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lunes, 12 de diciembre de 2016

EL ARTE DEL BIEN MORIR. ESCATOLOGÍA BAJOMEDIEVAL


Ars Moriendi es el texto de autor anónimo que hoy os ofrece Biblioteca Bigotini.
En nuestra época contemporánea, prácticamente desde finales del siglo XVIII, la búsqueda de la felicidad es uno de los objetivos, diríamos que el principal, de la existencia humana. Como somos producto de nuestro tiempo, esto nos parece de lo más natural, sin embargo, no siempre fue así. En épocas pretéritas, en que las condiciones de vida eran mucho más duras que las actuales, cuando no manifiestamente horribles, el sentimiento religioso estaba mucho más arraigado en la conciencia de nuestros antepasados. La vida se contemplaba como un tránsito, un camino hacia la muerte. Un camino a la vida eterna para los creyentes que en las sociedades antiguas constituían abrumadora mayoría. Téngase en cuenta, que a falta de las certezas científicas que ahora poseemos, la religión no solo era consuelo espiritual, sino en buena medida, alimento del intelecto. A falta de respuestas racionales, la fe satisfacía las eternas preguntas que se ha planteado el hombre desde que adquirió capacidad de raciocinio.


El cielo era la recompensa de los buenos, mientras que los malos estaban condenados al fuego eterno. Ante semejante perspectiva, morir santamente constituía para el cristiano un asunto de vital importancia. ¿Basta el arrepentimiento en el lecho de muerte para hacerse acreedor a la bienaventuranza? Los teólogos discutían este punto con gran vehemencia. Y es que la cosa no es nada sencilla. Por una parte está la infinita misericordia del Padre: hay mayor fiesta en el cielo por un pecador arrepentido, que por cien justos, nos asegura la narración evangélica. Por otra parte, como apuntaban con acierto muchos reformadores y no pocos papistas, llevar una vida disipada y pecadora para arrepentirse en el último instante, es jugar sucio. La parábola del hijo pródigo no puede servir de coartada a una legión de caraduras entregados al servicio del diablo durante toda su existencia, que han planeado abandonar el lado oscuro al rendir su último aliento… Luego están los matices ¿El arrepentimiento es sincero? ¿Cómo se mide el grado de sinceridad? En fin, ya veis que no es asunto baladí ni fácil de juzgar. La obra que os presentamos fue en cierta forma la respuesta de la Iglesia a las inquietudes que la terrible peste negra causaba entre los cristianos. Es en esencia, una guía para prepararse a morir, un manual si se quiere, el GPS protorenacentista que conduce al creyente hasta el Paraíso.


Los textos latinos que componen este Ars Moriendi fueron escritos probablemente entre 1415 y 1450, y se dividen en seis capítulos. Los expertos atribuyen la primera paternidad de la obra a un fraile dominico anónimo, al parecer por encargo del Concilio de Constanza, celebrado en esa ciudad alemana en 1414 y los años siguientes. Conviene situar la obra en su contexto histórico: la Europa cristiana de principios del siglo XV, con la peste negra diezmando a los habitantes de las ciudades. Su mayor difusión coincide con los primeros trabajos de imprenta realizados con tipos móviles, a fines de aquella centuria. De esta primera versión se hicieron cien ediciones, sobre todo en su Alemania natal, aunque donde alcanzó quizá mayor popularidad fue en Inglaterra. En las islas fue todo un best seller hasta bien entrado el XVII. Se conservan cerca de trescientos ejemplares manuscritos, de los cuales sólo uno está ilustrado (iluminado es el término que solía usarse).

Una versión más reducida, que se centra en el segundo capítulo y resume las cinco grandes tentaciones que asaltan al moribundo, a saber: falta de fe, desesperación, impaciencia, orgullo y codicia, fue escrita hacia 1450 y vio la luz diez años después en los Países Bajos. Contiene once primorosos grabados, alguno de los cuales reproducimos aquí. De esta segunda versión existen seis manuscritos y más de veinte ediciones impresas mediante la primitiva xilografía que precedió a la imprenta de Gutemberg. El Ars Moriendi engendró una rica tradición literaria que se prolongó hasta el Renacimiento y el Barroco, con contenidos cada vez más matizados, complejos e interesantes. Incluso resucitó durante el Romanticismo, movimiento proclive a todo lo macabro y tenebroso que procediera de los oscuros tiempos medievales.

