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martes, 6 de noviembre de 2018

ARCHAEOPTERYX LITHOGRAPHICA: LA ASOMBROSA HISTORIA DEL DINOSAURIO EMPLUMADO



El año 1861 marcó un hito en la historia de la Paleontología. Los obreros de una cantera de Solnhofen, en el sur de Alemania, estaban cortando unos bloques de calizas cuando una de las planchas reveló el esqueleto casi completo de un archaeopteryx, la primera ave de que se tiene noticia, al menos hasta el presente. No solo estaban los huesos prácticamente intactos, sino que además la piedra tenía estampada la impresión de las plumas. Eran unas plumas inequívocamente aviares, y estaban situadas en los lugares apropiados: las alas y la larga cola.

Un segundo espécimen más completo aun, se halló en el mismo lugar en 1877. Desde entonces se han encontrado cuatro ejemplares más, todos pertenecientes sin duda a la misma especie, que fue bautizada como archaeopteryx lithographica (el pájaro arcaico grabado en la piedra). Es hasta ahora la única especie conocida del género archaeopteryx, que a su vez es el único género de la subclase arqueonites (pájaros antiguos), que junto a sus primos lejanos odontornites (pájaros con dientes), completan el grupo (la clase, para ser exactos) de las que en romance llano llamamos aves primitivas no voladoras. Todas las rocas de los hallazgos datan de finales del jurásico, y tienen una antigüedad de unos 150 millones de años.


El tamaño de archaeopteryx era similar al de una tórtola moderna. Tenía la cabeza relativamente pequeña y las cuencas oculares muy grandes, lo que sugiere una visión excelente, quizá adaptada a la vida nocturna. El pico dotado de agudos dientes y la larga cola ósea compuesta por numerosas vértebras, son rasgos típicos de los celurosáuridos, pequeños dinosaurios carnívoros.
Archaeopteryx quizá se alimentaba de pequeños lagartos, o más probablemente de insectos. Las extremidades eran largas y delgadas, con tres dedos (como las palomas) en cada una de las manos, y con los pies típicos de las aves. Los huesos distales de las patas eran largos, lo que le permitiría correr a bastante velocidad. El esqueleto desprovisto de plumas podría pasar por el de cualquier celurosáurido a no ser por la típica espoleta aviar formada por la unión de las clavículas. Ese detalle y naturalmente, el abundante plumaje de las alas y la cola, convierten a archaeopteryx en una auténtica transición entre dinosaurio y ave, el eslabón perdido hallado en las minas alemanas.

Existe controversia sobre si nuestro dinosaurio alado podía volar. En contra del vuelo está su pequeño esternón desprovisto de quilla, la estructura donde se insertan los potentes músculos pectorales de las aves voladoras actuales. Según esta versión, archaeopteryx debía trepar a los árboles ayudándose de sus potentes garras, para luego lanzarse planeando de un árbol a otro y tal vez capturar insectos con sus alas desplegadas. Sin embargo, las plumas de archaeopteryx presentan una estructura y una distribución sobre las alas tan parecidas a las de las aves actuales, que parecen inclinar la balanza a favor del vuelo. Puede que este vuelo no fuera tan poderoso y eficaz como el de sus descendientes emplumados, pero no cabe duda de que nuestro amigo estaba hecho ya todo un pájaro de cuenta.


Algunos escritores consiguen que haya más lectores. Otros sólo consiguen que haya más libros.  Jacinto Benavente.


viernes, 2 de noviembre de 2018

FELIU ELIAS (APA) EN LA PREHISTORIA DEL CÓMIC ESPAÑOL



Feliu Elias i Bracons, que firmó sus trabajos con el seudónimo de Apa, fue uno de los más ilustres pioneros de la ilustración cómica. Nacido en Barcelona en 1878, comenzó dibujando en la revista ¡Cu-Cut!, y poco después fue uno de los fundadores de la mítica Papitu. Realizó también muchos encargos publicitarios y durante casi dos décadas, en los años veinte y treinta, dibujó una viñeta diaria en el periódico barcelonés La Publicitat. Apa fue además un reputado crítico de arte, y hasta hizo sus pinitos en la pintura “seria” donde destacó como bodegonista y paisajista. Fue también un importante autor de retratos y otros temas que podríamos encuadrar en el expresionismo costumbrista.
Pero lo más interesante en la carrera de Apa fue sin duda su faceta de caricaturista e ilustrador gráfico. En la etapa republicana se implicó de forma entusiasta en el nacionalismo catalán, y durante la guerra civil, a raíz de la publicación de alguno de sus trabajos, se situó en el punto de mira de los anarquistas, por lo que huyó a Francia, donde residió hasta su fallecimiento en 1948.
En nuestro histórico repaso traemos hoy una selección de sus viñetas que esperamos os agraden.


























