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lunes, 17 de agosto de 2015

POLIBIO Y LA BÚSQUEDA DE LA VERDAD

Nacido en Megalópolis hacia 200 a.C., Polibio era un griego notablemente romanizado. Tenemos derecho a considerarle el primer historiador realmente merecedor de ese título. A diferencia de sus antecesores, incluso del mismo Heródoto, a quien muchos consideran el padre de la Historia, Polibio fue el primero en incorporar a su tarea la veracidad y el rigor necesarios para poder considerarla una ciencia. Pionero en el análisis historiográfico, Polibio no se conformaba con haber leído los escritos clásicos o con haber escuchado rumores acerca de determinada nación. Comprobaba las fuentes, y siempre que era posible, viajaba a los diferentes territorios del Imperio, recogiendo testimonios de primera mano. En su obra, al margen de lo anecdótico que supone determinada narración de cualquier episodio, Polibio intenta explicar los hechos, analizando por ejemplo, las causas políticas, demográficas y culturales de la hegemonía romana en el ámbito mediterráneo. Junto con Tucídides, fue el primero en excluir la intervención divina de los acontecimientos históricos. Estas cualidades le convierten en pionero de la Historiografía, de la Teoría de la Historia, de las Ciencias Políticas e incluso de lo que ahora llamamos Relaciones Internacionales.

Comenzó su carrera como embajador de la Liga Aquea, y fue después elegido hiparca. A pesar de sus esfuerzos por mantener la neutralidad en las Guerras Macedónicas, los romanos lo hicieron su rehén, y en calidad de tal, Polibio permaneció con ellos diecisiete años. En ese tiempo, su amplia cultura y su trato distinguido le abrieron las puertas de la aristocracia de Roma. Lucio Emilio Paulo lo tomó como preceptor de sus hijos. Uno de aquellos hijos era nada menos que Escipión, que llegó a considerarle un segundo padre. Así que al amparo del poderoso Escipión, Polibio tuvo oportunidad de recorrer el Imperio.


Estuvo en África, siendo testigo de excepción de la Tercera Guerra Púnica y de la toma de Cartago. En Hispania vivió de cerca las Guerras Celtibéricas y pudo conocer a fondo su geografía y las costumbres de sus pobladores. A Polibio debemos la mayor parte de las noticias que han llegado hasta nosotros sobre los pueblos prerromanos de nuestra península. Su obra fundamental fue su extensa y prodigiosa Historia General, un tratado de cuarenta volúmenes que reunió la práctica totalidad de los conocimientos históricos de su tiempo.
Tras la muerte de Escipión, su valedor y protector, Polibio regresó a su Grecia natal, donde falleció hacia 118 a.C. a la entonces muy avanzada edad de ochenta y dos años. Si hemos de creer al Pseudo Luciano, uno de sus biógrafos, murió como consecuencia de una caída del caballo, lo que hablaría a favor de una vida plena y activa hasta el momento de su muerte. Desde el blog del profe Bigotini, y como apasionados de la Historia, vaya nuestro aplauso y nuestro homenaje a este Polibio, gran historiador, gran viajero, y hombre adelantado a su tiempo.

-Doctor, tengo tendencias suicidas, ¿qué me aconseja?
-Pagar por adelantado.




miércoles, 12 de agosto de 2015

BIGOTINI MOSQUETERO

El joven Bigotini era un chico de pueblo, de la Gascuña francesa concretamente. Los gascones vienen a ser en la práctica como los vascos del otro lado de los Pirineos. El apellido real de su familia era Bigoteaguirrechea, pero lo habían acortado porque en aquella Francia tan finolis de entonces, sonaba basto y pueblerino. El padre del muchacho había sido en sus buenos tiempos mosquetero del rey, así que para seguir la tradición familiar (la tradición es sagrada para cualquier vasco, sea de Euskalerría o de Melanesia), el chico tenía que ser también mosquetero a toda costa, aunque tuviera vocación de cantante de boleros o de representante de lencería. Su anciano padre le dio el mejor caballo que tenía, y con mucha ceremonia le hizo entrega de la vieja espada familiar, una reliquia que se exhibía en un lugar de honor del viejo caserío, y que sólo se empleaba para que su tía Izascun removiera sus sabrosas cuajadas.


