Valentín de Alejandría, a quien no hay que
confundir con el protomártir san Valentín que modernamente se ha convertido en
reclamo comercial los días 14 de febrero, fue un gnóstico egipcio del siglo II
que llegó a Roma hacia 135, durante el mandato del emperador Adriano. Allí sentó
cátedra hasta 160 aproximadamente. A punto estuvo de ser obispo de la urbe,
según relata Tertuliano. Dotado de gran inteligencia y cautivadora oratoria,
sin duda lo habría conseguido a no ser por el pequeño detalle de que fue dos
veces excomulgado. Rompió entonces violentamente con la Iglesia, y animado por
sus seguidores, los valentinianos, se
instaló en Chipre, donde desarrolló lo fundamental de su doctrina con
razonamientos tan bien hilvanados que le valieron hasta la admiración de sus
adversarios. Valentín fue probablemente el filósofo especulativo más brillante
de su tiempo.
Introdujo
en la cosmogonía conceptos como los de pléroma,
eones, sofía, o la teoría de las sizigías.
Según su relato, en el principio sólo existía el Propatôr, algo así como el
Padre del Padre, también llamado Bythos, el Abismo. Se mantenía en estado
latente junto a su parte femenina, Sigué, el Silencio. El Propatôr era todo
amor, y como no hay amor sin objeto amado, proyectó fuera de sí el Noûs, el
primero de los eones, surgiendo de esa forma por vez primera el Tiempo, en la
gnosis valentiniana una fuerza abstracta y universal que se proyecta hacia el
futuro, que lo devora todo, y que nada ni nadie es capaz de parar. Después del
Noûs, fue admitido como segundo eón femenino Alétheia, la Verdad, que formó
junto a su hermano, el Tiempo, la primera sizigía,
una antigua noción egipcia que representaba la pareja, la unión entre iguales y
a veces entre opuestos. Ya puede verse que era todo muy gnóstico y muy
filosófico, aunque, si bien se piensa, tan ridículo como el resto de las
patrañas religiosas.
La
gran novedad que consagra a Valentín como uno de los más notables intelectuales
de su tiempo, es que su teogonía no presenta divinidades humanizadas como las
del resto de las religiones. En su caso se trata de abstracciones y principios
vitales. La última nacida de los eones es Sofía, la sabiduría, o más
concretamente la sed de conocimiento, que desesperada por hallarse tan lejos
del Propatôr, será presa de una ansiedad frenética por unirse a Él en
matrimonio. Y como su deseo nunca será satisfecho, Sofía concebirá por sí misma
una hija degenerada que sólo acarreará caos y oscuridad. Es decir, la
sabiduría, el conocimiento, sólo acarrea desgracias a quienes lo alcanzan. Los
valentinianos se erigen en élite intelectual que sacrifica su felicidad a
través del estudio y la meditación, mientras las gentes sencillas se mantienen
ignorantes y felices, pero eso sí, sirviendo a la casta dirigente. En fin, un
credo que resulta sospechosamente familiar.
Valentín encaja a Cristo en su gnosis formando una sizigía con Pneuma, el Espíritu Santo. Sin embargo, los valentinianos no admiten la naturaleza humana de Cristo, empleando para ello el curioso argumento de que si se hubiera hecho hombre, forzosamente habría tenido que hacer sus necesidades, y claro, semejante vulgaridad no es propia de un ser divino. Así que en la gnosis de Valentín el alejandrino, el Verbo no se hizo carne porque tendría que ir al retrete.
Pero
quizá la aportación más relevante a la gnosis del valentinianismo es la
aparición del Demiurgo, también
llamado el Artesano. Es también hijo de Sofía, nacido de su arrepentimiento. Es
el Demiurgo quien creó a los hombres, los animales, las plantas, y en
definitiva, el mundo y todo lo que contiene. El Demiurgo es completamente
ignorante, un idiota que crea todas las cosas, y por eso todas, incluido el
hombre, son defectuosas. Sólo Sofía, su madre, al ver las barbaridades que
crea, le corrige algunas veces, por eso en el mundo existe también un poco de
bondad y de belleza.
El caso es que el valentinianismo se extendió por Egipto, Chipre, Siria, Armenia y otros lugares, con discípulos como Segundo, Heracleón, Ptolomeo, Marcos o Axionicos. Los obispos cristianos del Mediterráneo oriental se desgañitaron durante el siglo II dictando excomuniones y persiguiendo la herejía de Valentín y los suyos. Nuestro profe Bigotini que no es ni más ni menos hereje que cualquier usuario del transporte público, se desespera a veces intentando abrir los envases provistos de abrefácil. Asegura que deben ser obra del Demiurgo.
Él puede parecer un idiota y actuar como un idiota, pero no se deje engañar: es realmente un idiota. Groucho Marx.
















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