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domingo, 18 de octubre de 2026

LÁZARO DE TORMES. BARROQUISMOS, PICARDÍAS Y GERMANÍAS

 


Fue Lázaro de Tormes tan hijo de Salamanca como de su río:

Pues sepa vuestra merced, ante todas cosas, que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes, por la cual causa tomé el sobrenombre; y fue de esta manera: mi padre, que Dios perdone, tenía cargo de proveer una molienda de una aceña que está ribera de aquel río, en la cual fue molinero más de quince años; y, estando mi madre una noche en la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí. De manera que con verdad me puedo decir nacido en el río.

Oficialmente La vida del Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades sigue siendo y seguramente seguirá siendo obra de autoría anónima. Pero lo cierto es que cada vez son más los críticos e investigadores que se inclinan por adjudicar su autoría a Diego Hurtado de Mendoza y Pacheco, diplomático, humanista y poeta granadino nacido en 1504, que estudió en Salamanca, y ya desde el siglo XVII fue señalado por muchos como autor del Lazarillo. En 2010, la paleógrafa Mercedes Agulló y Cobo descubrió en un inventario de los papeles de Juan López de Velasco, corrector de la edición censurada de la novela y de la Propaladia de Bartolomé Torres Naharro, una alusión directa a Hurtado de Mendoza en relación con el Lazarillo, lo que parece probar su autoría.

Sea su autor Hurtado de Mendoza o sea otro, el Lazarillo es una novela, quizá la primera novela moderna escrita en castellano. La obra relata en primera persona las fortunas y adversidades (sobre todo éstas últimas) de Lázaro de Tormes, desde que se inicia como guía (lazarillo) de un ciego al que le encomienda su madre en su Salamanca natal, hasta que ya adulto encuentra empleo a cambio de hacerse cornudo consentido. La obra es además, la primera novela picaresca, inaugurando el género.


A Lázaro de Tormes cabe el honor no solo de ser el primero, sino de ser acaso el más genuino y logrado de nuestros pícaros. La primera edición segura es la cuádruple de 1554 (Burgos, Amberes, Medina del Campo y Alcalá), aunque todo indica que debió existir una edición anterior hoy perdida, de 1552 o 53. Los investigadores sitúan su escritura entre 1540 y 1550. Ninguna de las ediciones incluyó el nombre de su autor, que optó prudentemente por conservar el anonimato. Hizo bien. En la España teocrática y contrarreformista de su tiempo en la que el Santo Oficio no se andaba con chiquitas, resultaba muy peligrosa la exhibición de ciertas ideas contenidas en El Lazarillo. En 1559 se incluyó en el tristemente célebre índice de libros prohibidos, no permitiéndose su reimpresión hasta 1573 en un formato convenientemente expurgado y mutilado.

La obra está impregnada de un erasmismo inequívoco y patente. Lázaro, cuyo único delito es haber nacido pobre, comienza sirviendo a un ciego, en el que sin duda es el episodio más conocido y popular, hasta el punto de originar el término lazarillo para describir a quienes ejercen esa función. Pasa sucesivamente por servir a un clérigo en Maqueda, a un hidalgo paupérrimo, a un fraile mercedario, a un charlatán vendedor de bulas, un pintor de panderos, un capellán y un aguador, antes de conseguir un puesto como alguacil y pregonero a través de su matrimonio de conveniencia con la amante de un arcipreste. El lacerado Lázaro acaba como casado cornudo que renuncia a su dignidad para poder comer caliente. El mensaje no puede ser pues más fatalista. Una lucha a brazo partido por la supervivencia en una sociedad podrida y miserable, que concluye de la peor manera, con una rendición incondicional en la que el protagonista termina por aceptar la derrota afrentosa, integrándose y formando parte activa de la injusticia contra la que durante toda su vida se había rebelado.