Con su espada y su caballo partió el joven Bigotini hacia París, y al llegar a aquella gran ciudad exclamó: ¡Ahí va, la hostia!, en el tono admirativo que puede suponerse. Como iba algo distraído, tropezó con un tipo grandote, tuvieron más que palabras, y se retó con él a duelo. Al poco rato, tomando unos pinchos en una herricotaberna de Montparnasse (allí, como hablan en francés, las herricotabernas se llaman herricotabernes, pero vienen a ser lo mismo), discutió con un tío presumido, y también se retó a duelo con él. Más tarde tuvo lío con otro que parecía medio mariquita y que le soltó dos guantazos que apestaban a Chanel. No tuvo más remedio que retarse también con este.


Cuando llegó al lugar de la cita, se encontró con los tres duelistas, que resultaron ser mosqueteros del rey. El muchacho no se acobardó y les dijo: en lugar de uno en uno, si vendríais los tres a la vez, lo mismo me daría, pues. Ellos, que no habían entendido nada, se miraron, desenvainaron las espadas, y se fueron a por el chaval con ánimo de ensartarle como a una aceituna. Pero en estas aparecieron una docena de guardias del cardenal Richelieu, los matones del mandamás franchute de entonces, y claro, siendo ellos mosqueteros y el chico aspirante, se pusieron los cuatro de acuerdo para dar una lección a aquella manga de chulos. Entre los cuatro se las apañaron para dejar en ridículo a los guardias de Richelieu. Después se abrazaron, se hicieron amigos y se fueron de txiquitos a la parte vieja de París. Entre txiquito y txiquito, Athos (el tío presumido), Porthos (el tipo grandote) y Aramis Fuster (el mariquita que cuando no estaba de servicio, echaba las cartas), rebautizaron a Bigotini como Bigotignán. Se fueron a comer besugo al Orio, pero como andaban un poco justos de dinero, pidieron uno para todos, de ahí el famoso lema de los mosqueteros.


Bigotignán que era muy enamoradizo, se enamoró de una camarera. Sus padres al principio no pusieron buena cara, pero cuando les aclaró que se trataba de una camarera de la reina, admitieron que eso ya era otra cosa. Si sería camarera de un bar de copas, te daba dos hostias -le dijo su padre-, pero camarera de la reina es como cantinera en los sanmarciales de Irún, o así. Fue precisamente su novia la que pidió a Bigotignán y sus camaradas un favor. Debían recuperar un collar muy valioso, regalo del rey, que la reina había entregado a un play boy inglés con el que tuvo un desliz. El malvado Richelieu estaba al cabo de la calle del lío, y había organizado un sarao para que la reina tuviera que ponerse el collar. Como no lo tenía, Richelieu esperaba que el rey se cabreara, y se diera cuenta de que la reina era un pendón. Y es que al cardenal le gustaba mucho malmeter.

Athos, Porthos, Aramis y Bigotignán, se pusieron manos a la obra. Venciendo mil obstáculos, recuperaron la joya, y llegaron justo a tiempo para que la reina la luciera en el festejo. La reina, cuya honestidad había sido puesta en entredicho, pudo crecerse delante de su marido. ¿Qué te habías creído, gilipollas?, -le soltó. El rey quedó fatal en la Corte y tuvo que pedir disculpas. Luego se fue donde Richelieu hecho una furia, y le dijo: por tu culpa soy el hazmerreír de media Europa. Menudo gobernante estás tú hecho. Te voy a degradar a monaguillo por idiota. A nosotros nos parece una cosa corriente, pero dicho por un rey, en francés y con los dientes apretados de pura mala leche, acojona bastante. Así que el cardenal se quedó lívido, y los mosqueteros a cierta distancia le hicieron gestos de jódete, y le enseñaron los dedos tiesos, meándose de risa.


