Uno
de los aspectos más originales y que seguramente más contribuyeron a la
popularidad de las doctrinas gnósticas, fue la relevancia inusual para su
época, que la gnosis otorgó a la mujer y a lo femenino. Evitaré utilizar el
término feminista, para no incurrir
en anacronismo ni en el disparate que supone mezclar conceptos actuales con
cosas de hace dieciocho siglos.
Para
la mayor parte de los gnósticos, el Espíritu Santo se identificaba con una
mujer a veces inmaterial y otras veces de carne y hueso, esposa y/o hermana del
Christós. Encontramos en estos resbaladizos territorios a Sofía, la Virgen de
luz que detenta la Sabiduría, siendo a la vez eterna víctima cuyos sufrimientos
incitan a Jesús a salvarla. Entre los gnósticos más cercanos al cristianismo se
identifica muchas veces con la María Magdalena evangélica, personaje acaso
inspirado en Venus Afrodita, a quien atribuyen hermosura perfecta y pasado
pecaminoso.
Esta
importancia que el gnosticismo confiere a la mujer contrasta frontalmente con
la kabbala, doctrina masculina hecha por hombres y para hombres, que en muchos
aspectos se revela como profundamente misógina. La dilatada historia de la
mística judía no presenta la menor huella de influencia femenina. No han
existido jamás mujeres kabbalistas.
La
Sofía gnóstica es figura abstracta que recibió una personificación romántica
como representación de la Sabiduría. Al menos entre los siglos I al IV, Sofía
fue una Isis cristianizada, o al menos eso pretendieron los gnósticos
cristianos hasta que tanto Sofía como Isis fueron tachadas de heréticas por la
jerarquía eclesiástica en los primeros concilios. Mientras duró su vigencia,
hubo una Sofía de las alturas, madre celestial, y otra Sofía oscura a la que se
llamó Sofía Achamoth o Sofía Prounicos, la lasciva, asimilando su sed de luz al
deseo sexual desordenado.
Hay
un curiosísimo escrito copto, la Pistis
Sofía, una especie de novela erótico-religiosa que relata que Sofía formaba
parte de las veinticuatro emanaciones
del gran Invisible, ocupando el decimotercer Eón, su lugar en las Alturas.
Cuando deseó ardientemente recibir la luz del Padre, entendido como deseo
carnal irrefrenable, se enojaron con ella los doce eones situados por encima,
por entender que pretendía acercarse al Padre más que ellos. Entonces el
Tridínamos apodado el Arrogante creó un monstruo luminoso y lo mandó a la
tierra para atraer a Sofía. Creyó ella que se trataba del Padre, y el monstruo
se arrojó sobre ella. Era una Potencia de luz con rostro de león que se tragó
todas las Potencias de luz que atesoraba Sofía. Privada de su luz, entonó una
serie de himnos de súplica al Padre, que la novela llama arrepentimientos. Al escuchar el noveno de esos arrepentimientos, Jesús acude en socorro
de Sofía, rechaza al monstruo luminoso, y se desposa con ella dotándola de una Virtud de luz con la que la corona y la
restablece en el decimotercer Eón que ocupaba.
Es
unión mística pero también carnal, como las que protagoniza Barbelô, primera
potencia femenina engendrada por Dios, y madre del arconte Ialdabaoth, que
gobierna el séptimo cielo. Según la narración copta, Barbelô detesta a su hijo
porque le ha robado su rocío de luz,
así que para vengarse, no cesa de provocar voluptuosamente a los demás arcontes
a los que uno a uno, va extrayendo su semen
luminoso. Por eso la Pistis Sofía la llama Barbelô la sanguijuela.
El Libro de Baruch, que los ofitas proclaman su texto sagrado, tiene por heroína a Edén, la mujer cósmica que está en el origen del universo. Es Edén principio femenino engendrador que se asimila a Potnia Theron, la Madre Tierra. Y en definitiva, es patente el protagonismo de la mujer y lo femenino en la primitiva literatura gnóstica. Nuestro viejo profesor Bigotini que a pesar de su bigotazo de cepillo, tiene también su parte femenina y sensible, es un gran admirador de las mujeres a las que contempla siempre con un punto inevitable de asombro.
Los hombres tenemos que conformarnos con ser hombres, porque no
conseguimos ser mujeres.






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