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domingo, 9 de agosto de 2026

CONTI EN LA ESPAÑA DE APOLINO TARÚGUEZ

 


Carlos Conti Alcántara, que firmó sus historietas y sus chistes con su apellido, Conti, nació en Barcelona en 1916. En los primeros años treinta, con menos de veinte cumplidos, empezó a trabajar como agente de seguros. Combatió en la guerra con el ejército de la República, y terminada la contienda sufrió entre otras represalias, el veto para seguir trabajando en los seguros, así que acuciado por la necesidad, probó fortuna como dibujante humorístico, colaborando en varias revistas barcelonesas y madrileñas. Pasó en los últimos años cuarenta a formar parte de la nómina de Bruguera, sobre todo en el semanario Pulgarcito, donde llegó a ser uno de los cinco grandes junto a Escobar, Peñarroya, Giner y Cifré. Con esos cuatro compañeros se embarcó en 1957 en la fallida aventura de la inolvidable revista Tío Vivo, que se truncó por problemas económicos.

En Bruguera prosiguió con sus historietas más célebres y sus más divertidos personajes: Mi tío Magdaleno (1951), La vida adormilada de Morfeo Pérez (1952), y sobre todo, los que probablemente son sus mejores trabajos: El loco Carioco y Apolino Tarúguez. Carioco es personaje atípico de ocurrencias disparatadas y argumentos surrealistas, mientras Apolino Tarúguez personifica al empresario tiránico que explota sin compasión al pobre Celedonio, su secretario y único empleado, una crítica socio-laboral sin concesiones que logró milagrosamente escapar del largo brazo de la censura, seguramente gracias a su humor sutilmente extravagante.

Además de sus historietas, Conti publicó chistes y comentarios humorísticos en medios tan dispares como la revista ¡Hola!, Blanco y Negro o el diario ABC. Dirigió también el semanario satírico Mata Ratos desde 1972 hasta 1975, año en que falleció el artista con apenas cincuenta y nueve. Os remito a las páginas y viñetas de Carlos Conti que reproduzco aquí abajo.

 
























miércoles, 5 de agosto de 2026

JULIA ROBERTS. CENICIENTA, CAMPANILLA Y NOVIA A LA FUGA

 



Desde los tiempos del cine mudo, ha habido tantas novias de América, que decir ahora que Julia Roberts también lo ha sido, suena a tópico manido. Pero lo cierto es que ostentó aquel título al menos durante la década de los noventa, y sobre todo a partir de su papel de Cenicienta rescatada del arroyo en Pretty Woman, con la que precisamente inauguró aquella década finisecular. La Roberts se ha movido como pez en el agua en la comedia romántica, subgénero del que podría considerarse suma sacerdotisa. Algo menos exitosas, aunque siempre correctas, han sido sus ocasionales incursiones en el melodrama, en el cine de intriga o en el de acción.

En el Hollywood frívolo del papel cuché y los reality-chismes, se le han adjudicado diferentes romances, reales e imaginarios, con famosos y con menos famosos. Parece que dejó plantado ante el altar a Kiefer Sutherland, y después de eso no tuvo reparo en representar una especie de caricatura de sí misma en Novia a la fuga (1999). En 2000 ganó el Oscar a la mejor actriz protagonista por Erin Brockovich. Si se me obligara a elegir, personalmente me quedo con la pizpireta Campanilla que Julia Roberts hizo junto a Dustin Hoffman y Robin Williams en Hook, la versión del clásico Peter Pan que dirigió Steven Spielberg en 1991.

Aquí, para recordar a la estrella como es debido, os dejo el enlace con un montaje de música e imágenes de Pretty Woman. Disfrutadlo unos minutos.

Julia Roberts. Pretty Woman. 1990. Montaje musical.

https://www.youtube.com/watch?v=KLUy_I6H_w0

Próxima entrega: Meryl Streep


domingo, 2 de agosto de 2026

BASÍLIDES, EL GNOSTICISMO Y LA PANSPERMIA

 


Mientras que Simón el Mago y sus seguidores, los simonianos del siglo I, basaban su doctrina en la filosofía griega, los gnósticos del siglo II fueron esencialmente cristianos heterodoxos. Florecieron en las primitivas comunidades cristianas, sobre todo de oriente, pero también en las occidentales. Discutían en la tradición de los rabinos judíos, los pasajes del Antiguo Testamento y de los Evangelios. Muchos se proclamaban hijos de Adán, cainitas (de Caín) o setianitas (de Set), de la esposa o de los hijos de Noé, o bien de uno u otro apóstol. Surgieron sectas por doquier en las que se pretendía conservar la tradición oral confiada por el mismo Cristo en secreto a alguno de sus discípulos o a María Magdalena. Se presentaban pues, como los auténticos conocedores del cristianismo.