Los antecedentes del Lazarillo habrá que buscarlos en los clásicos. Luciano de Samosata y Apuleyo, cuyo Asno de oro fue traducido del latín precisamente por el mismo Erasmo de Rotterdam. Las Confesiones de San Agustín, una de cuyas reediciones apareció por cierto poco antes de la publicación del Lazarillo. Acaso también el autor bebió en las fuentes de Boccaccio y en las muy caudalosas de la infinidad de libros de caballerías, género de ficción que hizo furor en su tiempo. A su vez, la obra dio lugar a diferentes secuelas. Hay una Segunda parte también anónima aparecida en Amberes en 1555, en la que Lázaro participa en guerras submarinas transformado en atún. Otra Segunda parte se publicó en París en 1560, y estaba firmada por el aragonés Juan de Luna. No es Lázaro el único pícaro de la novela. Hay en ella otros personajes de aquella España miserable que exhiben sus miserias y a las veces hacen gala de sus picardías.

La novela picaresca es sin duda el género más emblemático de la literatura española durante el llamado siglo de oro, que abarca prácticamente dos centurias. Cervantes, en su primera parte del Quijote, utiliza el término género, precisamente referido al Lazarillo. Antes, Mateo Alemán había introducido el adjetivo pícaro en su Vida del pícaro Guzmán de Alfarache (1599). Más tarde llegarían La pícara Justina, El buscón, El Marcos de Obregón, El Guitón Onofre, La ingeniosa Elena, La garduña de Sevilla, La niña de los embustes, El Estebanillo González, El Lucas Trapaza, Don Gregorio Guadaña, Periquillo el de las gallineras, y tantos otros personajes que fueron a engrosar la nutrida tropa de nuestros pícaros nacionales. Por haber los hubo hasta internacionales, como el francés Gil Blas, el germánico Simplicius Simplicísimus o el irlandés Tristram Shandy.

Hay también secuelas del mismo Lazarillo. Está en primer lugar El Lazarillo de Manzanares de Juan Cortés de Tolosa, que aunque no alcanza la calidad literaria de su modelo, es la que más se ajusta a su esquema narrativo, mozo de muchos amos que pasa por diversas desventuras y peripecias. En 1555, aprovechando el éxito de la novela original, se publicó en Amberes y en castellano La segunda parte de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades. Es también de autor anónimo y ciertamente imaginativo, pues iniciándose como novela picaresca, continuación del Lazarillo original, deriva pronto hacia el género fantástico. En ésta segunda parte, Lázaro de Tormes se metamorfosea en criatura anfibia, y participa en guerras submarinas que se libran entre los peces. Tenemos todavía otra secuela firmada por H. de Luna que se dice intérprete de la lengua española y afirma bajo el título Otra segunda parte de la vida de Lazarillo de Tormes, estar sacada de las crónicas antiguas de Toledo. En ella Lázaro se embarca en Cartagena, hace también vida de pez habitando las aguas marinas, de las que lo sacan unos pescadores que lo vuelven a España. Hay por último un Lazarillo más moderno y americano, El Lazarillo de ciegos caminantes, escrito por un tal Concolorcorvo y publicado en 1773 en Buenos Aires. En la novela el Lazarillo describe los itinerarios de Buenos Aires a Lima, según puntual observación, y brinda noticias útiles a los nuevos comerciantes que tratan en mulas. Se trata de una guía pintoresca y útil aderezada con jocosidades para entretenimiento de caminantes.

Puede verse por estos ejemplos la enorme influencia ejercida por el Lazarillo original, la primera novela picaresca de nuestras letras.


La primera y la precursora de otras muchas obras que podemos encuadrar en ese género, el de la novela picaresca, acaso el más genuinamente español de los géneros. En la predilección por los pícaros, en definitiva por los pobres, de los autores de nuestro siglo XVI, quizá podemos entrever un reflejo de la identificación emocional de nuestros ingenios con los desheredados. Empatía con ese mundo de marginación poblado por quienes Bronislaw Geremek llamó la estirpe de Caín. Fueron todas víctimas inocentes de la selección social. Marginados en las orillas del camino que inició España a partir de 1492, la senda del nacionalcatolicismo reduccionista. Como lúcidamente apunta Ricardo García Cárcel, la pobreza, la mendicidad, la miseria social fueron inicialmente un producto rentable, bien amortizado tanto espiritual como materialmente.

