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martes, 14 de febrero de 2017

JOHANNES KEPLER, EL ASTRÓNOMO CIEGO


Johannes Kepler nació en el ducado alemán de Baden-Wurtemberg el año de 1571. Fue el hijo de un soldado y una curandera. Johannes era un niño de salud frágil. Nació prematuramente, y en su primera infancia contrajo la viruela. La enfermedad le afectó seriamente la vista, que fue muy deficiente durante el resto de su vida. Pues bien, a pesar de ello, Kepler es uno de los astrónomos más importantes de la historia de la ciencia, lo que habla en favor de su gran tesón y espíritu de superación. Desde muy niño destacó en las matemáticas. A los cinco años le fascinó la observación de un cometa, y a los seis ingresó en la escuela latina, donde sobresalió como estudiante brillante. Quedó huérfano de padre siendo muy joven, tuvo que abandonar temporalmente sus estudios para ganarse la vida como jornalero, pero finalmente su gran talento le permitió encontrar protectores para proseguir su formación en la Universidad de Tubinga, donde estudió ética, retórica, dialéctica, griego, hebreo, física y astronomía.

Kepler y Brahe
Conseguido el doctorado, Kepler ejerció como profesor de matemáticas en Graz, donde publicó sus primeros almanaques, declarándose desde sus comienzos un convencido partidario del sistema heliocéntrico, en contra del geocentrismo entonces imperante. Por su condición de luterano se vio obligado a abandonar Austria, exiliándose en Praga, donde colaboró estrechamente con Tycho Brahe. A la muerte de este, Kepler le sustituyó como consejero del emperador Rodolfo II. En el plano privado, nuestro hombre no perdió el tiempo, pues aunque de algunos testimonios se desprende que no tenía demasiadas simpatías por las mujeres, se casó dos veces y tuvo una docena de hijos con sus dos esposas. En 1615 otra complicación familiar vino a turbar su labor científica, pues tuvo que hacerse cargo de la defensa de su madre acusada de brujería. El cargo en esos tiempos no era ninguna tontería, pues las hogueras se encendían por doquier. El proceso duró seis largos años, y aunque finalmente su madre fue liberada, murió a los pocos meses debilitada por su prolongado encarcelamiento.


Kepler volvió a encontrar mecenas en la persona de Albrecht von Wallenstein, figura clave de la política europea durante la Guerra de los Treinta Años. Los frecuentes cambios de bando de su protector le obligaron a sufrir diversos vaivenes y mudanzas en el último periodo de su vida, que concluyó en Regensbourg (Ratisbona) a la edad de 58 años. Dos años después las tropas suecas saquearon la ciudad y hasta la misma tumba del científico, perdiéndose sus trabajos hasta que más de un siglo después, en 1773, fueron recuperados por Catalina la Grande. Actualmente se conservan en el Observatorio de Pulkovo en San Petersburgo.

En materia astronómica el más importante legado de Johannes Kepler es sin duda la formulación de sus tres leyes sobre el movimiento de los planetas, también llamadas Leyes de Kepler, que se enuncian como sigue:

Primera ley: Los planetas orbitan describiendo elipses alrededor del Sol, estando éste situado en uno de los dos focos que contiene la elipse.


Segunda ley: Las áreas barridas por los radios de los planetas son proporcionales al tiempo empleado por estos en recorrer el perímetro de dichas áreas.

Tercera ley: El cuadrado de los periodos de la órbita de los planetas es proporcional al cubo de su distancia promedio al Sol.


Esta tercera ley, llamada también ley armónica, permite predecir los movimientos de los astros, pudiendo anunciarse con gran antelación y exactitud fenómenos tales como los eclipses.
Por si todos estos méritos fueran pocos, Johannes Kepler añade a su brillante trayectoria la guinda de ser el primer ser humano que observó una supernova, lo cual no es moco de pavo sobre todo para un tipo medio ciego como él. Desde aquí nuestro modesto tributo de admiración.