Biblioteca Bigotini se complace en ofrecer a sus fieles lectores un magnífico resumen digital, según una breve guía editada en fecha tan tardía como el siglo XVIII. Haced clic en la ilustración para acceder a este Arte de bien morir y breve confessionario que sometemos a vuestro juicio. Bon profit y cuidadito...

Quien pretenda hallar el Cielo en la Tierra es que se durmió en clase de geografía.



miércoles, 7 de diciembre de 2016

LA BALADA DEL SOLITARIO


Me presentó a su hija recién divorciada
Solo. Más vale solo que mal acompañado. El buey suelto bien se lame… Refranes, perlas de la sabiduría popular o fenomenales estupideces, ¿quién sabe? Hay tipos que, como los mellizos, quieren compañía ya desde el útero materno. Sin embargo otros nacemos y morimos solos, ¡qué le vamos a hacer!
A menudo recuerdo a Pat O’Rally. Fuimos compañeros en mi época de poli. Era un irlandés pelirrojo y jovial que no soportaba la soledad. Lo volví a encontrar la temporada que trabajé en San Diego. Yo tenía entonces una bonita oficina en el centro, y por alguna razón que no acierto a comprender, me llovían los asuntos. Comía caliente, dormía mullido, siempre llevaba cien pavos en el bolsillo, y no me faltaba compañía si sabía buscarla en el sitio adecuado. Debía tener tan buen aspecto que hasta el coronel Wallace, un pez gordo de la industria pesquera, me presentó a su hija recién divorciada con intención de pescarme. La carnada era tentadora, pero no mordí el anzuelo. En definitiva, no me iba del todo mal.

-Parece que no te va del todo mal, muchacho, me dijo el bueno de Pat.
-No lo creas, mentí, todo es apariencia, amigo. Sigo bebiendo bourbon barato, y este traje de cincuenta dólares se lo quité a un cadáver.
-Podríamos asociarnos tú y yo, ¿sabes?, siguió. Convirtiéndome en sabueso de alquiler podría perder al fin de vista a mi adorado teniente. ¿Qué me dices?
-Mira Patrick, ya sabes que yo te quiero, pero nuestro amor es imposible.
-Si no quieres un socio, insistió, necesitas al menos un ayudante. Al hermano de mi mujer, como es medio idiota, podrías emplearle a media jornada. Te serviría para hacer los recados por veinte miserables pavos semanales.
-Estaría dispuesto a darle quinientos si se dejara dar una paliza cada sábado.
-¿Para qué querrías pegar a ese pobre chico?
-Para que me devolviera los quinientos, naturalmente…
Pat y yo lo pasábamos bien juntos.

me mostró el cuerpo tendido al pie de la escalera
-Qué bien lo pasamos juntos, muchacho, me dijo otro día. A propósito, un tipo relacionado con la CIA me ha ofrecido trabajo como mercenario en África. Tú y yo podríamos sacar una pasta eliminando negros comunistas en el Congo. Pagan bien, ¿sabes?
-Ya me gano aquí la vida, Pat. No necesito ir por ahí matando a nadie por dinero.
-No se trata de dinero, protestó, es por la patria, chico, por América. Recuerda Pearl Harbor, recuerda Corea. Si no defendemos nuestro país, esos jodidos comunistas se nos comerán crudos. Si no luchamos ahora en el Congo, en Cuba o en Vietnam, el año próximo tendremos que luchar aquí mismo, defendiendo a nuestras mujeres y nuestros hijos. Piensa en el pavo en el horno, en las barras, las estrellas y todo eso…
-Mira Pat, le dije, voy a darte malas noticias: Santa Claus no existe, y Mickey Mouse no es más que un dibujo.
-No tienes corazón, chico, concluyó.
El día siguiente me telefoneó. Alguien se había cargado a la viuda Lennox. Se suponía que yo debía protegerla. Cuando me mostró el cuerpo tendido al pie de la escalera, volví a paladear el amargo sabor del fracaso. Me sentí como la enfermera que aparece con la jeringuilla preparada en pleno funeral.
-Son cosas que pasan, chico, trató de consolarme el bueno de Pat.

