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martes, 6 de febrero de 2018

FLORENCIA, EL APOTEOSIS DEL ARTE


Bigotini, Marisol y Laura en su felicísimo viaje por italia, recalan hoy (en realidad de eso hace ya algunos años) en la luminosa Florencia, la floreciente Florencia que fue capital del Gran Ducado de Toscana, y bajo la férula de los Medici, llegó a ser también la indiscutible capital mundial del arte. Quizá todavía lo sigue siendo. Extraemos unos párrafos del famoso cuaderno de viajes del profe.

En los viajes las sorpresas no suelen ser buenas. Pero a veces hay excepciones y esta ha sido una de ellas. Creíamos que el viaje en tren de Roma a Florencia iba a ser mucho más largo y ha durado poco más de hora y media. Además el hotel queda también a sólo unos pasos de la estación de Florencia, en la plaza de Santa María Novella. El hotel Domus Florentiae, está en un edificio histórico donde durmió San Juan Bosco (hay una placa conmemorativa). La habitación es magnífica. Tutto bene. Todos contentos. Después de comer iniciamos la visita a la Galería de los Ufficci. Una maravilla. Lástima que algunas salas estén cerradas por obras. Al salir, damos un paseo por Florencia. Un encanto. El ambiente es más provinciano que el de Roma y aunque sólo sea en términos relativos, hay muchos más turistas. Por suerte el clima parece haberse suavizado un poco. Ya no hace tanto calor, incluso el cielo amenaza con una lluvia que no termina de decidirse a caer. El paseo resulta muy agradable. El centro histórico de Florencia está literalmente tomado por las boutiques de las principales marcas de moda: Prada, Gucci, Armani, Dior, Vouiton... (añádanse diez líneas más, porque están todas). Marisol no se cansa de mirar escaparates. Laura si se termina cansando y yo ya estoy aburrido desde el vigésimo.


Alfredo sull’Arno es un restaurante con terraza sobre el río, donde corre el fresco y se disfruta de una magnífica vista del ponte vechio. Proscciuto, costrini, gambas, pez espada, postres exquisitos y vino de la casa (en Roma sólo lo había embotellado y carísimo). La cena merece la pena. Después de cenar, el paseo lo amenizan los músicos callejeros, los comediantes y otras atracciones de la noche florentina. La policía parece haber emprendido aquí una cruzada contra los vendedores de top manta, bolsos de imitación y otros artículos por el estilo. Al volver de noche al hotel, en la plaza de Santa María Novella encontramos una especie de multitudinaria asamblea de vendedores ambulantes. Parecen muy contrariados. Tambores de guerra. Hay en el aire olor a tormenta y ecos de motín.



Es domingo y casi todo cierra. En las iglesias (que siguen siendo uno de los principales focos de atracción para los viajeros) sólo se celebran cultos y están suspendidas las visitas. También están cerrados la mayoría de los museos. Visitamos la catedral y el baptisterio. Ponga aquí el lector los adjetivos elogiosos que se le ocurran; yo temo repetirme. Visitamos las basílicas de San Lorenzo y de La Trinidad (añádanse más adjetivos). Descanso reparador en el hotel. Nos podemos permitir estos respiros gracias a las menores distancias de Florencia, que permiten ir y venir andando a todas partes en poco tiempo. En el hotel hay un comedor muy coqueto, decorado con frescos del siglo XVIII y mobiliario ad hoc. Tiene también una terraza de veladores con vistas a la Piazza dell’ Unitá italianna. El día termina con un agradable paseo por el ponte vechio y el de la Trinitá, una visita de cumplido al jabalí de bronce de la plaza del mercado y un recorrido por los alrededores de la plaza de la República, la casa de Dante y otros rincones típicos.


Por fin entramos en la basílica de Santa María Novella. Llevábamos hechos varios intentos, pero los días anteriores ha sido imposible, porque o bien ya era tarde, o era domingo. Vale la pena visitar Florencia aunque sólo fuera por Santa María Novella. El altar está decorado con frescos de Domenico Ghirlandaio. El claustro es una maravilla. Se respira en él una paz incomparable. Nos detenemos un rato en la antigua capilla de los españoles, donde enterraban a nuestros compatriotas que morían en Florencia. No se conoce bien una ciudad si uno no se ha dado una vuelta por el mercado de abastos. El de Florencia tiene unos puestos de pasta, carne, embutidos y tripería, dignos de ser visitados. Compramos quesos y otras golosinas para llevarnos a casa. Las compras nos sirven para hacer una incursión lingüística en el dialecto toscano. Nos preparamos magníficos bocadillos con pan recién horneado, jamón y mortadela boloñesa. Con las bebidas que compramos por la calle improvisamos la comida. El agua mineral San Benedetto es nuestra preferida desde que llegamos a Italia. La etiqueta de las botellas advierte en letra pequeña de las propiedades diuréticas del agua y yo bromeo con unos imaginarios efectos laxantes.
Si te vai sotto le gambe
e non sai qual cosa a sito,
sei l’aqua San Benedetto
que nella strada as bebito.