Estoy convencido de que en un principio Dios hizo un mundo distinto para cada hombre, y que es en ese mundo, que está dentro de nosotros mismos, donde deberíamos intentar vivir. Oscar Wilde.



sábado, 11 de febrero de 2017

VERA RUBIN. NO SE ADMITEN MUJERES


Tras el enorme hallazgo del big Bang, quedó establecido que nuestro universo tuvo un principio. La pregunta que surgió inmediatamente fue: ¿cómo terminará? A partir del gran desarrollo de la cosmología en los años setenta, fue haciéndose patente que en el universo había mucho más de lo que puede verse a simple vista. A esta conclusión se llegó mediante la observación de los grandes cúmulos de gas y agrupaciones de galaxias en el límite del alcance de los telescopios. Y quien realizó una mayor contribución a tales observaciones fue sin duda la astrónoma estadounidense Vera Rubin, a la que desde nuestro modesto foro queremos reconocer precisamente este 11 de febrero en que se conmemora el día de la mujer científica (www.11defebrero.org).

Su condición femenina hizo que Vera no tuviera las cosas fáciles. Se doctoró en Georgetown asistiendo a las clases nocturnas, mientras su marido, también astrofísico, la esperaba en el coche. Por ser mujer la Universidad de Princeton no la aceptó en su programa de astromía hasta 1975. Era un selecto club en el que no se admitían mujeres. Y fue esta mujer admirable quien se propuso la colosal tarea de medir nada menos que la velocidad de rotación de nuestra galaxia. Mediante la observación de las estrellas y el gas caliente situados a enormes distancias del centro de nuestra galaxia, Vera Rubin descubrió que estas regiones se movían a una velocidad increíblemente superior a la que les corrrespondería si la fuerza gravitacional que impulsaba su movimiento respondiera a la masa de todos los objetos observados. Gracias a su trabajo, los cosmólogos comprendieron con el tiempo que la única forma de explicar este movimiento era que en realidad en nuestra galaxia (y por extensión, en el conjunto del universo) existe mucha más masa que la resultante de la simple suma de las masas de todas las estrellas, el gas y el resto de los objetos. Aun más, la relación entre la masa de la llamada materia oscura y el resto de los objetos visibles y/o detectables, no se limita al simple 2 a 1 que habían predicho los cosmólogos, sino que se sitúa en una increíble pero cierta relación de 10 a 1. Vera Rubin recibió la medalla de oro de la Real Sociedad Astronómica, pero nunca obtuvo el codiciado Nobel con el que fueron premiados la mayoría de sus colegas varones. Y eso a pesar de que estuvo propuesta prácticamente año tras año desde los ochenta. Esta mujer extraordinaria ha fallecido recientemente, el pasado diciembre de 2016, sin obtener en vida el merecido reconocimiento a su gran labor.


En nuestro artículo anterior glosamos la figura de JaneFranklin Mecom, mujer de singular inteligencia cuya condición femenina unida a la difícil época que le toco vivir, hizo que jamás pudiera desarrollar la menor labor científica o investigadora. Reflexionemos ahora sobre Vera Rubin, una mujer de nuestro tiempo en una de las sociedades más avanzadas del mundo desarrollado. A pesar de las evidentes diferencias entre ambas, el resultado sigue siendo parecido, lo que sin duda nos obliga a plantearnos que aun queda un largo camino por recorrer en la senda plagada de obstáculos, de la emancipación femenina.

Detrás de cada gran mujer siempre hay un idiota. John Lenon.



miércoles, 8 de febrero de 2017

JANE FRANKLIN. LO QUE PUDO HABER SIDO Y NO FUE


Como modesta contribución al día de la mujer científica que se celebra este 11 de febrero (www.11defebrero.org), hoy en Bigotini nos proponemos glosar la figura de Jane Franklin, una mujer que no sólo no fue científica, sino que ni siquiera tenía estudios. ¿Por qué entonces, vamos a ocuparnos de ella? Pues aunque parezca extraño, precisamente por eso. Si pasáis más adelante, comprenderéis esta aparente paradoja.