martes, 30 de octubre de 2018

ROBERT TAYLOR, EL HOMBRE DEL PERFIL PERFECTO




Pues si, Robert Taylor fue el galán hollywoodiense con mejor perfil de la edad dorada. Los uniformes (todos los uniformes) le sentaban como un guante. Con eso, su sonrisa y muy poco más fue capaz de enamorar a las espectadoras de los cinco continentes. Bogart, Steward, Cooper, Gable, Grant, todos... eran probablemente mejores actores que él, pero él era el más guapo, el mejor afeitado y el del bigotillo más sexy. Entonces no se llevaba todavía ese efecto visual de hacer que los dientes brillaran con un destello al sonreír. A Robert Taylor eso no le hacía ninguna falta, el destello era natural en él. ¡Quién no le recuerda con aquel uniforme de oficial y bajo aquella lluvia inmisericorde de El puente de Waterloo! ¡Quién olvidará su atractiva imagen de centurión romano subido a la cuadriga en Quo Vadis!
Bueno, en todo caso el físico no lo es todo (al menos así nos consolamos los tipos algo más pintorescos). Lo cierto es que los trabajos de Taylor no pasarán a los anales de los grandes talentos interpretativos, y hasta esa imagen de galán de los cuarenta, acabó pasando de moda como acaba casi todo en esta vida. ¡Qué vamos a hacerle!
Para recordar a Robert Taylor traemos a nuestra peculiar Linterna Mágica el enlace a un video homenaje al actor a base de fotogramas de sus películas y buena música como acompañamiento. Clic en la ilustración y listo. A disfrutar unos minutos de nostalgia y de recuerdo.

Próxima entrega: Melvyn LeRoy





sábado, 27 de octubre de 2018

MARTIRIO DE SANTO DOMINGUITO DE VAL



Dominguito de Val era un infante de coro de siete años, hijo de Sancho de Val, notario, y de Isabel Sancho, sus labores. Estamos en la Zaragoza de mediados del siglo XIII. Si nos atenemos a lo que enseñan las series de televisión, en aquel tiempo, en Zaragoza lo mismo que en Toledo, reinaba una paz idílica. Era una sociedad en la que convivían felizmente cristianos, moros y judíos. En los últimos años parece que ha hecho fortuna una especie de “pensamiento Alicia” que nos pinta una España de las tres culturas donde llovían pétalos de rosa, y todos eran buenos, felices, comían perdices en el desayuno, el almuerzo, la cena, y a los chiquillos les ponían las perdices entre el pan para merendar.


Pero, ¿era así de verdad? Veamos. Según la crónica, un judío de nombre Albayuceto, que también, vaya nombrecito, raptó al pobre Dominguito. Hacía tiempo que un grupo de judíos de la aljama zaragozana (sin duda resentidos porque los cristianos eran altos, rubios, de ojos azules y guapetones; mientras que ellos iban encorvados, tenían la nariz ganchuda, la mirada torva, y eran más feos que comer con gorra), abrigaban el secreto proyecto de repetir de forma ritual la pasión de Cristo, simplemente para hacer escarnio de la fe cristiana, y pasar un buen rato martirizando a algún inocente, que era lo que más les gustaba hacer por las tardes, al salir del trabajo, donde se dedicaban, como todo el mundo sabe, a la usura.


Una vez raptado el niño, lo escarnecieron, lo flagelaron, y luego lo crucificaron con unos clavos tremendos en una pared de la iglesia de San Miguel de los Navarros. Le alancearon el costado, como al Redentor, y no contentos con eso, le decapitaron, le amputaron manos y pies, echaron sus despojos en un saco, y los tiraron al Ebro como si fueran un desperdicio. Corría el 31 de agosto de 1250. Unos barqueros que acertaron a pasar, viendo unas extrañas luces, se acercaron a la ribera y descubrieron el cadáver. Fueron depositados sus restos en la iglesia de San Gil Abad, y más tarde en la catedral de La Seo, en una capilla dedicada al infante mártir, donde todavía pueden venerarse. El pequeño santo fue canonizado. Ejerce el patronazgo de los monaguillos y de los infantes de la escolanía de la ciudad, conocidos mundialmente como infanticos del Pilar, unas voces blancas y cristalinas admirables. Como dicen Les Luthiers, “escúchelos antes de que crezcan”.