Si te vas patas abajo
y no sabes cómo ha sido,
será el agua San Benito
que en el camino has bebido.



Trattoria Palle d’oro, en la Vía San Antonino, cerca del mercado de San Lorenzo de Florencia. La más pura cocina de la Toscana para paladares que no teman las emociones fuertes. Selección de quesos, ensalada de gambas, costrini, pollo, roast beaf, trippa alla fiorentina (callos). Todo regado con un magnífico tinto de la región. De postres flan de leche con moras y vino santo (muy dulce) con pan de almendras. Inmejorable relación calidad – precio. Un festín. Prometemos volver. Hacemos planes para viajar a Pisa el día siguiente. Nos espera otra jornada agotadora. A descansar.


Viaje en tren a Pisa. Visita obligada a la torre inclinada y al Duomo. Turistas, muchos turistas haciéndose la foto tópica en la que parece que se sostiene a la torre. Después de comer damos una vuelta por la ciudad y volvemos a Florencia. El viaje dura apenas una hora. En Florencia, la jornada concluye con una cena en el restaurante Al Trebbio (Vía delle belle donne, 49). Buenas carnes y buen vino de la casa, aunque nos han hecho esperar una eternidad entre plato y plato. Prego, abbiamo famme, le he dicho al camarero. Y cuando por fin han llegado los segundos y preguntaba para quién era cada uno: ¡Ah, io non poso ricordare niente! Risas.

En Florencia se encuentra la mejor colección de escultura del mundo. La estrella de sus museos es sin duda el archifamoso David de Miguel Ángel. Está prohibido sacarle fotos (como al resto de las obras), pero es tal la avalancha de turistas y de tal calibre la avidez por obtener imágenes, que las regañinas de los vigilantes son ineficaces y los visitantes acaban accionando compulsivamente el pulsador de sus cámaras. Confieso que ni yo mismo he podido resistir la tentación y he tirado una foto. Después de la Galería de la Academia, nueva visita al mercado de abastos de Florencia. Compramos tomates secos de Calabria y funghi porcini, para llevar a Zaragoza. Caminando entre los puestos se nos hace la hora de comer. Vemos que en uno de los puestos hacen unos bocadillos singulares que tienen mucho éxito entre los indígenas florentinos y nos decidimos a probarlos. La cosa consiste en un panecillo redondo cortado por la mitad. Se moja una mitad en un caldo de cocer carne con verduras (cebolla, tomate, zanahorias...). Luego, con un cuchillo afiladísimo, un amable joven va cortando finas lonchas de carne de cordero deshuesada, que ha sido cocida en el caldo anterior y te pone una cantidad considerable sobre el medio pan mojado. Encima te añade sal y un par de cucharadas grandes de pesto con aceite de oliva, ajo y hierbabuena. Finalmente te pone la mitad del pan encima y te da el bocata metido en una especie de bolsita, que evitará que te caiga en la ropa la grasilla que rezuma. Cómase por la calle acompañado de una cerveza bien fría y aseguro que en materia de bocadillos y fast food en general, difícilmente puede encontrarse algo mejor.



El palazzo Piti es visita obligada y el único lugar de interés que nos quedaba por ver en Florencia. Son cuatro horas de incesante caminata. Acabamos reventados, pero ha valido la pena. Obras de arte excepcionales en un marco incomparable. El palacio por sí mismo, desnudo de pinturas y esculturas, ya merece la visita. Nos fotografiamos en los enormes jardines mientras caminamos algunos kilómetros más. Después volvemos al hotel para descansar unos minutos, atravesando de nuevo toda Florencia. Agotador. Habíamos prometido volver y cumplimos. Se come tan bien en el Palle d’oro que cenamos allí otra vez, para despedirnos de Florencia. Un aperitivo de la casa a base de cassis y pinot blanco, otra vez gambas, una mozzarella excepcional, pasta al ragú, jamón asado y conejo relleno de alcachofas. Ciao. Arivedercci, Firenze.