La legión de marginados se convirtió en un ejército de reserva del que la sociedad se alimentó para abastecer ejércitos, rebajar niveles salariales y costear el largo proceso de transición hacia el capitalismo iniciado ya en los albores de la edad moderna. ¿Una canción que suena alarmantemente actual? Efectivamente. Las medias de pobreza tolerable que se habían mantenido en torno del 10 o 15%, pasaron en algunas ciudades como Sevilla, Toledo, Valladolid o Madrid a situarse prácticamente en el 50% (Bennassar). El problema de la pobreza y la marginalidad amenazaba con romper las precarias costuras del sistema social. Niños abandonados, mendicidad y delito pasaron a formar parte del paisaje habitual de la España del barroco. En su Amparo de pobres, Pérez de Herrera relata el llanto y las súplicas de una madre que rogaba a su marido que no cegara con un hierro al rojo a su tercer hijo como había hecho con los dos anteriores. Era un medio del que se valían los mendigos para conmover a la gente y obtener más limosnas.

El autor del Lazarillo idealiza a su personaje, y lo mismo harán Mateo Alemán con su Guzmán de Alfarache o Cervantes con Rinconete y Cortadillo. Los autores del XVI español atribuyen muchas veces a sus héroes desheredados la limpieza de sangre de la que carecen los ricos, conversos en su mayoría. Seguramente no hay en Europa otra literatura que como la española, se alinee a favor del oprimido y el marginal. La llamada literatura de la canalla fue en Europa mucho menos indulgente que la española con la marginalidad. Rabelais, Villon o Shakespeare  nunca idealizaron a los marginales. Hay que esperar a Dickens en Inglaterra, y en Francia a Victor Hugo con su Ruy Blas y sus Miserables para apreciar la compasión hacia el débil que ya era signo identitario de nuestras letras.


Las cosas darán un cambio radical en el XVII. Autores como Quevedo con su Buscón o el doctor Carlos García en La desordenada codicia de los bienes agenos, retiraron el aura de dignidad con que sus predecesores habían revestido a pícaros, locos, prostitutas, pobres y marginados en general, convirtiéndolos en delincuentes y cínicos carentes de escrúpulos. La pícara Justina que para su creador López de Úbeda había sido una moza alegre de las de aires bola, se convertirá unas décadas más tarde en una vulgar ramera. El celo inquisitorial del XVII se encargará de mutilar El Lazarillo y La Celestina o de exterminar quemando sus libros a La Lozana andaluza. Los marginados marcharán condenados a apalear sardinas  a base de golpes de remo en las galeras, a colgar de una soga en los patíbulos o a consumirse en las hogueras. Sólo se librarán los más grotescos, los más deformes. Muchos de ellos sobrevivirán en la corte para recreo de príncipes y petimetres palaciegos. Velázquez inmortalizó a meninas, enanos y bufones, Ribera a la mujer barbuda, y Carreño de Miranda a la monstrua desnuda.

Paralela al género de la novela picaresca es la aparición y difusión de una jerga o argot propio de pícaros, marginados y delincuentes. Autores tanto del XVI como del XVII reflejan en sus obras esa casi forma dialectal del castellano que generalmente se conocerá como germanía, es decir, el lenguaje o la parla de los agermanados, que se habla en las cárceles, los burdeles y los figones; que puede escucharse en la plaza mayor de Madrid, en el Zocodover toledano, en el Potro de Córdoba o en la sevillana alameda de Hércules. Recogen esas expresiones el Vocabulario de germanía de Juan Hidalgo (seudónimo de Cristóbal de Chaves) publicado en 1779, y más modernamente Rafael Salillas en su obra El delincuente español.

A pesar de tratarse de un texto inaugural, o acaso precisamente por eso, El Lazarillo apenas contiene expresiones agermanadas. Su autor alude a la jerigonza de los ciegos sin desvelar un solo término de ella. El primer tesoro de la parla en germanía nos lo ofrece Mateo Alemán por boca de su pícaro Guzmán de Alfarache, que no se contenta con usar y abusar del vocabulario patrio, sino que incluye muchas expresiones del hampa romana, cuando el protagonista se traslada a Italia. Guzmán, delincuente incorregible, juega de dedillo, balanza y golpete, sisa en las cocinas los percances, troca a trascantón, muda y trasteja, dice la venturilla, plaguea para mendigar, marisca, descorna y avizora. Por su parte, La pícara Justina es durindana que toma las del martillado, echa de la oseta, birla y atraviesa el ocho. El Estebanillo González hace peñas y Juan Danzante, teme que un padre de damas descorne su flor, anda brivando por todo el reino y tiene más de negro que de blanco. También descorna la flor el escudero Marcos de Obregón y coge luego las del martillado. Son catedráticos de la lengua agermanada El Soldado Píndaro, El Diablo Cojuelo, Lucas Trapaza, La garduña de Sevilla, Don Gregorio Guadaña y Periquillo el de las gallineras.



