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domingo, 1 de febrero de 2026

CARLOMAGNO O CÓMO CONVERTIRSE EN EMPERADOR

 


En pasadas entregas hemos hablado de Carlomagno, el flamante emperador de la barba florida, que elevó su reino de los francos a la categoría de Imperio Romano Germánico. Pero, claro está, no se llega a forjar un Imperio como ese de la noche a la mañana.

La campaña que Carlomagno emprendió contra los longobardos de Italia, fue poco más que una guerra relámpago, sobre todo si se la compara con la que dirigió contra los sajones, una guerra de treinta años poco más o menos, que ocupó gran parte de su reinado. Sajonia se extendía desde el mar del Norte al bajo y medio Rin, Turingia y el Elba. Media Europa. Los emperadores romanos habían intentado desde mucho tiempo atrás, someter a los sajones sin éxito. Y es que los sajones eran feroces, primitivos y supersticiosos, unas auténticas bestias pardas. Practicaban un paganismo antiguo y cruel, se vestían con pieles de cabra, y vivían del hurto y la rapiña. El Rin era la única barrera natural que les separaba de los francos, pero los sajones atravesaban el río sin ningún pudor, y saqueaban las poblaciones limítrofes cada vez que les venía en gana.


Tiempo atrás, Pipino el Breve había establecido una serie de líneas de defensa fronterizas, imponiendo a los sajones un simbólico tributo anual de trescientos caballos. Cuando Carlomagno accedió al trono, los sajones habían convertido aquel impuesto en una especie de burla en la que entregaban apenas unas decenas de animales viejos y comidos por las pulgas. Pero en el año 772 los exactores francos encargados de recoger el tributo se presentaron en Aquisgrán con las manos vacías. Esto proporcionó a Carlomagno un perfecto pretexto para declarar la guerra a los sajones e invadir sus territorios. Cruzó el Rin, y en Ehresburg levantó un fuerte que sirvió de base para sucesivas expediciones. Desde allí, se dirigió al norte donde destruyó el Irminsul, un ídolo muy venerado por los sajones. Marchó luego hacia el río Weser, para volver después a Austrasia. De esa manera, conquistó la parte más occidental del gran país, sentó las bases para proseguir la invasión, y se convirtió en el paladín de la Iglesia de Roma, cristianizando un extenso territorio y a sus habitantes.


Sin embargo, sólo un año después, en 773, los sajones incendiaron las iglesias que Carlomagno había hecho construir. Siguió una feroz represalia por parte de los francos, con episodios atroces que se prolongaron hasta 804, cuando puede decirse que Sajonia fue completamente sometida. Hubo en aquel periodo bautismos en masa, seguidos de abjuraciones y asesinatos de sacerdotes y frailes, que a su vez, provocaban nuevas y cada vez más sangrientas represalias. En fin, la guerra franco-prusiana que nos es tan familiar en época contemporánea, pero librada once siglos antes con hachas, lanzas y espadas en lugar de cañones. Sobresalió entre los sajones un caudillo llamado Vidikindo, una especie de Vercingetórix redivivo especialista en incendiar abadías y violar a monjas. En Varden, al sur de Bremen, Carlomagno ejecutó a cuatro mil rehenes sajones. El instrumento documental de la represión franca fue el llamado Capitular sajón, un texto urdido a medias por Carlomagno y el papado, cuyo contenido podría resumirse en la fórmula cristianismo o muerte.


Sajonia se transformó en una inmensa prefectura franca. Una red territorial de condados a cargo de condes dotados de amplios poderes sobre vidas y haciendas. Para sofocar las frecuentes revueltas e impedir que se repitieran, el emperador ordenó la deportación en masa de millares de familias sajonas a los territorios occidentales de Austrasia y Neustria. La medida resultó todo un éxito. En el siglo XX la intentaría repetir Hitler repoblando Polonia y Bohemia, y de hecho la repitió Stalin en la Unión Soviética con el mismo éxito que Carlomagno.

En los albores del siglo IX, Sajonia era ya el embrión de la futura Germania. El emperador extendió su dominio hacia el sur y el sureste, dominando Baviera y los territorios alpinos. No le detuvo la oposición del caudillo bávaro Tassilon que se hizo fuerte en Ratisbona durante un breve periodo, al parecer con apoyo de Bizancio. Carlomagno aplastó también la insurrección con gran regocijo por parte de Roma, cuyas hostilidades con Bizancio eran más que patentes. Así, el emperador de la barba florida extendió su dominio hasta el curso inferior del Danubio y Panonia, la actual Hungría.

También durante el verano de 778, Carlomagno estuvo a punto de extender su dominio hasta Hispania, una vieja aspiración de su reinado. No pudo ser. La Zaragoza musulmana, pieza clave para dominar el valle del Ebro, se le resistió. Frente a sus murallas, el emperador de los francos tuvo noticia de una nueva revuelta en Sajonia, y volvió grupas. En su retirada, saqueó Pamplona, y al regresar a su reino por el paso de Roncesvalles, fue sorprendida su retaguardia por grupos de vascones en el desfiladero de Valcarlos. En la escaramuza perdió la vida su paladín Roland, también conocido como Roldán, Rolando u Orlando, episodio que dio origen al cantar de gesta más famoso de Europa, la Chanson de Roland.

al-Andalus, la Hispania musulmana, quedó así definitivamente separada de Europa por los Pirineos y por varios siglos. Los entonces todavía incipientes reinos cristianos peninsulares, fueron poco a poco estableciendo puentes culturales con el continente, sobre todo a través del Camino de Santiago, verdadero cordón umbilical y arteria cultural que unió la península Ibérica al Occidente europeo.

 

Para amasar una gran fortuna hay que hacer harina a mucha gente. Manolito, el amigo de Mafalda.

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