Así nos narra el martirio la crónica de la época. Como lógica consecuencia, una muchedumbre legítimamente enardecida arrasó la judería de Zaragoza, degollando a hombres, mujeres, niños, caballerías, y resto de animales de pelo y pluma. Y es que, como razonaban algunos de los que portaban antorchas y cuchillos cabriteros: ¡estas no son formas de convivir en armonía, caramba!
El de Dominguito no fue un caso único ni mucho menos. Entre los despiadados asesinatos de niños perpetrados por judíos (y vengados después reglamentariamente) cabe añadir en España los casos del Santo Niño de La Guardia y el Santo Niño de Sepúlveda. Y en el resto de Europa destacan el del niño Guillermo de Norwich de 1144, y el del niño Hugo de Lincoln, de 1255. En el correspondiente artículo de wikipedia, aparecen en toda Europa, seis casos en el siglo XII, quince en el XIII, diez en el XIV, dieciséis en el XV, trece en el XVI, ocho en el XVII, quince en el XVIII, y nada menos que treinta y nueve en el XIX. Véase pues qué fiebre asesina dominaba a los seguidores de la Ley Mosáica.


Alfonso X el Sabio, ese rey que últimamente se nos presenta como ejemplo de tolerancia y convivencia pacífica, escribe: Et porque oyemos decir que en algunos lugares los judíos ficieron et facen el día del Viernes Santo remembranza de la pasión de Nuestro Señor Jesucristo en manera de escarnio, furtando los niños et poniéndolos en la cruz, o faciendo imágenes de cera et crucificándolas cuando los niños non pueden haber, mandamos que, si fama fuere daquí adelante que en algún lugar de nuestro señorío tal cosa sea fecha, si se pudiere averiguar, que todos aquellos que se acercaren en aquel fecho, que sean presos et recabdados et aduchos ante el rey; et después que el sopiera la verdad, débelos matar muy haviltadamente, quantos quier que sean. (Alfonso X el sabio. Partidas, VII, XXIV, ley 2).


La mayor parte de los historiadores modernos encuadra el martirio de Santo Dominguito de Val y el resto de casos similares, en el llamado Libelo de sangre, especie de conspiración literaria de propaganda antisemita, del que también formaría parte el célebre Protocolo de los sabios de Sión. Otros sin embargo, han dado y siguen dando crédito a estas historias. Entre los antiguos valedores de la saga de martirios de infantes, destacan además de Alfonso el Sabio, Thomas de Monmouth, Geoffrey Chaucer (autor de Los Cuentos de Canterbury), y hasta los Reyes Católicos. Entre los modernos y contemporáneos sobresalen Stalin, Hitler y el resto de nazis, así como más recientemente los islamistas radicales, muchos católicos integristas, y una legión de novelistas de éxito. Así que, como a la inmensa mayoría de los habitantes del planeta, el tema no les importa en absoluto, las fuerzas están más o menos equilibradas.


Por mi parte, ni quito ni pongo rey. Parece evidente que toda esa fabulación de judíos comeniños no se sostiene desde un mínimo rigor histórico. Lo que tengo claro es que hay en este mundo más hijos de puta que botellines. En nombre, con excusa, al amparo, con motivo, por causa y como consecuencia de las creencias religiosas (esas que según dicen, son tan sagradas, tan inviolables y tan constitucionales en las democracias) se han declarado más guerras y cometido más crímenes, abusos y tropelías en la faz de la Tierra, que por ninguna otra razón. Cierto que casi siempre tras el móvil religioso se ocultan intereses económicos, sexuales, políticos… En fin, siempre andan detrás del mal las pulsiones más primitivas e inconfesables. Oculto tras la máscara altruista del patriota y del creyente, está permanentemente ese mono dominante que aspira a señorear su territorio de caza y apareamiento. El hombre no es más que un gorila ávido de poder, pasta, pantallas de plasma, plazas de parking, y en suma, de todo lo que empiece por “pe” o por cualquier otra letra del abecedario.



