Convencionalmente
suelen considerarse gigantes aquellos animales que superan la tonelada de peso.
Desde que naturalistas y zoólogos comenzaron a estudiar los seres vivos, llama
la atención que aún entre animales estrechamente relacionados genéticamente se
den diferencias de tamaños a veces tan llamativas. Puede ser el caso de
nuestros familiares gatos domésticos y los grandes leones africanos, por
ejemplo. Cabe preguntarse si el gigantismo ofrece alguna ventaja a aquellos
animales que han evolucionado en ese sentido, y la respuesta es, naturalmente,
que sí, porque en su hábitat natural, su tamaño, en estos casos grande, les permite
alcanzar la comida en ramas más altas, tener mayor eficacia como cazadores o en
caso contrario, defenderse de sus depredadores. Ahora bien, eso de ninguna
manera quiere decir que sus parientes más pequeños se encuentren en desventaja.
Sencillamente, ocupan nichos ecológicos diferentes donde el pequeño tamaño
aporta alguna ventaja.
Es
decir, la evolución ha llevado a cada especie por caminos distintos al lugar
que actualmente ocupa en la cadena trófica. No existen en la actualidad ni han
existido en el pasado, seres defectuosos o imperfectos que se hayan extinguido
por serlo. Cada especie animal o vegetal presente o pasada, está o estuvo
perfectamente adaptada a su medio natural. Pensemos que hasta las extinguidas
sobrevivieron en sus hábitats durante miles de años, y sus extinciones se
debieron bien a cambios drásticos en sus medios, o bien a la aparición de
nuevas especies que las desplazaron. Los cuernos, los colores vivos, la
especialización alimentaria o el tamaño, que durante miles de años (a veces
millones) supusieron para esas especies una ventaja, se convirtieron repentina
o paulatinamente en un inconveniente serio que lastró su futuro y terminó
llevando a la extinción a la especie. En los últimos milenios, durante el
periodo holoceno, que muchos especialistas llaman ya el antropoceno, la aparición y el crecimiento de nuestra especie, dio
definitivamente la puntilla a muchas otras, sobre todo a los animales más
grandes que resultaron un blanco mucho más fácil para las lanzas y las flechas.
Los
primeros animales gigantes terrestres de que se tienen registros fósiles fueron
los dinosaurios. Esos saurópodos de cabeza pequeña y cuello largo llegaron hace
unos 200 millones de años a medir 45 metros de cabeza a cola, y a pesar más de
100 toneladas. Unas dimensiones comparables a las de las mayores ballenas
actuales con el hándicap de que en tierra firme es mayor la fuerza de la
gravedad. Parece claro que a semejantes colosos no habría ningún depredador que
les amenazara, como ocurre actualmente con los elefantes, los rinocerontes o
los hipopótamos.
Pero
el tamaño tiene sus pros y sus contras. Se calcula que antes de la aparición
del hombre, en África debía haber como mucho uno o dos millones de elefantes y
rinocerontes, mientras que la población de pequeños roedores debía ser de
muchos miles de millones. Claro está que con el tamaño de un elefante hace
falta consumir mucha vegetación, y los recursos son y siempre fueron limitados.
Entre
los especialistas cada vez está más extendida la hipótesis de que los
dinosaurios debieron tener sangre caliente. El gigantismo de alguna forma avala
esa hipótesis, porque los dinosaurios, igual que los mamíferos, fueron capaces
de desarrollar el gigantismo, mientras que entre los reptiles los grandes
tamaños son mucho más raros. La razón podría estribar en el ritmo metabólico,
que es mucho mayor en los animales de sangre caliente, los homeotermos. Por
ejemplo, los cocodrilos más grandes lo son porque viven muchos años. Un caimán
tarda varios decenios en alcanzar los 50 kilos de peso, mientras que un
avestruz alcanza ese peso en menos de un año.
Así
que concluiremos en que todo tiene sus ventajas y sus inconvenientes, pero que
en los platillos de la balanza evolutiva las ventajas resultan algo más
pesadas, es decir, más positivas. Por eso todas y cada una de las especies
vivientes son como son. El profe Bigotini se pregunta a menudo qué ventaja
tendrá su enorme nariz, un misterio biológico aún por resolver.
El dinero es mejor que la pobreza, aunque sólo sea por razones financieras. Woody Allen.






No hay comentarios:
Publicar un comentario