En
pasadas entregas hemos hablado de Carlomagno, el flamante emperador de la barba
florida, que elevó su reino de los francos a la categoría de Imperio Romano
Germánico. Pero, claro está, no se llega a forjar un Imperio como ese de la
noche a la mañana.
La
campaña que Carlomagno emprendió contra los longobardos de Italia, fue poco más
que una guerra relámpago, sobre todo si se la compara con la que dirigió contra
los sajones, una guerra de treinta años poco más o menos, que ocupó gran parte
de su reinado. Sajonia se extendía desde el mar del Norte al bajo y medio Rin,
Turingia y el Elba. Media Europa. Los emperadores romanos habían intentado
desde mucho tiempo atrás, someter a los sajones sin éxito. Y es que los sajones
eran feroces, primitivos y supersticiosos, unas auténticas bestias pardas.
Practicaban un paganismo antiguo y cruel, se vestían con pieles de cabra, y
vivían del hurto y la rapiña. El Rin era la única barrera natural que les
separaba de los francos, pero los sajones atravesaban el río sin ningún pudor,
y saqueaban las poblaciones limítrofes cada vez que les venía en gana.
Tiempo
atrás, Pipino el Breve había establecido una serie de líneas de defensa
fronterizas, imponiendo a los sajones un simbólico tributo anual de trescientos
caballos. Cuando Carlomagno accedió al trono, los sajones habían convertido
aquel impuesto en una especie de burla en la que entregaban apenas unas decenas
de animales viejos y comidos por las pulgas. Pero en el año 772 los exactores
francos encargados de recoger el tributo se presentaron en Aquisgrán con las
manos vacías. Esto proporcionó a Carlomagno un perfecto pretexto para declarar
la guerra a los sajones e invadir sus territorios. Cruzó el Rin, y en Ehresburg
levantó un fuerte que sirvió de base para sucesivas expediciones. Desde allí,
se dirigió al norte donde destruyó el Irminsul, un ídolo muy venerado por los
sajones. Marchó luego hacia el río Weser, para volver después a Austrasia. De
esa manera, conquistó la parte más occidental del gran país, sentó las bases
para proseguir la invasión, y se convirtió en el paladín de la Iglesia de Roma,
cristianizando un extenso territorio y a sus habitantes.
Sin
embargo, sólo un año después, en 773, los sajones incendiaron las iglesias que
Carlomagno había hecho construir. Siguió una feroz represalia por parte de los
francos, con episodios atroces que se prolongaron hasta 804, cuando puede
decirse que Sajonia fue completamente sometida. Hubo en aquel periodo bautismos
en masa, seguidos de abjuraciones y asesinatos de sacerdotes y frailes, que a
su vez, provocaban nuevas y cada vez más sangrientas represalias. En fin, la
guerra franco-prusiana que nos es tan familiar en época contemporánea, pero
librada once siglos antes con hachas, lanzas y espadas en lugar de cañones.
Sobresalió entre los sajones un caudillo llamado Vidikindo, una especie de
Vercingetórix redivivo especialista en incendiar abadías y violar a monjas. En
Varden, al sur de Bremen, Carlomagno ejecutó a cuatro mil rehenes sajones. El
instrumento documental de la represión franca fue el llamado Capitular sajón, un texto urdido a
medias por Carlomagno y el papado, cuyo contenido podría resumirse en la
fórmula cristianismo o muerte.
Sajonia
se transformó en una inmensa prefectura franca. Una red territorial de condados
a cargo de condes dotados de amplios poderes sobre vidas y haciendas. Para
sofocar las frecuentes revueltas e impedir que se repitieran, el emperador
ordenó la deportación en masa de millares de familias sajonas a los territorios
occidentales de Austrasia y Neustria. La medida resultó todo un éxito. En el
siglo XX la intentaría repetir Hitler repoblando Polonia y Bohemia, y de hecho
la repitió Stalin en la Unión Soviética con el mismo éxito que Carlomagno.
En
los albores del siglo IX, Sajonia era ya el embrión de la futura Germania. El
emperador extendió su dominio hacia el sur y el sureste, dominando Baviera y
los territorios alpinos. No le detuvo la oposición del caudillo bávaro Tassilon
que se hizo fuerte en Ratisbona durante un breve periodo, al parecer con apoyo
de Bizancio. Carlomagno aplastó también la insurrección con gran regocijo por
parte de Roma, cuyas hostilidades con Bizancio eran más que patentes. Así, el
emperador de la barba florida extendió su dominio hasta el curso inferior del
Danubio y Panonia, la actual Hungría.
También durante el verano de 778, Carlomagno estuvo a punto de extender su dominio hasta Hispania, una vieja aspiración de su reinado. No pudo ser. La Zaragoza musulmana, pieza clave para dominar el valle del Ebro, se le resistió. Frente a sus murallas, el emperador de los francos tuvo noticia de una nueva revuelta en Sajonia, y volvió grupas. En su retirada, saqueó Pamplona, y al regresar a su reino por el paso de Roncesvalles, fue sorprendida su retaguardia por grupos de vascones en el desfiladero de Valcarlos. En la escaramuza perdió la vida su paladín Roland, también conocido como Roldán, Rolando u Orlando, episodio que dio origen al cantar de gesta más famoso de Europa, la Chanson de Roland.
al-Andalus,
la Hispania musulmana, quedó así definitivamente separada de Europa por los
Pirineos y por varios siglos. Los entonces todavía incipientes reinos
cristianos peninsulares, fueron poco a poco estableciendo puentes culturales
con el continente, sobre todo a través del Camino de Santiago, verdadero cordón
umbilical y arteria cultural que unió la península Ibérica al Occidente
europeo.
Para amasar una gran fortuna hay que hacer harina a mucha gente. Manolito, el amigo de Mafalda.

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