supongo que por eso sigo solo
-Son cosas que pasan, me dijo casi sollozando una semana más tarde, aquel teniente cascarrabias del que tanto solía quejarse Pat. Patrick Angus O’Rally murió en acto de servicio, tratando de detener a un ratero en el callejón más inmundo de la ciudad. Esa misma tarde fui a ver a Nora, su viuda. Lloró un rato en mis brazos y me dio su viejo guante de béisbol.
-Él hubiera querido que lo tuvieras tú, explicó sencillamente.
Vivía en una casita con jardín. Debí haber ido inmediatamente a ver a aquel tipo de la CIA que conocía Pat. Matando comunistas por ahí, quizá evitaría que el año próximo se plantaran aquí, en la casita con jardín de Nora. Pero, en fin, como dijo Pat, no tengo corazón. Supongo que por eso sigo solo...

Matar es una estupidez. Nunca debe hacerse nada que no se pueda comentar en la sobremesa. Oscar Wilde.



lunes, 5 de diciembre de 2016

IBN AL-QUFF. EL DESPERTAR DE LA CIRUGÍA


Nacido en 1233 en Al Karak, actualmente en Jordania, Amin ad-Daula Abu I Faraq ibn Yaqub ibn Ishaq Ibn Al-Quff Al-Karaki, abreviadamente conocido como Ibn Al-Quff, fue el hijo de un cristiano árabe que se trasladó a Siria con su familia. El joven Ibn Al-Quff se inició allí en el estudio de la medicina de la mano de su tutor Ibn Abi Usaybi. En Damasco amplió sus conocimientos con el estudio de metafísica, filosofía, ciencias naturales y matemáticas. Trabajando en las biografías de los grandes médicos de la antigüedad, se interesó vivamente por la anatomía, practicó disecciones y abogó por el ejercicio conjunto de la medicina y la cirugía, materia en la que podemos considerarle un auténtico pionero. Famoso en Damasco por su generosidad, estableció allí un hospital de beneficencia donde atendía a los más necesitados. Nombrado cirujano de sus tropas por el califa, Ibn Al-Quff tuvo oportunidad de practicar la cirugía a los soldados heridos, con lo que amplió considerablemente su experiencia y adquirió gran reputación. Atendió con idéntico celo a los prisioneros de guerra, así que muy pronto se extendió su fama de gran cirujano y hombre compasivo entre los cristianos.


Entre la obra que ha podido conservarse destacan un Tratado de anatomía quirúrgica, donde se describen gran variedad de tumores, su Enciclopedia médica, otro tratado sobre Medicina preventiva en 60 capítulos, y sus Comentarios a Hipócrates y Avicena. Lo más sobresaliente de su legado científico, aparte de la citada descripción y clasificación de los tumores, hay que buscarlo en anatomía circulatoria, con su detallado análisis de los vasos capilares y del funcionamiento de las válvulas cardiacas. Ibn Al-Quff fue también un pionero en el campo de la oftalmología, especialidad de la que puede considerarse fundador. Falleció en Damasco en 1286 cuando aun no había cumplido cincuenta y tres años. En Bigotini queremos honrar su memoria y reservar un sitio de honor entre nuestros protagonistas de la ciencia, a este gran médico y cirujano musulmán, que a su condición de científico insigne unió la de hombre de bien.

La patria no es lo que hicimos ayer, sino lo que vamos a hacer mañana todos juntos.



jueves, 1 de diciembre de 2016

TAPADAS EN LA ESPAÑA DE LOS AUSTRIAS


En plena polémica sobre el uso en Occidente del burka y otras prendas de la tradición islámica, merece la pena echar la vista atrás y recordar la vieja tradición de las tapadas en la España de los siglos XVI al XVIII. Un gran manto o velo oscuro cubriendo el rostro, fue costumbre muy arraigada entre las mujeres. El manto o tapado fue prenda inspirada en los atuendos de judías y musulmanas, quenes pudieron introducir su uso en España. La moda, si puede llamarse así, surgió en el XVI probablemente con la primitiva finalidad de extremar el recato femenino. Era aquella una sociedad sumida en un cristianismo integrista y contrarreformista, por otra parte bastante equiparable a la radicalización que hoy día sufren muchos sectores del mundo islámico. Ese fue seguramente el origen, pero con el tiempo, el fenómeno de las tapadas trascendió lo meramente religioso, para derivar en ciertos excesos que recogen la historiografía y la literatura.

