artefactos
matemáticos más sutiles conocidos. Podría tratarse de un listado de soluciones
de problemas de álgebra o trigonometría, acaso una especie de chuleta
antiquísima para estudiantes tramposos.

¿Asombroso?
Pues aun hay más ejemplos. En Checoslovaquia se encontró una tibia de lobo de
32.000 años de antigüedad con cincuenta y siete muescas agrupadas de cinco en
cinco. En Lebombo, Swazilandia, se halló un peroné de babuino de 37.000 años
con veintinueve muescas. El profesor Bigotini agradecerá infinitamente a
cualquiera de sus numerosos corresponsales que le hagan llegar una reproducción
del hueso de Ishango u otro instrumento de cálculo. Lleva varios días encerrado
en su gabinete, tratando sin éxito de descifrar el recibo de la compañía
eléctrica.
Las
matemáticas son como el amor. El principio es muy simple, pero podemos complicarnos
hasta el infinito.
No hay comentarios:
Publicar un comentario