Mención aparte merece la germanía cervantina que en Rinconete y Cortadillo destila con la mayor desenvoltura todo el repertorio que el antiguo soldado y poeta en ciernes Miguel de Cervantes aprendió en la prisión sevillana. De Salillas tomo una muestra: cañuto, entrevar, aduana, finibusterre, embesados, gurapas, ansias, cuatrero, murciado, roznos, cantar, guro, trena, guras, postas, avizorando, floreo de villano, retén, humillo, sola, raspadillo, verrugueta, colmillo, tercio de chanza, astillazo, blanco, gorja, levas, cica, trainel, sorna, bajamanero, avispones, avispando, guzpataros, palomas, rufo, flores y bajón. A quien considere que no es suficiente la retahíla, convido desde aquí a releer La Gitanilla, El coloquio de los perros o el mismo Quijote, donde se hallarán otros tantos y mil ejemplos más de parla agermanada.

De nuestra biblioteca Bigotini traemos la versión digital de la Segunda parte del Lazarillo de Tormes. Hágase clic en el enlace:

https://www.dropbox.com/home/Profesor%20Bigotini?preview=La+segunda+parte+de+Lazarillo+de+Tormes+y+de+sus+fortunas+y.pdf

-Señor, de mí -dije yo- ninguna pena tenga vuestra merced, que bien sé pasar una noche y aún más, si es menester, sin comer.

-Vivirás más y más sano -me respondió-, porque, como decíamos hoy, no hay tal cosa en el mundo para vivir mucho que comer poco.


jueves, 15 de octubre de 2026

JACOPO BASSANO. UNA ARCADIA EN VENECIA

 


Giacomo de Ponte, más conocido como Jacopo Bassano por el lugar de su nacimiento (Bassano del Grappa) en 1515, fue acaso el último de los maestros de la escuela veneciana del XVI. Su padre, Francesco Bassano el viejo, tuvo fama de artista aldeano por ser el primero en introducir en sus pinturas de tema religioso detalles realistas que incluyeron paisajes, granjas y animales. Manierista como su padre, pero muy a su peculiar manera, Jacopo Bassano tuvo además influencias de Tintoretto y de Lotto. Fue creador de una escuela cuyos más destacados miembros fueron sus propios hijos, Francesco y Leandro. Su estilo se caracteriza por el especial tratamiento de la luz y las sombras, y la reiteración de sus temas bucólicos de pastores y animales presentados con decidido naturalismo. No sólo vacas, perros, ovejas o caballos, sino animales mucho más exóticos que plasmó en sus varias versiones del Arca de Noé, aparecen en la pintura de Bassano con un realismo inédito hasta entonces. Demuestra el artista un profundo conocimiento de la anatomía animal inusual en su tiempo.

Tal fue la importancia que adquirieron estos elementos en sus obras, que acabaron por convertirse en el tema principal, siendo los episodios bíblicos y religiosos a veces una mera excusa para pintar toda clase de criaturas. Realizó series de las cuatro estaciones, de los trabajos agrícolas, de la entrada en el Arca de Noé… Sus obras parecen recordar el aroma del heno, de los árboles, el olor de las bestias, su pelaje… Ese naturalismo fue tildado de materialista y duramente criticado por los románticos del XIX. Por ejemplo, Théophile Gautier escribe en su Viaje a Italia que le horrorizan los cuadros de los Bassano, y los califica de “aburrida pintura de pacotilla”.