Los ritos litúrgicos, se mantenían con algunas variantes. Algunos gnósticos practicaban el bautismo tres o más veces a lo largo de la vida, y en ciertas sectas lo aplicaban incluso a los muertos. Era corriente la imposición de manos para curar o aliviar diversos males. Muy característica de la gnosis fue la epíclesa, una oración litúrgica que invocaba al Espíritu Santo sobre el agua bautismal, el vino, el pan, los santos óleos u otros elementos sacramentales. Eran también corrientes los conjuros, los hechizos, los filtros, los talismanes, y muy especialmente los rituales de índole sexual que sus detractores escandalizados, esgrimieron contra los gnósticos a menudo para condenar sus prácticas. Alrededor de ellas se creó todo un subgénero literario y novelesco que floreció sobre todo en el XVIII y el XIX francés, tanto entre los clasicistas como entre los románticos.

El primer nombre propio de la gnosis del siglo II fue Basílides de Alejandría. Se conoce de su biografía la fecha de su fallecimiento, año 135. También está documentado que tuvo un hijo, Isidoro, seguidor de su doctrina. Fue autor de las Exegéticas, veinticuatro libros con comentarios de los Evangelios. Basílides aseguraba exponer el verdadero cristianismo a través de los testimonios confidenciales del apóstol Mateo y de Glaucias, el intérprete que tomó san Pedro en Roma. Mezclaba también en su doctrina ideas de Persia. Basílides llamaba a Dios El que no es, a fin de mostrar que la Causa primera escapa a la razón y a la imaginación. Según su doctrina, El que no es equivale a la nada, aunque paradójicamente es el Principio de Todo. Ese Principio, en un acto involuntario, eyaculó un esperma o más bien una panspermia, un semen universal o colección de todos los sémenes que permitía engendrar la diversidad de los seres y de las cosas. Así, el Dios que no es ha hecho el mundo de lo que no es, depositando y poniendo en la base un germen único que contenía en sí mismo todos los gérmenes del mundo.


Del esperma cósmico procedente de entidades no existentes nació una triple Filialidad constituida por una parte sutil que se elevó junto al Dios que no es, otra parte opaca que se revistió de Espíritu Santo, que le sirvió de ala para acercarse a las alturas, y otra parte impura que permaneció en el semen universal. De la parte sutil se desprendió el arconte (Gobernador), el cual, ignorando que había un Dios por encima de él, creó el firmamento, los astros y los seres celestiales. Basílides lo llama Cabeza del universo (ê kefalé tou kosmou) y también Abraxas, rey de los trescientos sesenta y cinco cielos. Después, un segundo arconte, inferior al primero, salió de la parte impura y utilizó la panspermia para crear la Tierra y sus habitantes. Basílides divide los seres en dos categorías principales: a la primera la llama el cosmos (el mundo); a la segunda hipercosmos (lo que está por encima del mundo); y a la barrera que separa el cosmos del hipercosmos le da el nombre de Espíritu (Noûs).


Y fue ese Noûs el que, cuando se hizo necesaria la redención del mundo inferior, se reunió con Jesús-Kaulakau (término con el significado de esperanza en la esperanza), mediante el bautismo en el río Jordán. Esta idea disparatada (tan disparatada, por cierto como la mayor parte de las que nos ofrecen las religiones), tiene acaso la virtud de su absoluta originalidad, ya que no se encuentra en ninguna otra escuela, y constituye una de las innovaciones más curiosas del gnosticismo.

A nuestro profe Bigotini tanta cosmología gnóstica le abruma, y tanta panspermia le rebasa y le rebosa. Me hace con los dedos el gesto de la tijera para que corte, así que corto. Amigos, esto es todo por hoy.