Una pena compartida es una pena a medias. Una alegría compartida es una doble alegría.





sábado, 3 de febrero de 2018

EMILIO CARRERE, EL REY DE LA CALDERILLA


Si decimos que Emilio Carrere ha sido el autor español más leído del siglo XX, quizá no estemos incurriendo en exageración. Durante las tres primeras décadas del pasado siglo, su obra literaria vio la luz en ediciones baratas, novelas económicas que circularon de mano en mano entre menestrales, porteras, obreros y estudiantes libertinos. La crema de la intelectualidad, esa que en el Madrid de preguerra asistía a agasajos postineros en Chicote, se hubiera dejado matar antes que admitir que conocían y admiraban secretamente a Carrere, pero lo cierto es que le conocían y le admiraban, como reconocieron algunos muchos años después. Ahora, entre los culturetas posmodernos de nuestra España neomilenaria, Carrere vuelve a estar de moda. Se ha reeditado parte de su obra, y se ha hecho alguna edición de relatos breves con el título de El reino de la calderilla, que parafraseamos en el título de este artículo.

Emilio Carrere Moreno era un tipo de físico grotesco, pasado oscuro e infancia difícil. Nació en 1881 de una madre soltera que falleció poco después. Se crió con su abuela en la modestia más absoluta de ese Madrid castizo y barriobajero que glosaron los sainetes y las zarzuelitas del género chico, y que glosó también el propio Carrere con asombrosos desparpajo y desgarro. Parece que al caer enferma su abuela, se ablandó algo el duro corazón de su padre, un tal Don Senén Canido (vaya nombre más antiguo), reputado abogado madrileño “con aspiraciones políticas”, que no llegó a materializar nunca. En todo caso, el viejo estaba forrado. Legó a su hijo natural una buena suma de dinero, su biblioteca y lo que es más importante, mediante sus influencias lo colocó como funcionario en el Tribunal de Cuentas. Ya se sabe que en España eso de estar colocado, no sólo es haberse excedido en la bebida, sino que en el terreno laboral, constituye una bicoca para toda la vida.


Así que el joven Emilio, que se había criado en la miseria, había asistido al Centro Instructivo Obrero, y se había doctorado en los billares y en las timbas recogiendo colillas, se encontró de repente con el futuro asegurado y hasta con el riñón cubierto, lo que le permitió comer caliente, dormir mullido y pagarse un señor veguero de dos reales para echar humo los domingos por la tarde. Sin preocupaciones monetarias y con mucho tiempo libre (recordad que era funcionario), dio en la costumbre o en el vicio de escribir. Primero poesía. Los poetas malditos, Verlaine, Rimbaud, Baudelaire... Se apasionó por el modernismo y por Rubén Darío, a quien conoció, frecuentó y tuvo siempre por maestro. Entre su producción poética de aquellos primeros años destaca La musa del arroyo, obrita nada desdeñable que alcanzó gran popularidad en su momento y cuyos versos corrieron de boca en boca como un reguero de pólvora. Otros poemas aparecieron en El caballero de la muerte, Dietario sentimental, Nocturnos de otoño, Ruta emocional de Madrid o Los ojos de los fantasmas. De su obra en prosa destacaremos La cofradía de la pirueta, Rosas de meretricio, La copa de Verlaine, La calavera de Atahualpa, Aventuras extraordinarias de García de Tudela y sobre todas las demás, La torre de los siete jorobados, publicada en 1920, que es acaso el más vivo exponente de la literatura fantástica con toques de novela negra de las letras españolas. La historia fue llevada al cine por Edgar Neville en 1944, con mucho menos éxito del que merecía. La película es, vista desde la perspectiva actual, puro expresionismo posguerrista, la quintaesencia de la comedia negra. Una fuente en la que han bebido cineastas como Berlanga, Sumers o Almodóvar.


Pero el Carrere más auténtico y original hay que buscarlo en esas novelas que retratan la bohemia madrileña de la que él mismo fue parte integrante. Personajes estrafalarios como Don Uriarte (trasunto literario de Ramón del Valle-Inclán) o como el loco soñador García de Tudela, conviven con putas, chulos, carteristas, sablistas y timadores en un submundo ácrata y marginal. El hampa madrileña comparte mesa, manteles y hasta calabozo con lo más granado del mundo intelectual capitalino. Carrere alternó con artistas, delincuentes y anarquistas, sabiendo plasmar como nadie el ambiente y la mojiganga de aquel inframundo madrileño. Luego, como en una asombrosa pirueta biográfica para quien como él había sido hermano de aquella cofradía, Emilio se convirtió en Don Emilio tras recibir en 1929 la herencia de aquel padre al que tanto había avergonzado. Se trasladó a un piso de lujo en Rosales, compró un flamante automóvil, renegó del republicanismo y se hizo monárquico de toda la vida. Escribió en el diario Informaciones, propiedad del banquero Juan March, y tras la guerra, se declaró abierto partidario de Franco. Adquirió cierta notoriedad pública hasta que falleció en 1947. Luego, como tantos otros autores afectos al régimen franquista (Jardiel, Pemán, Fernández Flórez y algunos más), Carrere cayó en un largo olvido del que ha salido muy recientemente, con el renovado interés que se presta a la bohemia de su época y a la literatura fantástica.