Modernamente esa opinión ha cambiado radicalmente. Los Bassano representan la tendencia de su época en literatura y hasta en música. En el Cinquecento ya no se escribían grandes epopeyas como el Orlando furioso de Ariosto; a fines del siglo XVI en Italia se leía la Arcadia de Sannazaro, y en España la Diana de Jorge de Montemayor que inspiró a Cervantes su Galatea. La primera edición de la Arcadia se imprimió precisamente en Venecia. En definitiva, Jacopo Bassano y sus hijos fueron autores de églogas sobre lienzos muy del gusto de sus contemporáneos. Personalmente la pintura de Bassano me parece admirable por su técnica, por su perfecto conocimiento de la anatomía tanto animal como humana, y por su uso del claroscuro que preludia a talentos como el de un Caravaggio y hasta un Velázquez. No puedo evitar, sin embargo, hallar en sus composiciones un punto de comicidad que se manifiesta en cuadros de tema religioso como La presentación de Jesús en el Templo o San Valentín bautizando a santa Lucilla, en los que una abigarrada colección de personajes secundarios plasmados con innegable maestría, no hacen el menor caso al acontecimiento prodigioso, y continúan tranquilamente con sus labores. En la galería Bigotini de aquí abajo podéis ver varios ejemplos.

El artista falleció en su localidad natal en 1592. En su autorretrato ya viejo aparece con gesto adusto. No debía tener muy buen carácter, pues al parecer se enemistó con Tiziano que lo plasmó en un cuadro como uno de los mercaderes que Jesucristo expulsó del Templo.



















lunes, 12 de octubre de 2026

DIESTROS Y ZURDOS. GENES Y APRENDIZAJE

 



La experiencia nos muestra que hay más personas diestras que zurdas, pero nos preguntamos en qué porcentaje son mayoritarios quienes utilizan de preferencia la mano derecha, si ocurre lo mismo con el resto de los primates, y sobre todo, por qué, cuál es la razón de que existan menos personas zurdas.

El estudio del fenómeno no es nuevo. Según el psicólogo Frank McAndrew, los científicos llevan casi dos siglos tras ello. En primer lugar, los porcentajes son variables. Aunque está claro que la mayoría de las personas son diestras, según las diferentes poblaciones investigadas, los diestros oscilan entre el 70 y el 95% de los sujetos estudiados, y eso parece una horquilla demasiado amplia. Se ha especulado con que en las sociedades más permisivas donde se deja a los niños elegir libremente qué mano emplear para manipular objetos o manejar herramientas, posiblemente hay más zurdos.


También es posible que en algún estudio se hayan etiquetado como zurdos a quienes en realidad son ambidiestros. Hay signos de que la genética ejerce alguna influencia, pero los genetistas no logran consensuar mediante qué proceso concreto. El empleo preferente de una u otra mano puede depender de mecanismos sociales y culturales. Hace algunas décadas, muchos docentes y muchos padres obligaban a los escolares a escribir con la mano derecha. Trasladada fuera de la escuela, la imposición alcanzaba a muchos oficios, actividades laborales o artísticas. El sistema de escritura manual de las culturas occidentales está hecho por y para diestros, y lo mismo ocurre con multitud de útiles y herramientas. Sólo en los últimos años han aparecido utensilios diseñados específicamente para zurdos como tijeras, cubiertos, instrumentos musicales y hasta ratones de ordenador. Con la explicación cultural parece concordar el hecho de que los porcentajes de zurdos sean muy bajos en países con regímenes autoritarios.


En cuanto a los primates, nuestros parientes más próximos en la escala filogenética, en principio no parece observarse un predominio lateral claro. El hecho de que entre gorilas, bonobos y chimpancés el porcentaje de diestros supere ligeramente al de zurdos, acaso pueda atribuirse a la contaminación cultural, pues la inmensa mayoría de ejemplares estudiados lo han sido en cautividad o domesticidad, y de todos es conocida la gran capacidad imitativa de los hominoideos. Incluso cuando enseñamos a “dar la patita” a nuestras mascotas más habituales, perros y gatos, solemos elegir de preferencia la derecha, y ellos se acomodan a nuestra enseñanza. Así que no conviene perder de vista el peso de lo cultural.

Estudios realizados con animales en libertad, parecen mostrar que tomados de uno en uno, cada individuo desarrolla su preferencia personal en virtud de cuáles hayan sido sus primeras experiencias en materia de manipulación, pero que en ningún caso se establece una pauta ni en el grupo familiar ni en la especie.