Cada vez que salgo del váter mi perro me mira con cara de lástima, como pensando: cómo va a encontrar novia si mea siempre en el mismo sitio.


miércoles, 29 de julio de 2026

HORACIO O LA INFLUENCIA DEL POETA LIBERTINO

 


Quinto Horacio Flaco, conocido universalmente como Horacio, fue uno de los grandes poetas clásicos latinos, el principal de los líricos, y con permiso del bilbilitano Marcial, acaso también el principal satírico. Nació en el año 65 a.C. en Venosia, actual Venosa, en la provincia itálica de Basilicata. Los datos que actualmente conocemos de su biografía los debemos a sus propios escritos, por lo que cabe considerar a Horacio como el primer autobiógrafo de la historia literaria. Todos los detalles que sobre su vida ofrece Suetonio en su Vida de Horacio están tomados del propio poeta. En su región natal, cercana a Apulia y Lucania, se hablaban diferentes dialectos latinos trufados de términos griegos, lo que contribuyó notablemente a enriquecer el vocabulario de Horacio. Siempre guardó un profundo sentimiento de gratitud a su patria chica, e incluso después de haber triunfado en Roma, siguió considerándose samnita o sabelio.


Su padre fue un esclavo sabino capturado durante las guerras samnitas, que fue manumitido y declarado liberto, lo mismo que su madre, también esclava liberta, por lo que Horacio fue lo que entonces llamaban un libertino, condición que siempre tuvo a gala y de la que jamás se avergonzó. En su tiempo muchos romanos de familia patricia juzgaban a los libertinos severamente, por lo que el término llegó a convertirse en un adjetivo descalificante.

El poeta rindió homenaje a su padre en una breve pieza que incluye el siguiente pasaje:

Si mi carácter está viciado por algunas faltas menores, pero por lo demás es decente y moral, si sólo puedes señalar algunas manchas dispersas en una superficie por lo demás inmaculada, si nadie puede acusarme de avaricia, ni de mojigatería, ni de despilfarro, si vivo una vida virtuosa, libre de mancilla (perdona, por un momento, mi autoelogio), y si soy para mis amigos un buen amigo, mi padre merece todo el crédito.... Tal como es ahora, merece de mí gratitud y alabanza sin reservas. Nunca podría avergonzarme de un padre así, ni siento ninguna necesidad, como mucha gente, de disculparme por ser hijo de un liberto.


Después del asesinato de César, Horacio se unió al ejército republicano de Marco Junio Bruto, opuesto al triunvirato que formaron Octavio Augusto, Marco Antonio y Lépido. Tras la derrota de Filipos (42 a.C.) regresó el joven poeta a Roma vencido y pobre. Consiguió trabajo como escribiente de un cuestor, lo que le permitió comenzar a cultivar la poesía. Ingresó en el cerrado círculo literario de otros autores como Virgilio y Lucio Vario Rufo, lo que le llevó a ser protegido del mismo emperador Augusto y de su consejero Mecenas, con el que entabló una amistad tan estrecha que al final de los días de ambos, fueron enterrados el uno junto al otro.


En la obra de Horacio se distinguen dos etapas. La primera fue en la que compuso las Sátiras y los Epodos, composiciones con un fuerte componente de crítica social. En el segundo periodo escribió las Odas y las Epístolas, de contenido lírico, en las que predomina el elogio de la amistad, del amor y de la naturaleza, sin faltar en ellas una encendida alabanza de Augusto. En su filosofía, básicamente epicúrea, destacan de forma especial tres temas principales: la aurea mediocritas, bendita mediocridad que aconseja al prudente no intentar sobresalir y ponerse en riesgo, permaneciendo en un discreto segundo plano; el carpe diem, que invita a vivir y disfrutar el presente ante la incertidumbre del futuro; y el beatus ille, que alaba la sencillez de la vida campestre y retirada, lejos de intrigas palaciegas.

Los tres son principios que no solo sedujeron a sus contemporáneos como Cicerón, Ovidio o Virgilio, sino que trascendieron la romanidad, e hicieron fortuna entre los autores medievales, los renacentistas e incluso han llegado hasta tiempos tan recientes como los actuales. En base a esos principios, Horacio ha influido en autores como el arcipreste de Hita, Ronsard, Petrarca, Garcilaso, fray Antonio de Guevara, fray Luis de León, Cervantes, Shakespeare, José Cadalso, Leandro Fernández de Moratín, John Keats, John Milton, e incluso en Jorge Guillén y otros poetas de nuestra generación del 27. Así que difícilmente se hallará otro autor con mayor influencia que Horacio en las letras universales.