Jane era la hermana menor de Benjamin Franklin. En una extensa familia de diecisiete hermanos, Ben hizo el número quince y Jane el diecisiete, era la más pequeña. No vamos ahora a descubrir la figura egregia de Benjamin Franklin. Fue filósofo, escritor, periodista, editor, impresor, bibliotecario, fundador del primer cuerpo de bomberos de América, gran político (Franklin intervino en la redacción de la Declaración de Independencia y en la de la Constitución de los Estados Unidos), abolicionista, inventor (se le atribuyen el pararrayos, la cocina “económica”, el humidificador, las lentes bifocales, el catéter urinario, el cuentakilómetros, la armónica o las aletas de nadador)... Y por supuesto fue uno de los más eminentes científicos de su generación. A él se deben importantes trabajos sobre la electricidad y las cargas eléctricas, o sobre las corrientes océanicas y su influencia en el clima. Presidió la Sociedad Filosófica estadounidense, y fue miembro de la Royal Society británica y de la Academia de las Ciencias de París. Su rostro aparece en los billetes de cien dólares, y es en definitiva, uno de los principales talentos científicos e intelectuales de todos los tiempos.

Franklin tuvo además el privilegio de disfrutar en vida del reconocimiento a su obra, y hasta del homenaje a su labor científica. Está documentado que en varias ocasiones preguntaron al gran hombre si había conocido a alguien que le superara en inteligencia. A esta pregunta, Benjamin contestaba invariablemente que esa persona era su hermana Jane. En efecto, al parecer durante la primera etapa de sus estudios en Boston, Benjamin compartió con Jane sus dudas y sus inquietudes. Ella, aun siendo seis años menor, era capaz de resolver problemas complejos, y en esos años constituyó un firme apoyo tanto afectivo como intelectual para su hermano...
...Pero Jane Franklin, a diferencia de Ben, era una mujer. Una mujer en pleno siglo XVIII, hija de una familia modesta de aquella América recien nacida. Jane se casó a los quince años. Algún biógrafo de Benjamin apunta que probablemente se casó embarazada. Así parece desprenderse de una carta de Ben a Jane en la que le censuraba cariñosamente su ligereza. Su marido, Edward Mecom, era un emigrante escocés ocho años mayor que ella, mentalmente inestable, que pasó varios periodos de su vida encarcelado a causa de las deudas. Jane Franklin, o Jane Mecom a partir de su matrimonio, no quería a su marido (así lo reconoció en alguna carta a su hermano), y sin embargo, tuvo con él nada menos que doce hijos de los cuales sobrevivió sólo uno, algo desgraciadamente muy común en esa época.

Así que aquí tenéis la razón por la que Jane Franklin Mecom jamás pudo realizar ninguna contribución a la ciencia. Pasó toda su penosa vida ocupada en criar a sus hijos, en lavarles los pañales, alimentarlos, educarlos... y finalmente amortajarlos. Jane debió lavar toneladas de ropa, debió enhornar enormes cantidades de pan, y con su marido en prisión, debió trabajar de sol a sol para sacar adelante a su familia. Con el resto de sus hermanos incluido Ben, repartidos por los más distantes lugares, tuvo también que ocuparse de cuidar a su madre anciana. Sólo en los últimos años de su vida (falleció a los ochenta y dos) pudo disfrutar de alguna tranquilidad, residiendo en la casa que su hermano Benjamin le legó.
Pues bien, esta es la breve historia de Jane Franklin, que de haber nacido en otro momento y otro lugar, podría haber sido una notable mujer de ciencia. Reciba nuestro sencillo homenaje, y sirva de reflexión a quienes leáis estas líneas.