En Bigotini nos quedamos con el Carrere canalla de la bohemia madrileña a medio camino entre la gloria y la delincuencia, con el Carrere de los siete jorobados y la novela negra, con el Carrere de los prostíbulos y los relatos no aptos para menores. Hoy sin embargo, y como contrapunto, traemos a nuestra biblioteca virtual al Carrere populachero y un poquito chabacano que tanto gustaba a las modistillas y los horteras de botica. Ripios como la telecinco de cuando no había tele. Haced clic en la ilustración para acceder al Romance de la princesa muerta, que fue en su momento todo un éxito popular. Un tío como Emilio Carrere es natural que despierte filias y fobias tanto de vivo como de muerto. Vosotros mismos.


La honradez de los políticos es como la ropa de las actrices porno. Desaparece a la primera insinuación.



miércoles, 31 de enero de 2018

DE CÓMO SEAN THORNTON SE DIO A LA BEBIDA. ARGUMENTO PARA UNA SECUELA JAMÁS FILMADA DE EL HOMBRE TRANQUILO*


*Adaptación libérrima de un relato de W.W. Jacobs.

¡Qué lástima de hombre! Aquel Sean Thornton admirable que conocimos como protagonista de El hombre tranquilo, ese clásico monumental, se convirtió en pocos años en un borracho inútil que avergonzaba (¡otra vez!) a su sufrida mujercita, la brava Mary Kate, antes Mary Kate Danaher, y ahora señora Thornton.
Sean, el legendario as de los cuadriláteros, se había propuesto retirarse en la verde campiña de su querida Irlanda natal. Se había propuesto no trabajar. Cierto que tenía unos ahorros bastante pingües, pero fue agotándolos a base de visitas al pub de Pat Cohan. Primero con su cuñado y compadre, el buenazo de Will Danaher. Más tarde, después del previsible fallecimiento del gigantón a causa de la cirrosis, comenzó volviendo solo al pub para ahogar sus penas, y continuó luego pegando la hebra con los muchachos del IRA o con su amigo, el pequeño Michaleen Flynn. Hasta alguna noche terminó entonando viejas baladas con el padre Lonegan, que aunque era un santo, no desdeñaba una buena pinta de cerveza de vez en cuando.

Llegó el día en que el gran Sean Thornton no tenía un chelín. Mary Kate había puesto sus ahorros (la famosa dote que por procedimiento tan divertido como extenuante, recibió de su difunto hermano) a buen recaudo. En todo aquel tiempo se las arregló para no tocar una sola moneda de su tesoro oculto. Engañaba a Thornton diciéndole que lo había gastado todo en llenar la despensa, pero lo cierto es que se las arregló pidiendo favores a los vecinos. Sean no terminaba de creerla, y periódicamente registraba sin éxito cajones y alacenas. Para pagarse las borracheras, empeñaba de tanto en tanto diversas alhajas, su reloj de plata, otro de pared que había comprado en Derry, y muchas otras baratijas. No pudo echar mano a los muebles de la señora Thornton, los que heredó de su madre y conservaba defendiéndolos con uñas y dientes. En fin, que lo que debió haber sido una interminable luna de miel se convirtió en un infierno conyugal. ¡Qué lástima de hombre!

No le fue mucho mejor a la viuda Tillane (¿os acordáis?). Se casó primero con el gigantón Danaher, y al poco tiempo la cirrosis la devolvió a su anterior estado de viuda. Eso no arredró a la viuda Danaher, y se casó por tercera vez con Michaleen Flynn, que aun era más borrachín que sus maridos anteriores. Pero a diferencia de Mrs. Thornton, Mrs. Flynn era rica. Tenía tierras y una fortuna en el banco, así que no la hubiera arruinado ni una legión de maridos.
Bien, precisamente nuestra pequeña historia comienza un día primaveral en que la señora Flynn, acompañada de su tambaleante esposo Michaleen, visitó a su amiga la señora Thornton. El hombre de la casa estaba ausente, como casi siempre. Mrs. Flynn se fijó inmediatamente en el hueco vacío que quedaba allí donde había estado el clavecín de Mary Kate. Bastó una mirada para que Mrs. Thornton bajara avergonzada la cabeza. La última hazaña de su marido había sido el empeño de aquel querido instrumento. Aquello ya era demasiado. Michaleen dio un respingo al ver el decidido gesto de determinación de su esposa. La conocía bien y sabía que aquello no presagiaba nada bueno. Tenemos que hacer algo, querida -dijo a Mary kate su amiga-, algo que asuste de verdad a ese hombre.