Falleció el poeta en Roma en el año 8 a.C., casi al mismo tiempo que Mecenas, su amigo y protector. Os dejamos un enlace con la versión digital de una selección de sus poemas:

https://www.dropbox.com/home/Profesor%20Bigotini?preview=Poemas.pdf

Mientras hablamos, huye el tiempo envidioso. Vive el día de hoy. Captúralo. No fíes del incierto mañana. Horacio. Carpe diem.


domingo, 26 de julio de 2026

ANDREA DEL SARTO, EL ÚLTIMO GRAN ARTISTA FLORENTINO

 


Florentino, nacido en 1486, Andrea del Sarto, manierista del primer Renacimiento pictórico, y especializado en la pintura al fresco, fue llamado por algunos Andrea senza errori, Andrea sin errores, por su depurado estilo y la perfección de sus obras. En el Alto Renacimiento, de alguna manera ejemplifica en su persona y en su trayectoria artística el paso del cetro artístico que detentaba su Florencia natal, a Roma, la monumental ciudad pontificia donde florecieron genios como Rafael y Miguel Ángel.

Podemos considerarle el sucesor directo del arte florentino, no contaminado todavía de romanismo. Fue discípulo de Piero di Cósimo, quien heredó, a su vez, de Botticelli y de Verrocchio las características de su estilo. Hijo y nieto de sastres, Andrea d’Agnolo, que ese era su verdadero nombre, fue conocido por sus contemporáneos como Andrea del Sarto (del sastre), y así ha pasado a la posteridad y a la Historia del Arte.

Comenzó pintando los frescos de la capilla de los carmelitas y pintó después una infinidad de madonas bellísimas del tipo florentino, incluso más delicado que las madonas de Rafael. Sus colores cálidos confieren a sus obras una gracia sentimental algo afeminada aunque sin llegar al amaneramiento. Reproduce una y otra vez el rostro de Lucrecia, su esposa, según propia confesión por averla nel’ animo impresa. La serie de madonas de Andrea del Sarto permite seguir su evolución desde el desorden palpitante de la Anunciación (Galería Pitti) pintada en su juventud, hasta la dulce aristocracia de la célebre Madona de las Arpías (Uffici), pintada en 1517, hecha toda ella de una poesía estática en la que la forma, el color y la luz se manifiestan como un factor único y complejo.


Giorgio Vasari que como Miguel Ángel, Rafael y de Vinci, fue su contemporáneo, se muestra intencionalmente difuso al hablar de Andrea del Sarto. No obstante, aprecia la valía de sus obras y relata, aunque desordenadamente, algunos datos biográficos interesantes. Según Vasari, Andrea del Sarto hubiera sido el primer pintor de su época de no haber mostrado cierta timidez de ánimo que le hizo mancar de grandeza e copiosità, a la maniera que la tuvieron otros pintores, es decir, Miguel Ángel y sus discípulos. También lamenta que Andrea no hubiera estado más tiempo en Roma para miguelangelizarse. Para Vasari, Roma era ya a mediados del siglo XVI por sí sola, la mejor escuela de arte. Se si fuse fermo in Roma, egli avrebbe avanzato tutti gli artefice del tempo suo. Vasari nos entera también del viaje de Andrea del Sarto a Francia y de la buena acogida que allí le dispensó Francisco I, así como de la graciosa anécdota de su vuelta por la nostalgia que le acometió al leer las cartas de su esposa, y de la alegre temporada que pasó en Florencia a su regreso hasta que agotó los dineros que le había dado el rey francés.

La esposa de Andrea del Sarto resulta un tipo muy moderno. Parece una de esas compañeras de pintor de tiempos recientes, difíciles de contentar, y con gran ascendencia sobre su marido por la colaboración que le brinda como modelo. Así la vemos en los distintos retratos que el artista pintó de esta famosa Lucrecia di Fede. La repetición del mismo tipo femenino en todas las obras de Andrea del Sarto llega a hacerse un tanto monótona, pero todo se disculpa por la extraordinaria belleza de los colores, la combinación prodigiosa de los grupos y hasta la delicada perfección de los pliegues y los ropajes. Andrea del Sarto fue acaso el último gran artista florentino. Salvo su viaje a Francia, su vida transcurrió en Florencia y la Toscana. Su trabajo en el convento de Valombrosa o en otros monasterios cercanos nos retrotraen al Quattrocento, y sus frescos de los conventos de Florencia constituyen aún grandes series que cautivan el ánimo. Se diría que el viejo espíritu de los pintores al fresco florentinos revive rejuvenecido en pleno siglo XVI. Después de Andrea del Sarto, Florencia se romaniza, y no queda ambiente a fines de siglo para un auténtico espíritu toscano. Falleció el artista en 1531. Os dejamos unas cuantas muestras de su genio.