Las cosas que nunca han ocurrido son las que más y mejor merecen ser recordadas.




viernes, 3 de febrero de 2017

T.S. SULLIVANT, EL GRAN DIBUJANTE DE ANIMALES


Thomas Starling Sullivant nació en Columbus, Ohio, en 1854. Su padre fue un botánico de origen alemán que gozaba de una cómoda posición económica, así que el joven Thomas se educó en los mejores colegios. Interesado desde muy niño por el arte, marchó a formarse primero a Europa, ingresando a su regreso en la Academia de Bellas Artes de Filadelfia.
Adquirió muy pronto su singular estilo satírico, y comenzó a publicar sus dibujos en semanarios de humor como Puck, Harper's Weekly, Texas Siffimgs o la prestigiosa revista Life. En esta primera etapa publicó un libro bellamente editado, que con el título de Godey's Lady's Book, alcanzó gran popularidad. En 1904 fichó por Judge, una publicación humorística del célebre magnate de la prensa William Randolph Hearst, donde continuó publicando su obra hasta su fallecimiento acaecido en 1926.

Sullivant nunca ocultó su admiración por Charles Dana Gibson, a quien dedicamos un reciente recuerdo en este mismo blog. El estilo de Sullivant ha sido y sigue siendo imitado por humoristas e ilustradores de diferentes épocas. Fue ante todo un grandísimo dibujante de animales, cuyas anatomías estudió detenidamente, para deformarlos después y conseguir unos extraordinarios efectos cómicos. Su serie sobre el Jardín del Edén y la época prehistórica es absolutamente genial.

El estilo de nuestro protagonista de hoy bien pudiera calificarse como precursor de la animación. Thomas Sullivant ha influido en muchos grandes artistas que le sucedieron. Acaso su más reconocible influencia puede encontrarse en Walt Kelly, el creador de Pogo. No obstante, muchos otros han bebido en las caudalosas fuentes de su arte. Seguro que recordáis el gracioso baile de los hipopótamos y los avestruces de Fantasía de Disney. Decidme si no es patente en el corto la influencia de Sullivant.
Os dejamos aquí una selección, necesariamente breve, de la obra de este genial ilustrador. Disfrutadla.






miércoles, 1 de febrero de 2017

EL CINE ESPAÑOL DURANTE LA REPÚBLICA



En los convulsos años que precedieron a la Guerra Civil Española, el cine no vivió precisamente un momento brillante en nuestro país. Igual que ocurrió en otros lugares de Europa, los cineastas españoles no pudieron competir en una primera etapa con los musicales que llegaban de Hollywood. Fue ya en la segunda parte de la década de los treinta, cuando al fin consiguieron dominar mínimamente la técnica del sonido en el cine.
Siguiendo la estela del cine americano, en el primer sonoro español triunfaron los musicales. Cierto que se trató de producciones muy diferentes a las del otro lado del Atlántico. Los musicales españoles explotaron la veta folklórica, nació así el género que se llamó más tarde la españolada. Una zarzuela filmada, como La verbena de la Paloma tenía que ser necesariamente un éxito. Lo fue de la mano de Benito Perojo.
La estrella masculina de la España republicana era el cantante Angelillo, todo un fenómeno de masas que arrasó en las taquillas. La estrella femenina fue Imperio Argentina. Dirigida por su marido, el realizador aragonés Florián Rey, participó en un puñado de películas exitosas y no carentes de calidad. Nobleza baturra y Morena Clara fueron sin duda las más aplaudidas. La pareja rodó algunos filmes bilingües en los estudios berlineses de la UFA, acaso los únicos de Europa que podían competir a nivel técnico con los hollywoodienses. Al parecer la pizpireta cupletista se encontró como pez en el agua en la Alemania nazi, y es ya célebre el episodio en el que le tiró los tejos el propio fürer en persona.
Hoy os ofrecemos el enlace (haced clic en la carátula) para visionar la secuencia más famosa de Morena Clara (1936), aquella en la que Imperio Argentina y su compañero de reparto, un graciosísimo Miguel Ligero, cantan la célebre copla Échale guindas al pavo. Disfrutad (o padeced) durante tres deliciosos minutos este celuloide rancio.