Trazar su plan sólo le llevó unos minutos. Las dos mujeres acordaron que el señor Flynn se quedara en la casa en calidad de nuevo dueño. Harían creer a Sean Thornton que sus deudas le habían hecho perder la casa, y que esta había sido comprada por la doble viuda, la señora Flynn. Michaleen protestó, pero no le sirvió de nada, nunca le servía con su autoritaria esposa. Mary Kate y su amiga salieron de la casa justo cuando vieron llegar a Sean. Mrs. Thornton llorosa, Mrs. Flynn con fingida altanería. ¿Estarás satisfecho, no? ¡Por tu culpa nos quedamos en la calle!, le espetó Mary Kate entre sollozos. El ex-campeón quedó un momento perplejo, y entró luego en la casa como un torbellino. Allí encontró a Michaleen Flynn cómodamente sentado en la mejor butaca. Como tenía la lección bien aprendida, al principio el hombrecillo se mostró altivo, pero en cuanto vio que Thornton se remangaba, comenzó a temblar como un junco. Lo confesó todo sin necesidad de violencia alguna.

Conque esas tenemos... Sean Thornton se acarició la barbilla pensativo, y exclamó: amigo Michaleen, vamos a dar una lección a esas mujeres. Su plan era sencillo. Les harían creer que el gran púgil había matado a Flynn de un puñetazo, y había ocultado su cadáver. Michaleen se marcharía a Innisfree y le esperaría en la posada de Cohan. Después, con la excusa de ocultar el crimen, Sean les sacaría el dinero a esas dos arpías, para reunirse con su amigo en la posada, donde se correrían la gran juerga durante unos días. Pusieron manos a la obra inmediatamente. Michaleen Flynn se marchó tal como habían acordado, y poco después llegó Mary Kate. ¡Dios mío! -gimió Thornton con desesperación-, ¡le he matado!, y le contó cómo se había deshecho del cuerpo del difunto. Mary Kate le escuchó con fingido espanto, pues casualmente al llegar, había visto salir a Flynn por la puerta trasera. Sonó la campanilla. Era la señora Flynn. Mary Kate en pocos segundos le susurró la verdad al oído. Tú déjamelo a mí, pareció decirle la “triple” viuda con un gesto, y se fue derecha hacia Thornton. Sean le suplicó clemencia. ¡Fue un accidente!, repetía. Y pidió dinero a las mujeres para huir de la justicia. Me ocultaré unos días en la posada de Cohan, y embarcaré a la menor oportunidad, les aseguró. Está bien -concedió la viuda Flynn-, quédate unos días en la posada y te haré llegar doscientas libras. Un beso apresurado a Mary Kate (¡qué diferencia con aquellos apasionados besos de la película!), y se puso en camino a Innisfree.


En la posada de Cohan corrió el whiskey como el agua. El hombretón, sentado frente a la chimenea, y el hombrecillo sentado en su regazo, entonaron una tras otra sus canciones favoritas, incluida aquella vieja tonada blasfema en la que San Patricio desplazaba a Jesucristo de la derecha del Padre, porque si éste convirtió una vez el agua en vino, el santo irlandés le superó convirtiendo el cereal en whiskey. Pasados unos días, inquietos por la tardanza del dinero prometido, ambos decidieron enviar un telegrama: “Barco dispuesto a zarpar, stop, urge dinero, stop, Thornton”. Al cabo de unas horas recibieron la siguiente respuesta: “Flynn vivo, stop, sólo un poco magullado, stop, se dirige a Innisfree dispuesto a perdonar, stop, MKT & SF”. Michaleen y Sean se miraron perplejos, y apenas tuvieron tiempo de nada más, porque se abrió la puerta de la habitación y entraron por ella sus queridas esposas. Les acompañaban el padre Lonegan y el reverendo Playfair, dignísimos representantes de las iglesias católica y anglicana. ¡Esta mujer es el mismo demonio! -exclamó Michaleen Flynn.

