Iniciamos
esta serie de artículos sobre la Historia
oculta con la reseña del que según algunos estudiosos de esa disciplina,
fue el príncipe de los hechiceros y el gran rebelde del Renacimiento.
Heinrich
Cornelius Agrippa von Netteischeim, conocido como Cornelio
Agrippa, nació en Colonia en 1486. Fue médico, jurista y
teólogo. Obtuvo a los veinte años el título de maestro en artes, se graduó en
filosofía y lenguas, de las que llegaría a dominar ocho, y se enroló como
soldado en las tropas de Aragón al servicio de Fernando el Católico. En 1509
aspiró a la cátedra de literatura sagrada en Dôle, pero fue expulsado de la
universidad por instigación de los franciscanos a quienes molestó profundamente
su doctrina. Agrippa admitía la superioridad del catolicismo sobre el resto de
las opciones cristianas, pero con la salvedad de que había que mantener
respecto a ella libertad de examen.
Parece que a los inquisidores el examen
les inquietaba, y la libertad
definitivamente les resultaba inadmisible.
En
Londres escribió sus Comentarios a las
epístolas de San Pablo, regresó a Colonia en 1510, y sus paisanos le
enviaron como teólogo al Concilio de Pisa de 1511. Allí, a pesar de haber
nacido y residido en Colonia, las
opiniones de Agrippa olieron mal a los príncipes de la Iglesia, que desde
entonces lo pusieron en el punto de mira inquisitorial esperando para echarle
mano a que cometiera el menor desliz en cualquiera de sus escritos o sus
sermones. Quizá por eso nuestro hombre se apresuró a ponerse bajo el amparo del
emperador Maximiliano que en Lombardía le nombró caballero dorado con derecho a calzar las espuelas de oro. Impartió
lecciones en la universidad de Pavía, y después en la de Turín, hasta que la
guerra le obligó a marchar de Italia.
En
1519 le encontramos en Metz actuando como síndico, abogado y orador. Allí se
ganó la enemistad del Gran Inquisidor, el dominico Nicolás Salvini, al defender
a una vecina acusada injustamente de brujería. Agrippa desenmascaró a los ocho
falsos testigos de la acusación, consiguiendo la absolución de la acusada. La
situación de Agrippa se hizo insostenible, y le obligó a abandonar la región
con su mujer y su hijo. Huyó a Suiza, residiendo en Ginebra y Berna, y en 1523
le encontramos en Friburgo donde ejerció como médico y astrólogo. Establecido
en Lyon en 1524, fue reclamado como médico por Margarita de Navarra, protectora
de varios intelectuales reformistas. No sabía bien dónde se metía. Aquella
familia de Francisco I de Francia, su hermana Margarita de Navarra y su madre
Luisa de Saboya, de la estirpe borbónica, era un verdadero nido de víboras con
intereses enfrentados y caminos tortuosos. Agrippa se enemistó con la reina
madre y con el rey francés al que se negó a hacer el horóscopo con la poco
creíble excusa de que consideraba a la práctica una superstición. Sólo le quedó
la protección de Margarita cada vez más débil. Condenado en Lovaina y en París,
se refugió en Amiens y después en Colonia al amparo del arzobispo y príncipe
elector Hermann von Wied. Al regresar a Francia fue encarcelado. Murió poco
después de recuperar la libertad, en un hospital de Grenoble. Corría el año de
1535.
Al
final de su vida se acercó a la doctrina de Lutero. Tuvo tres esposas. Habló y
escribió en ocho lenguas: alemán, francés, italiano, español, inglés, latín,
griego y hebreo. Conocía la magia, la astrología, la cábala, la alquimia, la
medicina, la exégesis, la criptografía y el espionaje, actividad esta última
que ejerció como agente doble durante casi toda su vida al servicio del
emperador Carlos V y de su rival, el papa Clemente VII. Su obra principal, Los tres libros de la filosofía oculta,
se imprimió en Colonia en 1533, y está considerada la Biblia del ocultismo. La
misma sed de conocimientos de su autor le llevó a lamentarse de ella cuando
escribió:
…es mejor y más provechoso ser idiotas y
no saber nada, creer por fe y caridad y acercarse así a Dios, que sentirse
orgullosos y elevados por las sutilezas de la ciencia y caer en posesión de la
Serpiente.
Estamos ante un hombre cuya curiosidad y afán de conocimiento científico en una época en la que todavía no existía la verdadera ciencia, le llevaron a la frustración. Todas esas pseudociencias medievales estaban dominadas por la teología, que a fin de cuentas no deja de ser otra pseudociencia. Si Cornelio Agrippa hubiera nacido un siglo más tarde, podría haber sido otro Galileo. Si hubiera nacido dos siglos más tarde, podría haber sido otro Newton. Talento no le faltaba, pero en la era precientífica y teocrática en que vivió, no pasó de ser un charlatán muy culto, un rebelde y un hereje. Son, queridos amigos, caprichos del tiempo y de la Historia.
-¿Te
gustan las óperas?
-Sí,
me gustan mucho.
-¿De
Verdi?
-Sí,
sí, te lo juri.
















