Próxima entrega: A Dios pongo por testigo...




viernes, 27 de enero de 2017

DOS MAÑOS Y TRES MAÑICAS EN LAS ISLAS BRITANICAS. PART TWO: ESCOCIA Y LAS HIGHLANDS


El viaje de Bigotini y sus alegres compañeros de Londres a Edimburgo, que se presumía plácido, dio comienzo con un trepidante tour de force. Se equivocaron de aeropuerto, así que ahí tenéis a los dos maños y las tres mañicas que se anuncian en el título, metidos en uno de esos taxis londinenses que circulaba a toda velocidad por atajos de las afueras y caminos de tierra, en un infructuoso intento del animoso taxista indostánico por llegar a tiempo al aeropuerto correcto. El prominente turbante del conductor le protegía de los golpes en el techo del vehículo producto de los numerosos baches. No tuvieron tanta suerte los profesores Crespovich y Bigotini, ni las tres bellezas que iban con ellos. Los cinco salieron del taxi tambaleándose.

Después tuvieron que esperar al siguiente vuelo disponible, por eso llegaron a Edimburgo ya avanzada la noche. Allí, muertos de hambre y cargados de maletas, se dieron de bruces con los célebres festivales de verano de la capital escocesa. Música y alegría por todas partes, incluído el ruidoso local que quedaba justo debajo de su alojamiento edimburgués, un pub para jóvenes viajeros continentales con mesas de billar y cervezas descomunales. Si no puedes vencerlo, ya se sabe... Lo mejor en estos casos es relajarse y disfrutar. El pollo frito a la deriva en un mar de cerveza australiana, tuvo la virtud de hacer que los cinco viajeros conciliaran el sueño como cinco bebés. Gracias sean dadas a la divina providencia.


La mañana siguiente, paseando por la ciudad soleada y endomingada, con un buen desayuno en el cuerpo, se olvidaron los pesares, y la vida se vio ya de otro color. Es Edimburgo una ciudad magnífica, con excelente arquitectura civil y religiosa. Un paisaje urbano de excepcional belleza. El grupo hizo sus acostumbradas fotos y se regaló con sus acostumbrados refrigerios. El clima dio por fin un respiro a los viajeros. En Escocia el clima es más fresquito. Un día fresco y soleado... No ahora se está nublando... A continuación llueve copiosamente... Un momento... parece que vuelve a brillar el sol... La conclusión es que aunque no te guste el clima escocés, no debes preocuparte nunca. Puedes estar seguro de que cambiará dentro de un rato. En definitiva, relájate y disfruta.



No debe dejar de visitarse en Edimburgo su céntrico cementerio victoriano. Es probablemente el más curioso cementerio europeo. A su puerta se yergue la tumba de Bobby, un perro singular que tras la muerte de su amo, permaneció junto a su tumba, hasta morir él mismo. Todo un ejemplo de cariño y fidelidad. Enternecedor. En cuanto al recinto funerario, es una extraña mezcla entre lo tétrico y lo bucólico. Es un claro exponente de su época, a caballo entre el tumultuoso romanticismo británico, quintaesenciado en el lirismo escocés, exagerado y sublime. Un paseo entre los cipreses, tumbas cubiertas de musgo y telarañas, extrañas marcas en los mausoleos que acaso evocan ecos de macabros ritos...
Concluyó el domingo en Edimburgo con una cena magnífica en una vieja biblioteca eduardiana reconvertida en restaurante de moda. Ni un solo turista. Todos los clientes a excepción de nuestro grupo, eran edimburgueses que entonaron viejos cánticos corales mientras trasegaban una cerveza tras otra. Bigotini se atrevió con algunas especialidades regionales: caldo de cordero con verduras y el célebre haggis (pastel de hígado), servido con puré de patata y colinabo.


La opípara cena tuvo alguna consecuencia. La habitación del St. Christopher Hostel que ocupan los viajeros, dispone de un solo baño que comparten los cinco (recuérdese que los alojamientos no abundan en plenos festivales). El caso es que la cena ocasionó pequeños efectos colaterales. La íntima convivencia pone a prueba hasta los más apasionados amores. No resiste Bigotini la tentación de obsequiarnos con unas coplillas de pie quebrado:

En este mundo caní
sin cagar nadie se escá.
Caga el pobre, caga el rí,
caga el obispo y el pá.