La oportunidad llama una sola vez a nuestra puerta. Las demás veces suelen ser los vecinos. Enrique Jardiel Poncela.



miércoles, 24 de octubre de 2018

RAY BRADBURY, EL PROFETA DE UN INCIERTO FUTURO



Nacido en Waukegan, Illinois, en 1920, Ray Bradbury se trasladó con su familia siendo un muchacho a Los Ángeles, donde transcurrió la mayor parte de su vida hasta su fallecimiento en 2012. De familia humilde, no pudo cursar estudios universitarios, por lo que puede considerarse un autodidacta que se educó en librerías y bibliotecas públicas, a base de leer un sinfín de libros de todo tipo mientras se ganaba la vida vendiendo periódicos. Su colega Isaac Asimov le tuvo siempre por una de las personas más cultas e inteligentes que había conocido. Se casó, tuvo cuatro hijas, y no dejó de escribir hasta su muerte, siendo ya nonagenario. Aunque realizó incursiones (algunas muy notables) en poesía, ensayo y otros géneros, destaca como especialista en ciencia-ficción y fantasía. De hecho, junto a Asimov, Bradbury ha sido el escritor del género más laureado de todos los tiempos. Sus novelas y relatos breves están impregnadas de cierta épica muy particularmente suya. Este sello que podría definirse como bradburiano, contempla un futuro lejano en el que la humanidad vagará por el espacio en busca de una tierra de promisión que está condenada a no encontrar jamás.


Su principal y más célebre novela es la emblemática Fahrenheit 451 (1953), que hace referencia a la temperatura a la que arde el papel, y tras su publicación y sobre todo, tras su adaptación para el cine y la famosa película de Françoise Triffaux, se ha convertido en un símbolo universal de la libertad de imprenta y de pensamiento. Es también la obra favorita de su autor, como lo prueba el hecho de que la eligiera para figurar en su epitafio. En cuanto a sus colecciones de relatos, destacaremos Crónicas marcianas (1950), El hombre ilustrado (1951), Las maquinarias de la alegría (1964) o Cuentos de dinosaurios (1983). Hoy en Biblioteca Bigotini tenemos el placer de ofreceros el enlace para una versión digital de su relato breve Los hombres de la Tierra, un formidable ejemplo de la habilidad narrativa y el talento de Ray Bradbury. Haced clic en la ilustración y listo, a disfrutar con la sugerente fantasía de este maestro del género.

Hay que tener cuidado con los intelectuales que te intentan decir lo que debes y no debes leer. Ray Bradbury.



sábado, 20 de octubre de 2018

¡QUE LE CORTEN LA CABEZA!



Esta era la frase favorita de la irascible Reina de Corazones, personaje que tanto desesperaba en Wonderland a la desesperada Alicia, la inolvidable heroína de Lewis Carroll. A una orden suya las cabezas rodaban como bolas en la bolera, mientras sus descabezados súbditos corrían como pollos sin cabeza huyendo del endemoniado carácter de su soberana estrafalaria y caprichosa. Más cabezas cortadas y más literatura anglosajona. Washington Irving y su Leyenda de Sleepy Hollow, donde un jinete sin cabeza terrorífico, aterrorizaba al pobre Ichabod Crane, asustadizo maestro de escuela, y hasta conseguía despertar a los somnolientos habitantes del Valle Dormido, holandesotes un poco bobos, con la cabeza hueca y el corazón de queso de bola. En la tradición oriental hay también cabezas cortadas. Son innumerables en ese Japón milenario y cruel hasta el infantilismo de los guerreros samurai. Recuerdo una cabeza de Las Mil y Una Noches que era capaz de seguir hablando después de separarse del tronco, para vengarse del tirano que ordenó su ejecución. La decapitación es práctica habitual entre piratas malayos y filipinos. Tanto los de ficción en las novelas de Salgari, como los reales de la Indochina y el Índico contemporáneos.


