La
gnosis de Hermes Trimegisto, el tres
veces muy grande, fue probablemente la primera que se desarrolló al margen del
cristianismo. El epíteto trimegisto
se explica porque según la tradición gnóstica, había vivido tres veces, y en su
tercera reencarnación fue capaz de recordar las dos anteriores, con lo que
alcanzó una sabiduría sin parangón con ningún otro ser viviente. Tomando como
fuente a Hermías de Alejandría y a los autores árabes, el primer Hermes, que
vivió antes del diluvio, fue el inventor de la astronomía; el segundo, médico y
filósofo, fundó Babilonia; y el tercero, Hermes el alquimista, guardaba sus
tesoros en Kamtar, la misteriosa ciudad de los magos perdida en el desierto.
Algunos identifican a Hermes Trimegisto con el dios egipcio Torh. Manetón y
Jámblico sostienen que había escrito 36.525 libros de los cuales cien trataban
sobre los dioses del Imperio, otros cien sobre los del éter, y mil sobre los
del cielo. Añaden que para acceder al grado del sacerdocio en el antiguo
Egipto, los aspirantes debían saber recitar de memoria al menos cuarenta de los
libros herméticos.
Hermes
Trimegisto pertenecía a la hermandad del gnosticismo, secta oculta tan
cuidadosamente que ni siquiera el padre Festugière, el mayor especialista en la
materia, ha sido capaz de descubrir ni el lugar de origen de cualquiera de sus
miembros. Precisamente al padre Festugière, entre los siglos II y IV, que no es
mucho precisar, se debería la autoría de una serie de obras en griego firmadas
como Hermes Trimegisto, que en 1463 fueron publicadas en Florencia por Marsilio
Ficino, propagándose así el mito hermético hasta nuestros días. Sus seguidores
gnósticos no dudan en atribuir al maestro todas esas obras. Estudiosos más
imparciales se debaten entre reconocer como autor al abate Festugière o a
Marsilio Ficino, su editor renacentista.
Entre
los libros que actualmente circulan como canónicos destacan el Corpus hermeticum, conjunto de
diecisiete tratados en los que Hermes enseña su filosofía a su hijo Tat, al
médico Asclepio (Esculapio) o al rey Ammón; el Discurso perfecto, del que sólo ha sobrevivido una versión latina;
y varias obras en árabe como el Libro de
Ostathas, que expone la teoría del macrocosmos y el microcosmos, o la carta
a la reina Amtounasia sobre la Gran Obra.
Lo
cierto es que el conjunto no parece presentar ninguna unidad de doctrina. Es
más, algunos de los libros ni siquiera pueden calificarse en rigor de
gnósticos. En el Poimandrés, que
forma parte del Corpus hermeticum,
aparece la principal definición religiosa del hermetismo: la gnosis hermética es el conocimiento de Dios en cuanto hipercósmico,
inefable, no susceptible de ser conocido por los solos medios racionales, y el
conocimiento de sí mismo en cuanto salido de Dios.
Afirma
Hermes (o lo hacen sus apócrifos intérpretes) conocer los orígenes del Cosmos y el destino del alma, aunque examinada la
doctrina con detenimiento, no se desvelan ni los unos ni el otro. Así que
nuestra conclusión racionalista y bigotiniana nos inclina a calificar el
hermetismo como mera palabrería destinada a fingir una sabiduría inexistente y
a exhibir una falsa erudición que deje boquiabiertos a los simples. En una
película de Woody Allen, el protagonista le suelta un discurso en jerga
psicoanalítica a una joven de buen ver, y ésta le espeta sin miramientos: oye, si lo que quieres es follar, déjate de
filosofías y dímelo sin rodeos.
Nuestro profe Bigotini que, entre nosotros, es también un poco erudito a la violeta, es muy proclive a ese tipo de circunloquios pseudointelectuales para presumir de sabio. A veces me atrevo a sugerirle que salga un poco de la biblioteca y frecuente más los bares. Ahora que no nos oye, sospecho que el pobre lo que quiere en el fondo es follar, como todos.
Follardo,
digo, perdón, Gerardo. ¿En qué estaría yo pensando?





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