Una semana más tarde Thornton estaba trabajando (¡por fin!) como capataz en las fincas de la señora Flynn, la astuta doble y casi triple viuda. Por su parte, Michaleen Flynn entró al servicio del padre Lonegan como sacristán. Mary Kate Thornton recuperó su querido clavecín y los demás enseres desaparecidos. Sean Thornton recuperó su reloj de plata y su dignidad. Cuando regresó a su casa después de una fatigosa jornada de trabajo, le esperaba su mujercita con un sabroso guiso de cordero con patatas y una pinta de cerveza. ¡Esta mujer es el mismo demonio! -exclamó-, y ambos se besaron aun más apasionadamente que en la vieja película de Ford.


¡Nunca pensé que este hijo de puta supiera actuar! John Ford después de ver a John Wayne en “Río rojo” de Howard Hawks.



sábado, 27 de enero de 2018

PIERRE GASSENDI Y EL ATOMISMO MATERIALISTA


En 1592 y en la localidad francesa de Champtercier, nació Pierre Gassendi. Allí creció al calor del sol provenzal, el filósofo y científico que habría de pasar a la posteridad por su incansable afán de conciliar religión y ciencia.
Profesó muy joven como sacerdote, formándose a la vez en física, matemáticas y astronomía, entre otras disciplinas. Gassendi fue, junto a Dalton y otros, pionero en proponer un modelo atómico. En una época en la que no se disponía de la tecnología necesaria para realizar experimentos sobre átomos y partículas, la ideación de un modelo atómico, fuese cual fuese, era una mera cuestión de fe. A nuestro hombre desde luego, no le faltaba ni fe científica ni fe católica. Definió los átomos como eternos y semovientes, pero no infinitos, como rezaban las teorías atómicas clásicas. Gassendi defendió que los átomos serían finitos, indivisibles, compactos, de diferentes tamaños, y por supuesto, creados por Dios.


Enemigo declarado del cartesianismo y su método, mantuvo abundante correspondencia con René Descartes. No perdió ocasión de señalar los que consideraba errores del método científico. En este terreno filosófico, arremetió también contra el aristotelismo escolástico, resaltando la falacia de los silogismos. Gassendi resucitó el atomismo materialista de Lucrecio y Epicuro. Sus Anotaciones al décimo libro de Diógenes Laercio, se hicieron enormemente populares en su tiempo, así como su Sintagma philosophicum, publicado póstumamente en 1658, una disquisición metafísica desde un punto de vista singularmente católico. Acaso en ello precisamente radica la extraordinaria singularidad de Pierre Gassendi, en conciliar doctrinas aparentemente tan alejadas como el epicureísmo y el cristianismo.


En su faceta astronómica destaca el cálculo de la trayectoria de Mercurio, que realizó con una precisión verdaderamente asombrosa. Falleció en París en 1655. La ciencia le homenajeó dando su nombre a un astroblema de la superficie lunar. En Bigotini nos sumamos hoy al homenaje desde nuestro modesto foro, dedicando este breve recuerdo al filósofo casi olvidado y al científico olvidado completamente.

De todos los hijos de la Noche que pueblan las tinieblas, es el Olvido el más callado y tímido.



miércoles, 24 de enero de 2018

ALEJANDRO Y LAS ALEJANDRÍAS. LA HELENIZACIÓN DE ORIENTE


La extensión del helenismo tras las conquistas de Alejandro de Macedonia, constituyó un movimiento de colonización en toda la extensión del antiguo Estado persa. El mismo Alejandro fundó hasta setenta colonias en el curso de su breve existencia. Casi todas ellas llevaban su nombre. La más importante fue la Alejandría de Egipto, capital del reino de los ptolomeos, que impuso su sello a toda la civilización del periodo helenístico, y a la que, por esa razón, llamamos civilización alejandrina.
Podríamos agrupar las ciudades fundadas por Alejandro en tres categorías principales. Primera, las Alejandrías portuarias, entre las que además de la citada Alejandría egipcia, pueden incluirse la Alejandría de Siria, situada frente a Chipre, que después tomó el nombre de Alejandreta. También está la Alejandría de las Bocas del Tigris. En una segunda categoría tedríamos las Alejandrías emporios, que sirvieron de lugar de tránsito en las grandes rutas caravaneras que llegaban hasta las fronteras de la India.