Los indígenas americanos también eran peritos en el noble arte de la decapitación. Los temibles jívaros de la selva amazónica por un irresistible impulso estético, los aztecas por motivos religiosos, y otros pueblos de Mesoamérica por simple glotonería, lo mismo que muchos africanos y no pocos melanesios. Está plagada la Historia de émulos de Hannibal Lecter con y sin taparrabos, espetando en sus asadores cabezas de viajeros, de misioneros, de sinvergüenzas, de santos y de conquistadores fracasados. Y nadie crea que en la civilizada Europa no cocían habas ni cortaban cabezas. Ahí están los patíbulos ingleses, los rusos, los españoles… ¡Qué decir de los franceses y su guillotina! ¡Mon Dieu! En los años gloriosos del amanecer revolucionario no dieron los canasteros abasto a fabricar cestas que recogieran tantas testas. Unas empelucadas, otras ilustradas, muchas insignes, y hasta algunas coronadas, entraban en la canasta con más garbo que si las hubiera lanzado el mismísimo Pau Gasol.


En Aragón y en Zaragoza podemos presumir de tener uno de los casos de decapitación con prodigio incluido, más notables que se conocen. Se trata ni más ni menos que de San Lamberto, mártir zaragozano y genuinamente baturro. De su historia existen dos versiones diferentes.

La primera se data en la frontera entre los siglos III y IV, durante la dominación romana, y concretamente bajo la prefectura de Daciano, que al parecer era un ferocísimo perseguidor de cristianos. No hay más que ver su extenso currículum de ejecutor. En Barcelona se cargó a Santa Eulalia, al obispo Severo, a San Félix Africano y al bueno de San Cucufate, que a buen seguro no pudo hacer mal alguno con ese nombre tan simpático. En Gerona acabó con la vida del obispo Poncio, de Santa Aquilina, de San Víctor diácono y San Narciso. A su paso por Zaragoza martirizó a Santa Engracia y a sus dieciocho compañeras. En Alcalá hizo ejecutar a los santos Justo y Pastor. En Toledo a Santa Leocadia. A través de su esbirro Calfurniano, asesinó en Mérida a San Verísimo y a las mártires Máxima y Julia; y en Ávila a Vicente, Sabina y Cristeta. En Córdoba se encargó personalmente de San Zoilo y sus diecinueve compañeros de martirio, y finalmente despachó a San Vicente en Valencia. Añadiendo San Lamberto a su historial, yo cuento cincuenta y ocho muescas en la culata. Esto que se sepa.

Bueno, pues al grano. Según esta primera versión, Lamberto sería un ciudadano hispanorromano de alta alcurnia, que había servido en las legiones y poseía tierras y riquezas. Habría ocupado altas magistraturas y hasta se dice que llegó a acariciar el mando supremo del poder político en las Hispanias. El caso es que se hizo cristiano, y cayó en desgracia. Naturalmente se negó en redondo a abjurar de su fe, con lo que el sanguinario Daciano halló excusa para darle matarile. Como ostentaba la ciudadanía romana no lo podían crucificar, así que lo condenaron a morir decapitado. La turba que se congregó a su alrededor le hizo objeto de las más crueles execraciones y burlas (esto del choteo público también es un clásico en cualquier martirologio que se precie). A la vez que proferían las más horribles blasfemias, le gritarían cosas del estilo de: ¿dónde está tu Dios, que no viene a salvarte? Y es que la sociedad hispanorromana estaba muy dividida con esto del paganismo y el cristianismo. ¡Menos mal que aun no existía el fútbol, porque aquí no habría quedado ni el apuntador!

A todo esto, Lamberto seguía firme en su fe y confortado como estaba por la Gracia Santificante, devolvía sonrisas por injurias y su pecho no albergaba otra cosa que compasión por sus despiadados perseguidores. Mártir y aragonés por añadidura, seguía siempre en sus trece, impertérrito y resuelto al sacrificio a ejemplo del Redentor. Rezó Lamberto sus oraciones, dio Daciano la orden al verdugo y ¡zas!, rodó la cabeza del mártir hasta separarse doce pies del resto de su cuerpo. Aplausos y vítores de la chusma excitada por la visión de la sangre. Y acto seguido el milagro: Lamberto descabezado se levanta de un salto con prodigiosa agilidad, toma su cabeza en las manos, le ordena un poco los pelos, se la pone bajo el sobaco, y montado en su jaca jerezana, galopa hasta Cesaraugusta y allí se entierra con Santa Engracia y con las demás víctimas sin ayuda de nadie, en plan self-service. A la chusma se le debió helar la risa en la boca, y lo que más llama la atención es que después de contemplar con sus propios ojos el poder del Dios de los cristianos, Daciano no cambiara de conducta, y siguiera martirizando discípulos de Cristo por las Hispanias como si nada. El tío debía ser el mismo demonio encarnado en prefecto.