A quienes no puedan cá
yo les daré la recé:
un puré de coliná
y unas pintas de cervé.

¿Que exquisita delicadeza, verdad? En la estación de Edimburgo, muy cercana al albergue, el grupo alquiló un automóvil, y sin más dilación se puso en camino hacia la vieja y verde Escocia Septentrional. Al principio cuesta un poco acostumbrarse a eso de circular por la izquierda, con el volante y el resto de los mandos en el lado contrario. Por suerte la naturaleza dotó a los felices viajeros de excepcional habilidad, y tras apenas unas decenas de pequeños sustos y divertidas peripecias para abandonar el centro urbano y el tráfico de Edimburgo, consiguieron por fin ponerse en carretera. El hecho de que también hubiera algún que otro peatón que salvó milagrosamente la vida, no debe empañar un ápice la pericia conductora de Bigotini y los suyos.


La primera parada se hizo en uno de esos coquetos salones de té de una de esas pequeñas poblaciones escocesas. La comida y el ambiente son típicos de la Gran Bretaña rural, exactamente como los ambientes descritos en las novelas de Agatha Christie. Un verdadero encanto, vaya.
Por carreteras estrechísimas y poco transitadas llegaron a Inverness. Allí cenaron (lo primero es lo primero). Cerdo asado, patatas rellenas, huevos escoceses, salmón, gambas... un festín. Vino después la ardua tarea de buscar alojamiento. Todo está ocupado, y no parece haber otra cosa en la pequeña Inverness que carteles de no vacancies. Para colmo llueve con insistencia. Tras un par de momentos de desesperación, por fin los dioses escuchan las súplicas del grupo, y dan con una casa estupenda, regentada por una escocesa la mar de simpática. Ocuparán una habitación del segundo piso y una buhardilla enorme, cálida y acogedora. Laura y Bigotini rien a mandíbula batiente, mientras dictan a Marisol el texto de las postales para sus amigas: Querida Inés, estamos en Inverness, y otras simplezas semejantes... Pili y Crespovich también están encantados con su habitación. De noche camas limpias y calientes, de día desayunos contundentes (huevos con tocino). ¿Se puede pedir más?


Sigue escribiendo Bigotini: una vez desayunados, nos aventuramos carretera adelante, siempre hacia el lejano Norte. Lluvia y frío nos acompañan sin darnos punto de reposo. Llevamos encima toda la ropa que hemos traído.
En un pueblecito vecino de un antiguo balneario, hacemos la primera parada y tomamos unas cervezas. Recorremos la costa nororiental. Viejos castillos en ruinas asomándose a los feroces acantilados. Cielos cubiertos de bruma. Marismas interminables... Paramos en una playa solitaria colonizada por unas algas fantásticas, extraterrestres... Vuelve la lluvia inmisericorde, y nos expulsa también de la playa. Iremos donde nos lleve el viento. Ya de vuelta en Inverness, cenamos en un restaurante armenio. Vuelve a hacerse plaza el buen humor. Nuestras risas se escuchan desde la orilla opuesta del lago.


El día siguiente desayunamos con las risas de la pasada noche corregidas y aumentadas. Asoma tímidamente el sol. Bordeando el lago Ness, llegamos hasta un pintoresco castillo edificado en un saliente junto a las oscuras aguas. Cruzamos luego las Highlands de este a oeste, hasta llegar a Skye, la mayor de las Hébridas del Norte. Hemos penetrado en el Círculo Polar Ártico. Atravesando un larguísimo puente que desafía las olas, accedemos a la isla. El espectáculo es extraordinario: Escocia en estado puro. Rebaños de ganado pastando en equilibrios imposibles en las laderas de las verdes colinas. Reflejos del desvahído sol en la hierba, y todas las gamas posibles del verde. Regresamos muy cansados a nuestra base de Invesness. Mesa y manteles bordados en el restaurante de un viejo hotel balneario de la orilla oeste del lago Ness. Alta cocina de aire continental, algo más cara, pero sin exagerar. En Londres cenar en un sitio así hubiera costado el triple, pero Escocia es mucho más asequible. Fritura de pescados, mejillones, calamares... Todo para chuparse los dedos. Esta noche disfrutaremos por última vez la calidez de nuestra acogedora buhardilla. Mañana debemos dejar atrás Inverness y los deliciosos huevos fritos con panceta del desayuno.


