Los
que guerrean, los que rezan y los que trabajan. Esos eran los tres estados de
la sociedad medieval. El primero, el de los nobles y los caballeros, estaba
compuesto por guerreros toscos y analfabetos que al ir ocupando durante la
tardorromanidad las diferentes plazas, liquidaron o ahuyentaron a los
funcionarios bajoimperiales encargados de la administración, el comercio, la
justicia, la ingeniería y los diferentes aspectos técnicos. Los grandes señores
bárbaros sólo sabían hacer la guerra. Desde muy niños enseñaban a sus vástagos
a montar a caballo y esgrimir la espada, y estaban orgullosos de su brutalidad
y su analfabetismo. Muchas ciudades europeas que habían sido centros de la
industria, el comercio, la cultura y las artes, se convirtieron en aldeas
llenas de mugre en las que se abrieron paso las epidemias.
Las
únicas autoridades que permanecieron firmes en sus puestos fueron los obispos
cristianos. Los nuevos señores, lombardos, francos o visigodos, según los
diferentes países, respetaron la autoridad de los obispos porque ellos mismos
eran también cristianos, aunque su cristianismo fuera superficial y en
ocasiones, puramente nominal. Así que alrededor de sedes episcopales,
monasterios y abadías, fueron surgiendo los clericii,
el segundo estamento cuya labor no se limitó a las oraciones, y muy pronto tomó
las riendas de la cultura, conservando en las bibliotecas conventuales los
viejos textos que ya sólo ellos eran capaces de leer y de entender, y copiando
en los scriptorios aquellas joyas del
conocimiento para que no se perdieran definitivamente. Una labor callada y
escasamente brillante, pero necesaria.
Como
hemos dicho en algún artículo anterior, aquellos oscuros monjes, en algún caso
sin demasiadas luces, se afanaron en reproducir los caracteres latinos de los
textos muchas veces sin terminar de entender su significado. Fue el rescate de
los restos de un naufragio. Se conservaron los mínimos enseres culturales que
se consideraron imprescindibles, perdiéndose otros tantos tesoros por completo
irrecuperables.
No
puede extrañar que los grandes señores de la nobleza y la caballería tuvieran
que recurrir a los clérigos, mucho más sabios e ilustrados que ellos, para
hacer frente a las tareas de la administración y la gobernación de sus reinos,
sus condados y sus señoríos. No puede extrañar que ambas clases, nobleza y
clero, terminaran compartiendo castillos y palacios, regalándose con las mismas
viandas y vinos generosos. No puede extrañar que con el tiempo los grandes
señores terminaran destinando al servicio de la Iglesia a sus hijos segundones,
que se fueron refinando, mientras los primogénitos, los herederos, continuaron
con sus guerras, sus torneos y su analfabetismo. No puede extrañar que poco a
poco en los gobiernos de las naciones medievales fueran instalándose unas
auténticas teocracias en las que el peso abrumador de la Iglesia resultó
decisivo.
Queda
el tercer estamento. A los siervos estaba reservado el dudoso privilegio de
monopolizar el hambre, el frío y el miedo. Desaparecida la autoridad que un día
ejerció el Imperio romano, el mundo altomedieval se convirtió en un infierno
inhabitable en el que se hicieron imposibles los viajes, el comercio y hasta
las labores agrícolas y ganaderas más elementales. Un reino del terror sin
leyes en el que proliferaron el robo y el asesinato. Las gentes del común no
tuvieron más remedio que refugiarse al abrigo de las recias murallas de
castillos y abadías, convirtiéndose en siervos
de la gleba al servicio de los grandes señores, los obispos y los abades,
que los protegían de las incursiones, crímenes y latrocinios de los señores
vecinos a cambio de su trabajo en régimen de semiesclavitud. Las tierras, sus
frutos, los ganados, y hasta la más pequeña de las criaturas, pertenecían al
rey, al señor o al abad de turno. Los siervos no eran dueños ni del hoyo en la
tierra en el que se enterraban al morir.
Con el paso del tiempo, algunos de aquellos siervos consiguieron poco a poco asentar un tenderete y después una casa a la sombra de aquellas altas murallas o de las torres de las catedrales. Fueron surgiendo así tímidamente los primeros burgos medievales en los que se diversificaron los trabajos, aparecieron las asociaciones gremiales de artesanos y comerciantes, y con ellos una incipiente burguesía urbana. Aquellos ya serían otros tiempos, siempre difíciles sobre todo para los pobres y los desheredados, pero acaso ya no tan oscuros y terribles como los primeros tiempos medievales. Al final de aquel largo y negro túnel se intuía quizá la temblorosa y aún lejana luz del Renacimiento. A los periodos históricos oscuros suceden invariablemente otros algo más luminosos. Claro que también ocurre al revés, sucediendo la miseria a la prosperidad. Nuestro profesor Bigotini, famoso agorero, intuye al final de este tiempo en que vivimos rodeados de confort tecnológico y salpicados de descubrimientos científicos y viajes espaciales, un nuevo periodo de profunda y terrible oscuridad. Las señales no pueden ser más claras: guerras, genocidios, epidemias, hambrunas, migraciones desesperadas, corrupción política, raeggetón… Negros cuervos se han avistado sobrevolando Disneylandia. Huid, insensatos.
La
sinceridad es el pasaporte de la mala educación. Enrique Jardiel Poncela.





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