Ya en el siglo XIX, el francés Paul Broca, pionero de la neurología, apreció una relación entre la preferencia por la mano derecha y la especialización para el lenguaje del hemisferio izquierdo cerebral. Pero la asociación mano-cerebro no es una correlación ni simple ni fiable. Un siglo más tarde, hacia 1970, otros estudios revelaron que la mayoría de las personas zurdas cuentan con la misma especialización para el lenguaje en el hemisferio izquierdo, es decir, exactamente igual que los diestros.

La gran pregunta es por qué. Por qué la gran mayoría de los seres humanos somos diestros. Y ya que la sociología no parece ofrecer una respuesta categórica, quizá debamos recurrir a la genética. M.K. Holder, científico afiliado al Centro para el Estudio Integrado del Comportamiento Animal de la universidad de Indiana, aventura una hipótesis inquietante. Si como parecen mostrar las pruebas genéticas o más bien paleogenéticas, los actuales seres humanos descendemos de un reducido grupo de Homo sapiens procedente del Este de África que abandonó ese continente hace unos cien mil años, cabe pensar que el grupo acaso fuera tan reducido que consistiera en poco más que una familia cuyos miembros eran diestros, y que ese rasgo hereditario está de alguna forma aún por desentrañar, grabado a fuego en nuestro ADN.

Cuando no tengas la menor idea de algo, contesta que no descartas ninguna hipótesis.


viernes, 9 de octubre de 2026

FRANK ROBERGE, FELIZ EN EL ANONIMATO

 


Frank J. Roberge nació en Stratford, Connecticut, en 1916. Fue un dibujante completamente autodidacta que jamás asistió a una academia ni se formó en ninguna escuela de dibujo. Se inició en la animación en 1944, y de vuelta de la Guerra en Europa trabajó como ayudante de Roy Crane y de Dale Messick en la serie Brenda Starr. El primer cómic enteramente suyo fue Noodnik, el pequeño esquimal del que dibujó y guionizó cinco aventuras largas en 1953 y 1954. La serie decayó cuando quebró Allen Hardy, la efímera editorial que le publicaba. A pesar de ello, la serie era tan buena que siguió reeditándose por diferentes sellos durante casi dos décadas. Hoy día los coleccionistas pueden llegar a pagar fortunas por los tebeos de Noodnik en buen estado.

En 1955 Roberge fue contratado por el King Features Syndicate, para dibujar las tiras y los álbumes de Beetle Bailey, el divertido soldado creado por Mort Walker, que no podía él solo dar abasto con el gran éxito que llegaron a adquirir aquellas cómicas aventuras tímidamente antimilitaristas. El trabajo en KFS le brindó la oportunidad de situar en los diarios la tira cómica que le haría célebre, que se llamó primero La finca de la señora Fitz, y más tarde simplemente Mrs. Fitz. Era una serie costumbrista que protagonizaba una anciana propietaria de un edificio cuyos apartamentos alquilaba a diferentes inquilinos. Eso dio lugar a que los guiones fueran muy variados y a que aparecieran sucesivos personajes en la trama. La señora Fitz se terminó casando con el empleado de mantenimiento de la finca, y se mudó para irse a vivir al campo. Frank Roberge la dibujó entre 1957 y 1972, cuando la serie comenzó a perder popularidad y el autor se vio desbordado por el estrés.

En los años setenta se inició la tercera y hasta hace poco desconocida etapa laboral de Roberge, que contratado por la productora Hannah-Barbera, se dedicó a dibujar espléndidas portadas a todo color para los álbumes de los diferentes personajes de la casa. Aunque le ofrecieron participar en los cortos de animación, siempre lo rechazó, y continuó dibujando portadas de Los Picapiedra, Los Supersónicos, El oso Yogi, Dino y Pebbles y Bamm-Bamm hasta su fallecimiento en 1976. Como dibujante de esas portadas, el trabajo de Roberge fue completamente anónimo, tanto que algunas biografías lo suponían muerto en 1972, cuando desapareció la serie de Mrs. Fitz. Esos últimos años del artista fueron desvelados por otro colaborador de Hannah-Barbera, que aseguró además que en ellos Frank Roberge fue inmensamente feliz.

Os dejamos, como siempre, unas cuantas muestras de su arte.