Bordeando siempre el lago Ness, llegamos a Port Augustus, enclave privilegiado de las Highlands, que es el puerto más septentrional de Escocia y constituye, como refleja su mismo nombre, el límite boreal de la romanización. Hemos almorzado en un paraje singular, al pie de la cordillera de los Grampianos y a la sombra de la montaña más alta de Gran Bretaña. Después carretera y manta (no vendría mal tener alguna). Llegamos a Tarbet, a orillas del lago Loch Lomond, el más extenso del país. Paisaje idílico con barcos surcando el lago y playas de verde y brillante césped salpicadas de arboledas frondosas y magníficas. Indagando en la oficina de información del pueblo, unas viejecitas nos dirigen a un hotel con encanto. Es una casita rústica con cómodas y espaciosas habitaciones. La regenta Jim, un tipo bonachón de nariz roja, que nos amenaza con un desayuno completo la mañana siguiente. Tras una vueltecita por la tranquila localidad y unas cervezas, las camas nos acogen con especial amor maternal.


El desayuno completo no defrauda las expectativas. Huevos, jamón, salchichas, judías, fruta fresca... No hay más remedio que hacerle unas fotos. Nos despedimos del simpático posadero, y partimos hacia el sur. Hay que ir pensando en volver.
Pasamos por Glasgow sin detenernos y vamos a comer a Lanark, una ciudad pequeña y provinciana que vivió su apogeo durante la era industrial. El principal reclamo para el visitante es una vetusta y monumental fábrica textil del XVIII. La recorremos a conciencia, empapándonos de maquinismo y de historia de los movimientos sociales británicos. Tomamos unas pintas en un acogedor pub tipo tasca de pueblo, en el que reinan la alegría y el buen humor entre los parroquianos desocupados y bromistas. El profesor Crespovich hace gala de su dominio del slam británico, pegando hebra con un tipo loco dueño de un perro grande como un pony. Al abandonar el local, descubrimos un cartel en el que se ruega no bailar encima de las mesas. ¡Vaya parroquia!


Después de comer seguimos viaje hacia el sur. La verde Escocia, agreste en las Highlands y más suave en esta región meridional, no deja de sorprender en cada recodo del camino. Cuando menos lo esperas aparece una gran colina con nubes en la cumbre, o una inmensa y desolada extensión de pastos donde pacen ovejas y vacas lanudas. Paramos en alguna destilería de Wisky. Las inevitables degustaciones convierten la conducción de nuestro auto con los mandos al revés en una trepidante aventura.
Mucho más al Sur, en Leeming, North Yorkshire, encontramos a última hora cena y alojamiento en un curioso hotel. Cenamos decentemente y dormimos tranquilos. Sin embargo, el desayuno comienza con sobresalto. La habitación que ocupan el viejo Crespovich y la doctora Martínez, queda justo encima del bar, y cuando bajan a desayunar se dispara la alarma y aparece la dueña en pie de guerra. Es una vieja bigotuda en camisón, armada con un rifle de abatir elefantes.


Pasado el susto y el desayuno, seguimos en dirección Londres. Tras algún que otro rodeo, llegamos a Takeley, una ciudad dormitorio o barrio residencial de las desproporcionadamente gigantescas afueras de Londres. Queda muy cerca del aeropuerto de Stanted, de donde partirá nuestro vuelo de regreso. El hotel es magnífico. Las habitaciones tienen salida a un jardín de media hectárea cubierto de verde césped. El pueblo es tranquilo y aburrido. Cenamos en un bar en que los parroquianos tienen la costumbre de hacer monólogos de humor. Hemos devuelto sano y salvo el vehículo disléxico en la agencia de alquiler. Nuestro viaje toca a su fin. La mañana siguiente un coche del hotel nos conduce al aeropuerto. No tardaremos en aterrizar en Zaragoza, donde el simpático grupo se despedirá hasta la próxima aventura. Prometemos contarla aquí.