El historiador madrileño Antonio de León Pinelo escribía: las tapadas se exponen a que les pierdan el respeto los hombres y aun las mismas mujeres, por no conocerlas y no diferenciarse en el traje las buenas de las malas. Con que se persuade cada uno que puede llegar libremente a hablar y aun a manosear a cualquiera que, a estar descubierta no osara. Tampoco pasó desapercibido el fenómeno para quienes nos visitaban. Sirva como muestra este comentario del consejero francés Bertaud, que estuvo en España en el tiempo de Carlos I: no enseñan sino un ojo y van buscando y provocando a los hombres con tanta desfachatez, que tienen a afrenta cuando no se quiere ir más lejos de la conversación.

Así es. El manto sirvió a muchas de pretexto para ir y venir amparadas en el anonimato que proporcionaba el atuendo, en una sociedad en que las mujeres, y muy particularmente las damas de calidad, debían permanecer obligatoriamente en sus casas. Hasta la aparición de los mantos, ventanas y balcones eran los únicos enlaces femeninos con el mundo exterior. Los áticos con galerías corridas, llamadas galería aragonesa, remataban los palacios del reino de Aragón desde tiempos renacentistas. La galerías eran dominios exclusivos de las mujeres de la casa, que habitaban en ellas como en pequeños serrallos. En los núcleos rurales las campesinas gozaban de mayor libertad, pero en las ciudades sólo las criadas, las alcahuetas y las rameras andaban por las calles sin acompañamiento. Paradójicamente, el manto, nacido como un instrumento de virtud, lo cambió todo. El manto o tapado permitía a las altas damas buscar aventuras en el Madrid de los Austrias, paseando por el Prado, la calle Mayor o las orillas del Manzanares, bajo la simple apariencia de sirvientas, escribe Asunción Domenech. Cabe añadir que también permitía a algunos hombres disfrazarse de mujeres para poder tener acceso a sus seducidas.

Cuenta Pellicer en sus Avisos que el hijo de un canónigo de Valladolid fue muerto en Alcalá por un marido celoso que lo encontró disfrazado de mujer junto a su esposa. Y naturalmente, estos casos reales sirvieron de inspiración a multitud de lances teatrales en las comedias de Lope o de Calderón. En alguna escena el galante caballero auxiliaba a una dama tapada que estaba siendo acosada, sin sospechar que aquella dama era su propia esposa que marchaba al encuentro de su amante. Y es que en la sociedad española de la época primaba la hipocresía. Los hombres gobernaban el mundo con dominio absoluto, siendo las mujeres personas de segunda clase. Sigue diciendo Domenech: Las jóvenes y las damas honestas vivían bajo la custodia de severos guardianes, esposos, padres, hermanos, quienes para defender su honor las encerraban tras cancelas y celosías o las hacían acompañar en sus salidas por escuderos y dueñas. Tanta suspicacia tuvo el efecto de apartar a las mujeres del mundo real, relegándolas a una especie de mundo virtual sólo para ellas. Allí, en ese mundo aparte, ajenas a todo cuanto sucedía fuera de su zona de murmuración, vivían su particular existencia de infantilismo perpetuo entre rezos, labores, galanteos ocultos... Alguno de esos galanteos y escarceos sexuales se producía con clérigos y confesores, únicos varones que gozaban de alguna libertad para acceder a ellas.