En tercer lugar están las Alejandrías fortalezas, situadas a lo largo de la frontera con la India, en los actuales Beluchistán y Afganistán. Estas últimas representaron un papel protagonista desde el punto de vista cultural. Gracias a ellas el helenismo entró en contacto con la India, lo que produjo el nacimiento de los estados heleno-indios, de unas manifestaciones artísticas muy particulares, y hasta de la transmisión del germen de géneros literarios como el dramático. Cuando más tarde el budismo inauguró su misión civilizadora en el Extremo Oriente, su corriente arrastró las semillas del helenismo. La secesión del Estado parto en 249, dañó considerablemente a esas colonias lejanas, privándolas de la protección de la dinastía helénica de los seléucidas. Esto no impidió la helenización, siquiera sea parcial, del reino parto, al menos mientras estas ciudades no fueron sofocadas bajo la presión de los bárbaros. No obstante, y aunque en esa forma barbarizada, subsiste hasta el presente Kandahar, probando con su resistencia la visión a largo plazo de sus fundadores.


Entre los diádocos, Seleuco fue quien siguió llevando a cabo con mayor tenacidad las aspiraciones colonizadoras del mítico emperador. Sus huellas fueron seguidas por sus sucesores, los seléucidas. Seleuco mismo fundó hasta setenta y cinco colonias, entre otras aquella que nombró capital de su reino y llamó Antioquía en honor a su padre Antioco. Los sirios la llamaban la bella ciudad de los helenos, con su cercano puerto de Seleucio. Asimismo, en las cercanías, las ciudades recibieron el nombre de reinas: Laodicea y Apamea. En Mesopotamia, Edesa y Seleucia de Tigris, que heredó desde entonces la importancia cultural de Babilonia, ya decadente. Como macedonio apasionado y helenófilo, Seleuco habría querido transformar su imperio en una especie de Nueva Macedonia. Es muy creíble que esa extrema helenofilia que heredaron sus sucesores, causara la separación del país de los partos. En cualquier caso, provocó un conflicto entre los seléucidas y los judíos en Palestina, cuando estos fueron arrebatados a los ptolomeos. Este conflicto condujo precisamente a la separación del reino judío en 168, que también sufrió a su vez, su propio proceso de helenización. De él prometemos ocuparnos en una próxima entrega. De momento, el viejo Bigotini se cansa ya de deponer su testimonio histórico. Dejémosle descansar mientras contempla como en un éxtasis un hermoso retrato de Cleopatra, personaje por el que siente, como César y Antonio, profunda pasión.



La talla de las estatuas disminuye cuando te alejas de ellas. La de los hombres disminuye cuando te acercas.



domingo, 21 de enero de 2018

LESLIE HOWARD. TODO UN CABALLERO



En Lo que el viento se llevó, Rhett Butler, el personaje macho-alfa que interpretaba Gable, no acertaba a comprender cómo Scarlett O'Hara, después de haber estado entre los brazos de un tío como él, podía seguir enamorada de una especie de atildado mariquita como el que interpretaba Leslie Howard. Pero es que aquel caballerito inglés (más bien sureño en la película) tenía también su atractivo, era un tipo dulce y delicado que sabía cómo tratar a una dama, ya lo creo.
Leslie Howard era además un magnífico actor shakesperiano, que contaba con muchos más recursos que su mirada lánguida. Poseedor de una dicción perfecta, Howard se hizo literalmente el amo, no sólo en los escenarios londinenses, sino en aquel Hollywood del incipiente sonoro, en el que la voz y sus matices cobraron una importancia extraordinaria. Su admirable trabajo en Cautivo del deseo (1934) fue capaz de eclipsar incluso a una actriz tan eminente como Bette Davis, su partenaire en el filme.
Hoy os ofrecemos el enlace para recordar uno de los mejores trabajos de Leslie Howard, y una de las películas más representativas de su filmografía. Se trata del trailer oficial de Romeo y Julieta, dirigida en 1936 por George Cukor, que contaba con la presencia de la encantadora Norma Shearer dando la réplica a Howard, que compuso un Romeo inolvidable. Haced clic en la carátula y vivid unos minutos de nostalgia.

Próxima entrega: Clark Gable




martes, 16 de enero de 2018

¿QUIÉN LE PONE EL CASCABEL AL GATO DE SCHRÖDINGER?


Publicado en nuestro anterior blog en octubre de 2012

Erwin Schrödinger
En un reciente post dedicado al principio de incertidumbre de Heisenberg, dejamos claro (o al menos, esa era mi intención) que la posición y la velocidad de una partícula no pueden conocerse simultáneamente con precisión. Mientras que algunos teóricos como Paul Dirac o Niels Bohr apreciaron inmediatamente su significado, hubo muchos físicos experimentales que se empeñaron en diseñar experimentos que demostraran que con la técnica adecuada, este inquietante principio podía quedar desacreditado. Naturalmente todos los intentos resultaron inútiles. La razón fundamental es que el principio de incertidumbre presenta implicaciones de tan largo alcance, que rebasan el ámbito de la física experimental.

