


Pasada
una semanita, parece que empezamos a caerle bien a Mrs. Lamparonni.
Ya apenas nos regaña, y hasta nos ha mostrado los colmillos de una
manera que se nos antoja vagamente amistosa. Esto marcha. Tras un
trayecto en la línea 11 del bus y una caminata por St. Paul,
llegamos a la célebre torre de Londres. Recorrido por las
dependencias de la vieja fortaleza. Turistas y más turistas.
Japoneses, indostánicos... Hay gentes de lugares que uno ni siquiera
sospechaba que existieran. Bombo y platillo imperial. Las joyas de la
corona, las armas tomadas a los naufragados navíos españoles de La
Invencible. Lo más entretenido son las mazmorras con sus sutiles
instrumentos de tortura. En esto se conoce todo el refinamiento y la
estatura moral de una cultura milenaria. Inolvidables también las
tardes en Hyde Park. Una elegante cena en un elegante restaurante de
Mayfair, seguida de una amena tertulia de sobremesa, nos reconcilia
con Londres y con la humanidad entera.
El
Museo de Historia Natural es sin duda el mejor del mundo en su
especialidad. Emoción en la galería de los primates, y devoción
ante la vitrina que contiene los restos de nuestra antepasada Lucy.
Impagable.
Mientras
sus tres hermosas acompañantes hacían compras en los tenderetes de
Portobello, Bigotini y su gran amigo el profesor Crespovich entraron
a tomar unas pintas en un pub cuyos parroquianos asistían a la
transmisión de la final de la copa del mundo de rugby, que
enfrentaba a Australia y Nueva Zelanda. El local estaba lleno de
naturales de ambas naciones con sus camisetas y sus bufandas.
Crespovich y Bigotini se mimetizaron de tal manera en aquel ambiente
de sana rivalidad, que acabaron entonando cánticos con sus jarrras
de cerveza levantadas al cielo londinense. Las chicas tuvieron que
sacarlos del bar a empujones como si fueran dos vulgares borrachos.
Un poco embarazoso, si, pero divertidísimo.
Vuelta
a Hyde Park y refrescos no alcohólicos a la orilla del lago. A la
sombra benéfica de un castaño de indias, y algo achispados todavía
por la espuma cervecil, caemos en la cuenta de que ya llevamos unos
cuantos días en Londres y aun no hemos visto un solo gato. De
repente despierta el poeta que el viejo Bigotini lleva dentro:
Ya
no hay gatos en Londres, y aunque dieses
vueltas
en derredor, y aunque los llames
por
su nombre: ¡Misino!, y pases meses
llamándolos
y a gritos los reclames,
nunca
los hallarás, querido amigo.
Quisiera
que un consejo me admitieses,
oye
con atención lo que te digo,
no
le busques al gato los tres pieses.
La
hortera magnificencia de los almacenes Harrods (o como se llamen) nos
devuelve dolorosamente a la realidad. Sucumbimos a la tentación de
la toilette para turistas. Salimos encantados, meados y perfumados.
La cena en un bullicioso pub de Chelsea con escandalosa abundancia de
comestibles y bebestibles, nos conduce al final de otra jornada.
Y
como al final todo llega, por fin llega el último día de nuestras
vacaciones londinenses. La Tate Gallery y la National Gallery nos
proporcionan sendas borracheras de arte del bueno. Cena en Belgravia
y festival de dulces cervezas negras con chocolate. El día siguiente
volaremos a Edimburgo. Bye, Londres, gran ciudad y divertidísimo
viaje. Hasta pronto.
Para
la mayoría de la gente la verdadera vida es la vida que no lleva.
Oscar Wilde.
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