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domingo, 10 de mayo de 2026

VALLE-INCLÁN. DON RAMÓN DE LAS BARBAS DE CHIVO

 


En Villanueva de Arosa nació Ramón María del Valle-Inclán en octubre de 1866. También hay quien le supone nacido en La Puebla del Caramiñal porque él mismo alimentó la leyenda de haber nacido en una embarcación que atravesaba la ría que separa a ambas poblaciones. Fue el segundo hijo de una familia de pasado ilustre muy ligada a la causa del carlismo. Su padre, Ramón del Valle Bermúdez de Castro fue marino, periodista y algo poeta. Dilapidó su herencia familiar, lo que obligó a los Valle que habían sido los señoritos del pueblo, a vivir más que modestamente. Su madre fue Dolores de la Peña y Montenegro, también de ascendencia hidalga. El niño fue bautizado como Ramón José Simón Valle y Peña. El apellido Valle-Inclán con el que firmó casi toda su obra, lo tomó de un antepasado ilustre, y el prenominal Ramón María fue una completa invención suya, acaso recordando al pretendiente Carlos María Isidro.

La educación infantil de Ramón corrió a cargo de un clérigo singular llamado Carlos Pérez Noal y apodado el bichuquino. Estudió luego en Santiago y Pontevedra, y por imposición paterna comenzó la carrera de derecho en la universidad compostelana, estudios que no llegó a completar. Mucha mayor influencia que sus profesores debieron tener los libros de la abigarrada biblioteca de su casa, repleta de textos clásicos, el escritor gallego Jesús Muruáis, y Manuel Murguía, el marido de Rosalía de Castro, que era amigo de la familia lo mismo que Muruáis.


Sus primeros trabajos literarios vieron la luz en la revista compostelana Café con gotas y en la barcelonesa La Ilustración Ibérica. En sus notas biográficas fabuló una inexistente estancia en Italia, y entre 1890 y 1892 malvivió en Madrid asistiendo a las tertulias de los cafés. Su aspecto estrafalario, su ingenio, su gracioso acento de gallego que ceceaba y su acusada personalidad pendenciera le convirtieron en una especie de personaje imprescindible en las tertulias de los intelectuales finiseculares. Colaboró con algún cuento en el diario El Globo, y fue asiduo componente de la clac en el teatro Apolo. En esos años Valle se consideraba periodista y actor, pues representó pequeños papeles en algunas obras teatrales.

En 1892 se embarcó con destino a México. En la capital y en Veracruz escribió sus Cartas galicianas para El Universal, El Correo Español y El Veracruzano Independiente. También tradujo al castellano algunos textos del italiano y del francés. Fueron traducciones libérrimas que hasta hoy siguen siendo objeto de estudio por parte de biógrafos e investigadores, porque Valle conocía esas dos lenguas de forma tan superficial, que sus traducciones tienen muy poco que ver con los textos originales. Se implicó en la agitada vida política mexicana que entonces vivía un periodo prerrevolucionario. Pasó luego a Cuba, donde residió en un ingenio azucarero de Matanzas, y en 1893 estaba de vuelta en Galicia presentando ya su aspecto singular de larga melena y barbas de chivo, tal como las calificó su amigo Rubén Darío.

En esa etapa pontevedresa se fascinó por la obra de Darío y por la poesía exaltada de Gabriele D’Annunzio. Adopta Valle un estilo particular y algo pretencioso, curiosa mezcla de Modernismo y Decadentismo europeo. En Pontevedra, bajo el patrocinio de Manuel Murguía, publicó su primer libro: Femeninas. Seis historias amorosas (1894). A partir de entonces y para siempre, se consideró escritor, y terminó de componer su imagen personal sustituyendo un raído poncho que trajo de México por capa, sombrero, chalina y polainas blancas. Era Valle a su manera, y lo fue el resto de su vida, un dandy en lo estético y un artista de vanguardia en lo literario y en lo social.