Hipocresía. La salvaguarda del honor no se cimentaba en que no se cometiera la falta, sino en que la falta no fuera conocida. Partiendo de semejante trampa moral, hombres y mujeres procuraban los medios para dar rienda suelta a sus pasiones, siempre que sus correrías permanecieran ocultas. Mucho cerrojo y mucha celosía, pero los hospicios no daban abasto para albergar los hijos no deseados. El manto, el tapado, fue un instrumento útil para burlar impunemente las imposiciones sociales. También los hombres se ocultaban, no sólo disfrazados de dama bajo el manto, sino mediante capas, chambergos y embozos diversos. En 1590 una Pragmática de Felipe II impuso a las tapadas multas de hasta 3.000 maravedíes. También se legisló en este sentido durante los reinados de Felipe III, Felipe IV y Carlos II, pero sirvió de muy poco. La costumbre perduró en España hasta Carlos III que en 1770 la suprimió definitivamente, no sin gran resistencia popular.

El Siglo de las Luces y el XIX trajeron aires nuevos. En le nouveau régime, sobre todo a partir de la Revolución Francesa y la Declaración de los Derechos del Hombre, el individuo, el ciudadano, hombre o mujer, no sólo fue sujeto de derechos, sino de obligaciones y responsable de sus actos a título personal. Se acabó el anonimato y se acabaron los tapados. Curiosamente la costumbre de las tapadas perduró como herencia española hasta principios del siglo XX en el Perú. Las tapadas limeñas, pues así se las conocía, fueron toda una institución nacional. De las últimas damas que conservaron el atuendo existen fotografías que dan testimonio del fenómeno.

El sexo sin amor es una experiencia vacía, pero como experiencia vacía es una de las mejores. Woody Allen.



lunes, 28 de noviembre de 2016

LOS HERMANOS MARX Y EL HUMOR TOTAL




Camarero, hoy no tengo tiempo para almorzar, traígame sólo la cuenta. Este era el humor de los Marx, una familia de judíos procedentes de Alemania, que se afincaron en Brooklyn a principios del siglo XX. Los cinco hermanos se criaron en la calle. Chico, que aprendió a imitar el acento de los emigrantes italianos, era el rey de los billares, unos eran buenos instrumentistas, otros medianos bailarines, y todos canturreaban con cierta gracia. El padre de familia era un sastre judío al que casi ningún cliente terminaba de pagar los trajes. Los genes artísticos provenían de la madre, que cuando no eran más que adolescentes, formó con ellos y una tía, un grupo humorístico-musical que hacía sus numeritos en locales de vodevil de ínfima categoría. Ese fue el ambiente en que comenzaron. Apenas ganaban el dinero justo para comer, y si algo sobraba, se lo gastaban en las timbas de juego o en los burdeles: recuerdo perfectamente la primera vez que hice el amor, todavía conservo el recibo, escribió Groucho en sus delirantes memorias. Luego llegó el salto a los escenarios de Broadway, sus exitosas comedias musicales y por fin Hollywood. Gummo fue el primero de los hermanos que cayó de los carteles, Zeppo, un galán regularcillo, aguantó unas pocas películas... Finalmente quedaron los tres Marx conocidos del público, Groucho, Chico y Harpo.
¿Qué puede decirse de estos geniales comediantes que no se haya dicho ya? Presentaron ante el mundo un humor surealista liderado por Groucho, un auténtico genio de la escena. Su éxito en realidad no tiene ningún secreto. La mayor parte de las veces se limitaron a filmar las comedias que ya habían triunfado en el teatro. Al profe Bigotini le gustan todas sus películas, aunque debemos reconocer que su calidad cinematográfica fue algo desigual. Frente a grandes filmes como Una noche en la ópera o Sopa de Ganso, hubo otras mucho menos logradas. Hoy os proponemos visionar la versión castellana de Amor en conserva, que a pesar de ser una de las más flojas, cuenta con varios alicientes, entre ellos el debut cinematográfico de una jovencísima y bellísima Marilyn Monroe. El pícaro Groucho ya le había echado el ojo y pronosticado que iba a convertirse en una gran estrella. Haced clic en la carátula, y pasad un buen rato con el humor inimitable de los Marx. Que aproveche.

