El
número de oro o número áureo es un número irracional que se representa con la
letra griega phi (F). Se conoce ya desde la Grecia
clásica, y aparece documentado alrededor del año 300 a.C. en los Elementos de Geometría de Euclides,
acaso el primer superventas y con seguridad el libro más leído y reproducido
sobre ciencia. Es, después de la Biblia y de las obras de Lenin, el libro del
que se han hecho más ediciones y se ha traducido a más idiomas. En la edición
castellana de 1576 debida a Rodrigo Zamorano, cosmógrafo de Felipe II, puede
leerse: se dice que una recta está
dividida en media y extrema razón cuando la longitud de la línea total es a la
de la parte mayor, como la de esta parte mayor es a la de la menor. Dicho
de otro modo, el todo es a la parte como
la parte es al resto. Una sencilla pero certera definición de la llamada
proporción áurea.
El
número F,
lo mismo que otros números tradicionales como el también famoso p, contiene
un número infinito de decimales. Puede definirse mediante la siguiente
expresión:
…en
la que el signo = debería leerse como aproximadamente
igual, puesto que se escribe con un número limitado de decimales (doce en
este ejemplo), cuando su número es infinito. O al menos debe serlo, porque
nadie ha conseguido desarrollarlo hasta el infinito, claro. Quien esto escribe
ha visto en un libro de matemáticas, un cuadro con los mil primeros decimales
para los muy fans de F, pero que sean infinitos de momento es una
hipótesis. Mediante cálculos de superordenadores, se han conseguido muchos
miles, pero me temo que el infinito es por definición, inalcanzable en la
práctica.
En
el título me refería a Fibonacci, Leonardo Pisano, matemático del siglo XII
autor de la célebre sucesión que en su origen se aplicó al problema del ciclo
reproductivo de los conejos. La sucesión de Fibonacci, que desde su aparición
conocemos muy bien, parte de dos primeros dígitos, 1 y 1, y continúa sumando
los dos números anteriores para obtener el siguiente, resultando:
1,
1, 2, 3, 5, 8, 13, 21, 34, 55, 89, 144…
Pues
bien, las relaciones de la sucesión de Fibonacci con el número áureo F
son asombrosas y numerosísimas. No me atrevo a decir que son infinitas, pero lo
cierto es que cuanto más se investiga, van apareciendo más y más relaciones
entre ambos. He aquí sólo algunas de las más sencillas y evidentes:
F3 =
2F +
1
F4 =
3F +
2
F5 =
5F +
3
F6 =
8F +
5
F7 =
13F +
8
F8 =
21F +
13…
Fijaos
en que a la derecha de las igualdades van apareciendo por su orden los números
de la sucesión de Fibonacci. Los coeficientes de las sucesivas potencias de F,
son dos términos consecutivos de la sucesión de Fibonacci, de forma que, siendo
an el término de lugar n de la sucesión de Fibonacci, podemos poner
como expresión general de esas potencias del número áureo:
Fn =
an F + an-1
Si
elegimos diez términos consecutivos de la sucesión y los sumamos, obtendremos
siempre un múltiplo de 11. Veamos por ejemplo, los diez primeros:
1+1+2+3+5+8+13+21+34+55 = 143 = 11 . 13
…o
estos otros:
21+34+55+89+144+233+377+610+987+1597 = 4147 = 11 . 377
En
ambos casos, la suma de diez términos consecutivos de la sucesión, es
exactamente 11 veces el término que ocupa el séptimo lugar (13 en la primera
suma, y 377 en la segunda).
Estas
y otras relaciones fantásticas, conducen entre otras asombrosas propiedades, a
poder obtener aproximaciones de F por el sencillo
procedimiento de dividir términos de la sucesión de Fibonacci por los términos
anteriores: an / an-1.
Las relaciones van mucho más lejos y saltan de los tratados de matemáticas a la misma naturaleza, que utiliza la proporción áurea y el número F en el diseño de caracolas, rosas, semillas de girasol, distribución de los nervios en las hojas, de las hojas en las ramas o de las ramas en los tallos. Es, si se piensa, algo mágico. Así les pareció a muchos sabios del Renacimiento con Leonardo como abanderado, y así nos sigue pareciendo todavía. Los pelos del bigote de nuestro profe Bigotini van apareciendo en idéntica proporción áurea en que desaparecen los de su cada vez más despoblada cabeza. ¡Maldito Fibonacci!, exclama el pobrecillo frente al espejo.
Los
hombres de Atila irrumpieron en Roma de huno en huno.





























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