

A
la belleza física, Teodora unió una aguda inteligencia. Era espiritual,
ingeniosa, divertida, descarada, locuaz… A veces demasiado locuaz. Supo seducir
a muchos, pero también se granjeó el odio de sus enemigos. A los diecisiete
años era ya la estrella más rutilante del mundo galante bizantino, toda una
celebridad. Se hizo amante de un tal Hecébolo, un funcionario de rango, y le
acompañó a su destino en Pentápolis. Allí en tierras africanas, fue abandonada
por ese sujeto, y Teodora se vio obligada a ganarse la vida con su ingenio y
quien sabe por que otros medios, a través de Alejandría, de Siria, de
Antioquía…
Acaso
las penalidades le hicieron madurar y crecer en astucia y ambición. El caso es
que de vuelta en Constantinopla, por medio de una amiga llamada Macedonia, fue
presentada a Justiniano, el sobrino del emperador Justino I, que estaba
destinado a sucederle. Teodora tenía unos espléndidos veintidós años que
exhibía con orgullo, y dos hijos de los que no estaba tan orgullosa, pero que
Justiniano adoptó inmediatamente como suyos. En 527 Justiniano accedió al trono
del Imperio, y con él Teodora, que tanto en vida de su esposo, como sobre todo
tras su muerte, se convirtió en la mujer más poderosa del orbe en su tiempo.
Todo lo demás podréis encontrarlo en los libros de Historia. La Iglesia Ortodoxa
la venera como santa, a pesar de que antes y después de revestirse de púrpura,
Teodora se declaró abiertamente partidaria de la herejía monofisita, que
reconocía a Cristo una sola naturaleza, la divina.
Desde
nuestro modesto foro de afición (y pasión) por la Historia , Bigotini se
descubre respetuoso ante Santa Teodora, se arrodilla ante la emperatriz Teodora
de Bizancio, y se postra ante Teodora la ramera, la hija del domador de osos,
que supo elevarse desde el barro y alcanzar la gloria.
-¡Dios
mío, que diamantes!
-Créeme
querida, Dios no tuvo nada que ver con ellos.
Mae
West.
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