
Si
estas notas biográficas no fueran suficiente aval, Aristóteles es sin duda el
autor más comentado de cuantos han existido jamás. Su obra ingente, que abarca
desde la filosofía hasta las ciencias naturales, ha sido reproducida
más que la de ningún otro. Se le atribuyen doscientos tratados, aunque de ellos
sólo treinta y uno han llegado hasta nosotros. Hasta prácticamente el siglo
XVII, en que con Descartes, Newton o Leibniz, entre otros, aparece el método científico, Aristóteles fue para
los estudiosos y eruditos de casi veinte siglos, la autoridad de referencia con
mayor peso.
Aristóteles
pasó veinte años en Atenas asistiendo a La Academia de Platón. Viajó después
a Atarneo y Aso, ciudades de Asia menor, donde continuó su formación. Vivió dos
años en Mitilene, en la isla de Lesbos, donde se interesó por la zoología y lo que llamaríamos hoy biología marina. En 343 a .C. el rey macedonio
Filipo lo requirió para dirigir en Pella la educación del joven príncipe Alejandro,
que entonces contaba trece añitos. Regresó a Atenas, donde fundó El Liceo, en el que las clases eran
públicas y gratuitas. Allí reunió una importante biblioteca y un número ingente
de alumnos, a los que se llamó peripatéticos, del término griego peripatos, con el significado de itinerantes, por la costumbre que al parecer tenían de conversar y
discutir mientras daban largos paseos.

Como
es natural, diecinueve o veinte siglos de fama dan para mucho. Gran parte de la
obra de Aristóteles, tanto filosófica como científica, forma parte más del mito
que de la realidad. Entre sus muchos tratados desaparecidos, los hay firmemente
documentados y seguramente también los hay imaginarios. Hasta la introducción
de la imprenta en el s. XVI, sus obras se copiaban a mano, sufriendo las ideas
de Aristóteles numerosas mutilaciones, adiciones y falsificaciones de toda
índole. Y si nos preguntamos legítimamente qué hay de mito y qué de realidad en
su legado intelectual, con la misma fórmula cabe dudar de algunos hechos
biográficos que se le atribuyen.
En
el título hacía referencia al erotismo.
Pues bien, aunque parezca imposible, el bueno de Aristóteles tampoco se libró
de protagonizar chistes verdes. Durante la Edad Media y el Renacimiento se
popularizó la historia de los amores de
Aristóteles y Filis, hoy caída en el olvido, pero muy arraigada
en la Europa medieval. Según esta tradición impía, Filis era una bellísima
cortesana por la que se sentía atraído Alejandro de Macedonia aun adolescente. Su
preceptor Aristóteles, queriendo alejarle del mal camino, amonestó al muchacho
con elocuentes razones y le previno contra la mala influencia de las mujeres.
Debió ser muy persuasivo, porque Alejandro le obedeció, y se apartó de la
tentación.

La
fábula sirvió de inspiración a infinidad de artistas plásticos. Pinturas,
grabados, esculturas y arte mueble (relieves de sillería) reprodujeron al pobre
Aristóteles a cuatro patas con Filis a cuestas. Hoy os ofrezco una pequeña
selección de estas curiosas obras (haced clic en la
ilustración). Si encontráis algunas un poco subidas de tono,
creedme, no son las más escandalosas. Ya sabéis que este es un blog serio.
Hay
estudiantes que se avergüenzan de ir al hipódromo, y ver que hasta los caballos
consiguen terminar sus carreras. Woody Allen.
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