El secreto de la felicidad es tener siempre algo que hacer, alguien a quien amar, y algo nuevo que esperar. Thomas Chalmers.



martes, 24 de enero de 2017

LUIS BARAHONA DE SOTO, UN LUCENTINO GENIAL


Fue su cuna la antigua Eli Ossana sefardí, donde vio la luz primera en 1548. Luis Barahona de Soto es uno de los poetas más preclaros de nuestro Siglo de Oro. Desde su Lucena natal, flor cordobesa de aquella Castilla Novísima, marchó primero a Antequera, y después a Granada, donde comenzó sus estudios. Allí, a orillas del Darro, fue asaltado por las alegres Musas, que desde entonces le adoptaron por compañero. Aun medio graduado de poeta, frecuentó el trato de talentos tan ilustres como Pedro Padilla, Gregorio Silvestre, Hernando de Acuña, Alonso de Granada, Juan Latino, Gaspar de Baeza, o el mismo Diego Hurtado de Mendoza, a quien recientes investigaciones adjudican nada menos que la autoría de El Lazarillo. En semejante compañía, a nadie extrañará que Luis Barahona saliera tan buen discípulo que quedara perdigado para ascender las altas cumbres del Parnaso.

Barahona sirvió al rey en la guerra que se libró contra los moriscos en las Alpujarras. Marchó primero a Osuna, donde trató a Medina y Sandoval, y después a Sevilla, para graduarse como bachiller en medicina, arte que después ejercería en Archidona. En Sevilla, la perla del Guadalquivir, que entonces era la puerta de las Américas y la mayor Babilonia de Europa, conoció a Diego Girón y a Argote de Molina, y hasta se atrevió a disputar con el gran Fernando de Herrera, que al decir de todos menos de nuestro hombre, fue el mayor poeta sevillano, que entonces era como decir el mayor de lo descubierto de la Tierra. En Archidona tuvo la dicha de hallar acomodo y la desdicha de tener dos esposas y perder a ambas. Fue la primera Isabel Sarmiento, una viuda joven, y la segunda doña Mariana de Navas, también joven y soltera. Fue no solo médico, sino también corregidor de la Villa, y en ella continuó desgranando uno a uno, frondosos ramilletes de poemas. Sonetos, églogas… Interminable y prolífico caudal. Luis Barahona de Soto murió repentinamente en 1595. Yacen sus restos en la parroquia de Santa Ana de Archidona.


Salvo alguna poesía suelta que compuso para prologar libros ajenos, sus obras no fueron publicadas hasta después de su muerte. La que más se hizo esperar fue precisamente su única obra conocida en prosa, titulada Diálogos de la Montería, un tratado cinegético que no vio la luz hasta fecha tan tardía como 1890. Su obra en verso se publicó en diferentes colecciones, como las Flores de poetas ilustres, el Parnaso español, o la Biblioteca de Autores Españoles. Su poesía completa puede encontrarse en la edición de Francisco Rodriguez Marín de 1903. El estilo de Barahona es italianizante, a imitación de Garcilaso, como el de casi todos los poetas españoles de su tiempo, y muy especialmente los de la Escuela Sevillana en la que suele encuadrarse. Biblioteca Bigotini pone hoy al alcance un clic (hacedlo sobre la ilustración) de sus seguidores, precisamente el soneto burlesco de su primera época, en el que Barahona hace chanza del lenguaje artificioso que gastaba el divino Fernando de Herrera. Disfrutadlo amiguitos.

Tres cosas hay que no vuelven nunca atrás: la saeta lanzada, la palabra comprometida y la oportunidad perdida.