Próxima entrega: Sam Wood



jueves, 24 de noviembre de 2016

PRIMERA LEY DE LA TERMODINÁMICA



Publicado en nuestro anterior blog el 23 de agosto de 2012


James Joule
La energía ni se crea ni se destruye, sólo se transforma”. Esta es la fórmula un poco simplista, con la que a menudo se enuncia la primera ley de la termodinámica, o principio de conservación de la energía. Aunque el embrión de la idea estaba ya en Aristóteles, el origen científico del principio debe adjudicarse al físico James Joule, que en 1843 demostró que la energía gravitatoria que va perdiendo un cuerpo al caer y que provoca el movimiento de una rueda hidráulica, es igual a la energía térmica que gana el agua producida por la fricción de las palas de la rueda.

En otros términos: la energía de los cuerpos que interactúan entre sí en un sistema aislado puede cambiar de forma (de hecho lo hace continuamente), pero permanece siempre constante. Las formas que adopta la energía son diversas: potencial (la almacenada en los cuerpos), cinética (la del movimiento), química o calorífica… La energía potencial de la piedra se transforma en cinética cuando cae; la energía química de la batería se transforma en cinética en el motor; cuando la flecha se incrusta en la diana, su energía cinética se transforma en calor… Una forma algo más complicada pero bastante exacta de enunciar el principio es la siguiente: el aumento de la energía interna de un sistema debido al calentamiento es igual a la diferencia entre la cantidad de energía suministrada en forma de calor y el trabajo efectuado por el sistema en su entorno.


La divulgadora científica Natalie Angier escribe: “la ley de conservación de la energía ofrece algo a lo que agarrarse durante esos momentos nocturnos de terror silencioso en los que pensamos en la muerte y el olvido. La energía que hay en nuestros átomos y en los enlaces que los unen, no se destruirá. La masa y la energía de las que estamos hechos cambiarán de forma y de ubicación pero se quedarán aquí, en este bucle de vida y luz, en esta fiesta permanente que comenzó con un Bang”. ¿Hay una forma más grandiosa de inmortalidad? Una vez más, amigos, la verdad científica, la realidad física, supera con creces a las absurdas supersticiones.



Los científicos se esfuerzan por hacer posible lo imposible. Los políticos por hacer lo posible imposible.  Enrique Jardiel Poncela.



martes, 22 de noviembre de 2016

JACINTO BENAVENTE. CONTRADICCIONES Y CONTROVERSIAS


Jacinto Benavente nació en Madrid en 1866. Hijo de un afamado y acaudalado médico de la capital, recibió a la muerte de su padre una cuantiosa herencia. Abandonó los estudios de derecho que había iniciado, para dedicar su tiempo a la literatura y los viajes. Viajó por Francia y sobre todo muy extensamente por Rusia, país por el que sintió siempre una especial atracción. El joven Benavente ya apunta en su carácter las contradicciones que van a definir su personalidad. Era manifiestamente homosexual, aunque nunca llegó a reconocerlo abiertamente, y sin embargo durante su estancia en Rusia se enamoró perdidamente de la Bella Geraldine, una trapecista inglesa que actuaba en el circo que dirigía el propio Benavente. Si hay que creer a algún biógrafo, en esa etapa no solo fue empresario circense, sino que llegó a trabajar bajo la carpa como jefe de pista. Hay que reconocer que su peculiar fisonomía encajaba en la chistera, la levita y las botas de montar que son atributos del oficio.

De regreso en España, Benavente estrenó su primera obra, El nido ajeno, en 1894, con escaso éxito, lo mismo que las piezas que le siguieron. No por eso se arredró, es más, poco más tarde, en 1899, fundó en Madrid el Teatro Artístico, aportando él el dinero y asociándose con Valle Inclán en su dirección. Se trataba de un experimento teatral vanguardista de intención regeneracionista, como correspondía a la Generación del 98. Acudía regularmente con su socio a la tertulia del Café de Madrid, hasta que un día discutieron acaloradamente, llegando incluso a las manos. Ramón del Valle Inclán cobró desde entonces un odio feroz a “ese maricón”, y Benavente formó su propia tertulia en la Cervecería Inglesa.