La segunda versión nos sitúa unos siglos más tarde, en el medievo y en tiempo de moros. Parece algo más verosímil porque el nombre de Lamberto, claramente germánico, se ajustaría más a esa época que a la de la romanidad (repase el lector los nombres de mártires que se citaban más arriba, todos latinos, y verá que el de nuestro héroe no encajaba ni con calzador). En tiempos de moros pues, situaremos a Lamberto, un labrador cristiano, émulo aragonés del San Isidro de los madriles. Su amo, un morazo más malo que la quina, se empeñó en que Lamberto renegara de Cristo y abrazara el Islam. Lamberto, sabiendo a lo que se exponía, siguió firme en su fe sin reblar ni una pizca, haciendo oídos sordos tanto a las amenazas del moro, como a los consejos de sus amigos (¡vamos hombre, a ti qué más te da!, le decían…). Un día el moro se hartó y le dijo: te vas a enterar, chaval. Luego mandó llamar al clásico esclavo del alfanje, un negro con pinta de pívot de la NBA, pero en más rústico y más bestia, y como la Reina de Corazones, sentenció: ¡que le corten la cabeza! Dicho y hecho. El increíble Hulk empuñó la cimitarra como la Sarapova para un revés a dos manos, y arreó a Lamberto un tajo formidable que le decapitó bastante. O sea, del todo, vaya.

¿Qué sentirá alguien sin cabeza? Nadie lo sabe (o quizá sólo Jesulín de Ubrique). Por lo que sea, a Lamberto no debió agradarle mucho, así que ni corto ni perezoso, la recuperó del suelo y con ella en la mano se marchó caminando (en esta versión, siendo un labrador pobre, no le pega montar a caballo) desde el lugar de su martirio, en las afueras de Zaragoza (actual camino de Miralbueno-Garrapinillos) hasta el sepulcro de Santa Engracia y los innumerables mártires (en esto coinciden las versiones). Cinco o seis kilómetros, que entonces serían millas o leguas o vete a saber, pero que en cualquier caso, es una buena caminata hasta para un grupo de jubiladas del Picarral. Fíjate tú lo que sería para un recién decapitado con la cabeza en la mano, el cuello chorreando sangre como un aspersor y poniéndolo todo perdido.

Pero los prodigios no terminaron ahí. En 1522 el cardenal Adriano de Utrech, preceptor del emperador Carlos y mandamás religioso de la Europa de entonces, fue nombrado Papa de Roma (el último no italiano hasta Karol Wojtyla). El nombramiento (que estaba cantado porque su discípulo tenía algunas influencias) le pilló en Vitoria, así que siguiendo el curso del Ebro, viajó hasta Tortosa para embarcarse hacia Roma. A su paso por Zaragoza visitó la cripta de las Santas Masas (Santa Engracia), y los jurados de la ciudad quisieron agasajarle obsequiándole una parte del cráneo de San Lamberto. Sabían que a Adriano VI le haría mucha ilusión, porque era grandísimo devoto de un santo del mismo nombre oriundo de su tierra de Flandes. Cuenta la crónica que al abrir la urna funeraria y remover los restos, comenzó a manar de ellos abundantísima sangre, tan roja y fresca que parecía recién vertida. Llenaron con aquel bendito licor varias ampollas grandes. Una llevó con él a Roma el pontífice, y otra se conservó en Zaragoza hasta que la cripta primitiva fue destruida en 1808, siendo una de las más lamentables pérdidas del primer asedio de la ciudad por las tropas napoleónicas.

San Lamberto ocupa en los cielos un lugar de honor entre los santos mártires. Dicen que suele estar muy cerca de San Sebastián (concretamente en Rentería), aunque como el hombre es un poco distraído, a veces se equivoca de sitio, y se pone con Santa Úrsula y sus compañeras. Ellas le reprenden suavemente, y él se justifica: perdonad chicas, es que no sé donde tengo la cabeza.


-¿Cómo quedaste en el campeonato de tiro para disléxicos?
-Fui certero.
-Entonces, ¿quedaste el primero?
-No, fui certero, entre el gesundo y el tuarco.