Volvió a Madrid por segunda vez en 1895, y desde entonces hasta 1899 vivió de un puesto funcionarial en el ministerio de Instrucción Pública que le reportó una bicoca de 2000 pesetas anuales. Un periodo en el que no se molestó en escribir una sola línea. Llevó una vida bohemia frecuentando todas las tertulias de la capital. Conoció entonces a figuras destacadas como Benavente, Villaespesa, Azorín, Gómez de la Serna y los hermanos Baroja, Pío y Ricardo. Discutió de forma acalorada con Unamuno, llegó a las manos con varios contertulios, y durante una fuerte discusión en el Hotel París, el periodista Manuel Bueno Bengoechea se defendió de Valle que le agredía con una botella, propinándole un bastonazo en la muñeca, con tan mala suerte que se le clavó un gemelo provocando una gangrena que terminó en amputación de la mano izquierda. Su nueva condición de manco truncó su carrera de actor, pero tuvo virtud de acercarle a Cervantes en lo físico. Él siempre lo tuvo a gala.


En 1907 se casó con la actriz Josefina Blanco, con la que tendría seis hijos. Valle tenía cuarenta años y Josefina veintiocho. Vivieron casi siempre con estrecheces y alguna vez en la miseria más absoluta. Terminarían divorciándose durante la República, cuando fue posible hacerlo en España. Ramón del Valle Inclán murió poco después, en enero de 1936, víctima de un cáncer de vejiga.

Las ideas políticas del escritor, si es que pueden calificarse de tales, fueron tan estrafalarias como su propia persona. Sus orígenes familiares le inclinaron al carlismo, y estuvo a punto de presentarse como candidato del partido tradicionalista. También militó en el partido Republicano Radical de Alejandro Lerroux. Fue muy afín a Manuel Azaña en su etapa de ministro de la Guerra, y cofundador en 1933 de la Asociación de Amigos de la Unión Soviética. Como puede verse, una trayectoria bastante errática.

 


Pero lo más importante de Valle Inclán es naturalmente, su obra literaria que le llevó desde el Modernismo al Esperpento, un género de prosa inventado y desarrollado por él. Sus cuatro Sonatas: de otoño (1902), de estío (1903), de primavera (1904) y de invierno (1905) fueron sus primeros éxitos de crítica y público, que se tradujeron a varios idiomas. Sin llegar a ser autobiográficos, son seguramente los trabajos en los que Valle a través del protagonista, el marqués de Bradomín, descubre lo más íntimo de sí mismo y expone su sensualidad algo cínica y autocomplaciente.

Mención especial merecen también sus Comedias bárbaras, consideradas generalmente novelas por la enorme dificultad, imposibilidad diríamos, de ser representadas. En casa Bigotini nos parecen lo mejor de entre lo mejor de la pluma de Valle. Están por otra parte, sus Relatos de la Guerra Carlista (1909), una muestra singular de aquellos episodios bélicos, que Valle magnifica e idealiza sin el menor sustento histórico, pero dotándoles de una belleza estilística difícilmente superable. En sus años de madurez y vejez destaca su serie de novelas El ruedo ibérico, cargadas de un desgarro y un humor grotesco sin parangón. Divinas palabras (1920) es una tragicomedia de aldea, en definición del propio autor, que desnuda el alma de una Galicia rural medio vivida y medio soñada. Luces de bohemia (1924) resume la quintaesencia del Esperpento. Tirano Banderas. Novela de tierra caliente (1926) es una descripción excepcional de la sociedad americana que vivió en México durante su juventud. Martes de Carnaval (1930) es una sátira sangrante de la España de su tiempo. Parodia de personajes grotescos que actúan ante el lector como títeres y bufones. La técnica distorsionante y guiñolesca del Esperpento, llega a alcanzar la cumbre en el Retablo de la avaricia, la lujuria y la muerte, publicado en 1927.


Ramón María del Valle-Inclán, como a él le gustaba firmar, quizá no fue del todo gallego, del todo madrileño, del todo español ni del todo mexicano, pero resulta imposible comprender Galicia, Madrid, España o México en toda su extensión literaria, sin la obra de este excepcional y estrafalario miembro de la generación del 98. En Bigotini somos partidarios incondicionales suyos. Os dejamos el enlace con la versión digital de Cara de Plata, la última de sus tres comedias bárbaras.

 

https://www.dropbox.com/home/Profesor%20Bigotini?preview=Valle-Incl%C3%A1n_-_Cara_de_Plata.pdf

 

Sabelita está en lo alto, de pechos de arambol, rubia de mieles, el cabello en dos trenzas, la frente bombeada y pulida, el hábito Nazareno. Valle-Inclán. Cara de Plata.

 


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