Pasada aquella primera etapa, el éxito de Benavente fue ya imparable, y lo acompañó siempre hasta el fin de sus días. Sus obras La noche del sábado, Rosas de otoño y sobre todo, Los intereses creados, estrenada en 1907, y considerada su obra maestra, le granjearon el favor del público (lo sacaban del teatro en hombros, como a los toreros de postín) y de críticos tan exigentes como José Ortega y Gasset o Miguel de Unamuno. Probablemente no ha existido un autor teatral tan celebrado y galardonado en vida: en 1912 ingresó en la Real Academia, en 1918 ocupó un escaño en el Congreso de los Diputados, en 1922 recibió el Nobel de Literatura. Fue nombrado hijo predilecto de Madrid y adoptivo de Nueva York, donde dirigió su propia compañía teatral. Viajó después a Egipto, Palestina y otra vez a Rusia, donde fue acogido como un héroe literario por el régimen bolchevique.


Benavente era especialista en caer siempre de pie. Fue considerado una figura intelectual durante la República. Durante la Guerra Civil, pasó primero a Barcelona y más tarde a Valencia, donde recibió numerosos homenajes. Terminada la contienda, el régimen franquista censuró sus obras durante un breve periodo, pues a su condición de rojo unía la de homosexual. Además, y para acabarla de arreglar, Benavente había sido en 1933 cofundador de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. Pues bien, en los meses posteriores al triunfo de Franco, desplegó una febril actividad conciliadora, manifestando de mil maneras su adhesión al régimen. Asistía a desfiles, participaba en manifestaciones profranquistas, y llegó a levantar el brazo con tanto ímpetu que se provocó una severa tendinitis en el hombro derecho. El caso es que en 1947 era ya un autor nacional, y en el 48 fue nombrado presidente honorario de la Asociación de Escritores y Artistas Españoles. Ahí queda eso.


Además de las ya citadas, destacan entre las casi doscientas obras teatrales que estrenó: Señora ama, La Malquerida, La ciudad alegre y confiada, Campo de armiño, Vidas cruzadas o La Infanzona. Todas ellas y muchas más constituyeron éxitos clamorosos. Fueron interpretadas en sus estrenos por los mejores actores del momento, sobresaliendo las actuaciones de María Guerrero, excelsa actriz por la que el autor manifestó siempre una especial predilección. En cuanto a la consideración que la obra de Benavente ha tenido para los críticos y analistas literarios, habría que distinguir entre el teatro de su primera época, en la que subyace una clara intención crítica hacia la rancia dramaturgia del XIX español, personificada en autores como Echegaray o Tamayo y Baus; y las piezas posteriores, a partir de su éxito popular. Este teatro del Benavente consagrado es en opinión de críticos como Pérez de Ayala, Torrente Ballester o Monleón, mucho más acomodaticio y destinado a satisfacer al público burgués que llenaba los patios de butacas. No niegan, sin embargo, el exquisito dominio de la técnica teatral del que hace gala Benavente. Los tiempos están medidos, los personajes bien dibujados, y las obras en definitiva “funcionan”.

Hoy en Biblioteca Bigotini os ofrecemos la edición digital de Los intereses creados, unánimemente considerada la obra cumbre de Jacinto Benavente. Se estrenó en 1907 en el Teatro Lara de Madrid, encarnando los papeles principales María Guerrero, Fernando Díaz de Mendoza y Emilio Thuillier. Se trata de una pieza a caballo entre la comedia clásica y la sátira. Sus protagonistas son Leandro y Crispín, dos pícaros que llegados a una ciudad italiana del siglo XVII, fingen ser Crispín el criado y Leandro un gran hombre adinerado. La trama urdida por el personaje de Crispín-Arlequín, el verdadero espíritu de la comedia, persigue enamorar a la Colombina, la bella hija del rico Polichinela. Como puede verse, los personajes están tomados de la tradición teatral italiana, la Commedia dell’Arte, arraigada en el carnaval veneciano y trasunto de la propia comedia que es la vida. Haced clic en la portada y deleitaos con la lectura de Los intereses creados, sin duda una de las más importantes piezas de la literatura teatral española de todos los tiempos.

Es tan fea la envidia que siempre anda disfrazada, y nunca es más odiosa que cuando pretende disfrazarse de justicia. Jacinto Benavente.