Para una mente tan preclara como la de Bohr, las intrigantes relaciones de la incertidumbre significaron un paso decisivo para profundizar en su idea de complementariedad entre la teoría ondulatoria y la teoría corpuscular. En efecto, ambas son necesarias para comprender el mundo cuántico, y hoy admitimos sin empacho conceptos como que la luz se comporta a la vez como un flujo de partículas (fotones) y una onda de características similares al sonido. En una conferencia celebrada en Como (Italia) en 1927, Bohr presentó su idea de complementariedad y lo que se conoce como interpretación de Copenhague: mientras en la física clásica concebimos que un sistema de partículas funciona como un mecanismo de relojería, independientemente de que sean observadas o no; en física cuántica el observador interactúa con el sistema en tal grado, que el sistema no posee una existencia independiente del observador. En otros términos, el mero hecho de observar un fenómeno, lo modifica. El observador forma parte del experimento, y no existe ningún mecanismo que funcione con absoluta independencia de que se le observe o no.


En un experimento ya clásico, si hacemos pasar un haz de electrones (valen también fotones o cualquier otro tipo de partícula) por una rendija, para que se proyecten en una pantalla, obtendremos la imagen que cualquiera sería capaz de predecir de los electrones impactando en la zona de pantalla correspondiente a la rendija. Sin embargo, cuando hacemos pasar el haz por una plancha con dos rendijas, la imagen obtenida no es ni mucho menos la del doble impacto que parece razonable, sino más bien la de una nube de impactos del tipo exacto de una nube probabilística, lo que se corresponde con la naturaleza doble (ondulatoria y corpuscular) del fenómeno cuántico.


Este desconcertante resultado, mezclado con la dependencia del observador que acompaña a todo fenómeno cuántico, llevó al físico alemán Erwin Schrödinger a proponer el siguiente problema teórico:
Es posible montar un experimento de forma que exista una probabilidad exacta del 50% de que uno de los átomos de una muestra de un material radiactivo se desintegre en un cierto tiempo, y que un detector registre la desintegración que se produce. Imaginemos ese dispositivo en una caja dentro de la cual hay un gato vivo y un frasco con veneno, preparado todo de tal forma que si ocurre la desintegración radiactiva, el frasco se rompe y el gato muere. En el “mundo convencional” existen un 50% de posibilidades de que el gato resulte muerto, y sin necesidad de mirar dentro de la caja, podemos decir tranquilamente que el gato estará o vivo o muerto. Pero atención… Ahora nos topamos con lo más extraordinario del universo cuántico: como consecuencia de la teoría, ninguna de las dos posibilidades (recordad, 50%, cara o cruz) abiertas al material radiactivo, y por lo tanto al gato, adquiere categoría real salvo que sea observada. Es decir, la desintegración atómica ni ha ocurrido ni ha dejado de ocurrir; el gato ni ha muerto ni ha dejado de morir en tanto no miremos dentro de la caja para ver lo que ha pasado. Los teóricos que aceptan la versión ortodoxa (interpretación de Copenhague) de la mecánica cuántica nos dicen que el gato existe en cierto estado indeterminado, ni vivo ni muerto, hasta que un observador mire dentro de la caja para ver cómo marchan las cosas. Nada es real salvo si se observa.

Dios no juega a los dados, exclamó Einstein, y pasó prácticamente el resto de su vida tratando sin éxito de encontrar el mecanismo subyacente que haga posible la genuina y sustancial realidad de las cosas. La búsqueda del gato de Schrödinger ha sido la búsqueda de la realidad cuántica. No conocemos aun a dónde nos conducirá el final de esta búsqueda. Ahí tenemos la teoría de cuerdas, la de supercuerdas y distintas interpretaciones e intentos de hallar lo que algunos, con Hawking a la cabeza, llaman la teoría del todo. Isaac Newton, estudiando hace más de tres siglos la naturaleza de la luz, puede que no fuera consciente de ello, pero ya había iniciado el camino que conducía al gato de Schrödinger. El camino es largo. Tal vez, como Alicia, la heroína de Lewis Carroll, encontréis en el camino de Wonderland a aquél otro enigmático gato de Cheshire, de sonrisa tan ambigua como inquietante.


¿Para qué vas a fatigarte dialogando, si puedes arreglarlo a hostias?  Rocky Pragmáticus.