Después de este episodio, los tres mosqueteros, que ya eran cuatro, corrieron un sinfín de aventuras de capa y espada. Si tenéis curiosidad por conocerlas, hay un montón de libros y de películas donde se narran con todo lujo de detalles. El profe Bigotini no quiere proseguir por el momento, y me ruega que vaya concluyendo. Termino aquí pues el relato porque observo que acaba de abrir una caja de bombones, y temo que si no me doy prisa, sean todos para uno.

Ez zait gustatzen zezenak minigona jarri. (No me gusta que a los toros, te pongas la minifalda).



lunes, 10 de agosto de 2015

JEAN ARTHUR, ETERNAMENTE JOVEN



Había que ser muy buena para ser la favorita de Frank Capra, uno de los mejores directores de actrices de la historia cinematográfica. Jean Arthur lo era sin ninguna duda. Durante la década de los treinta esta cómica magnífica protagonizó algunas de las mejores películas. Fue inolvidable formando pareja con el joven Gary Cooper o con Jimmy Stewart, su caballero sin espada. En aquellas escenas corales de Capra, tan aficionado a recrear en la pantalla las redacciones de los diarios, Jean Arthur irrumpía como un torbellino con su melenita rubia y su determinación dibujada en el rostro. Arthur representó el espíritu de la joven democracia americana. Un símbolo para el mundo.
Lástima que no supo o no pudo envejecer bien. La Jean Arthur de los cuarenta no se adaptó a los papeles de heroína dramática que le propusieron. Simplemente cumplió en su rol de madre prendada del forastero en Raíces profundas, un filme construido alrededor de la figura emergente de Alan Ladd.
En esta entrega os brindamos el enlace para visionar un montaje musical sobre secuencias de esta leyenda del cine. Haced clic sobre la ilustración y recrearos un par de minutos con la eternamente joven Jean Arthur.

Próxima entrega: Jean Harlow



miércoles, 5 de agosto de 2015

VARSOVIA Y LAS HOJAS MUERTAS

El tren ha dejado atrás hace ya rato la boscosa Prusia oriental y la vieja, vieja Alemania. Sus raíles se extienden a lo largo de las interminables estepas de Silesia y Pomerania. Desde que cruzamos el Oder, manso y fronterizo, no vemos otra cosa que inmensos campos de trigo donde de vez en cuando, se alza tímidamente alguna casita solitaria. En menos de seis horas, y esta vez pacíficamente, haremos el camino que las ominosas tropas nazis hicieron en cuarenta y ocho. El profe Bigotini con su enorme nariz asomada al paisaje y sus bigotes azotados por el viento, escucha a todo volumen la cabalgata de las valquirias. Dentro de poco avistaremos Varsovia. No me extraña -confiesa-, que escuchando la música de Wagner, a Hitler le asaltara esa urgencia feroz por invadir Polonia.



Varsovia es una ciudad algo extraña, pero a la vez fascinante para el viajero curioso. Nada más llegar a su estación central, impresionan la retina los monstruosos edificios postguerristas. La arquitectura socialista de los cincuenta es exagerada y pétrea. Monstruosa y solemne. Tiene, como todas las obras de las dictaduras, su dosis de propaganda. Tiene también algo de asfixiante y sobrecogedor que produce el efecto de empequeñecer a las personas, convirtiéndolas en pulgas. Preside el paisaje urbano de Varsovia un gigante: el palacio de la cultura y de las ciencias, un regalo del camarada Stalin al pueblo polaco. Desde el piso trigésimo de su torre puntiaguda, un mirador permite contemplar la ciudad a vista de pájaro. Grandioso espectáculo. El edificio fue durante años la segunda construcción más alta de Europa, sólo superada por la famosa torre parisina. El taxista polaco señala el rascacielos con orgullo al paso por la avenida, y exclama no sin dificultad: ¡Stalin souvenir, mein her!


La mayor parte de la ciudad (nueve de cada diez edificios) resultó destruida durante la ocupación nazi, especialmente como consecuencia de las represalias por la heroica revuelta de 1944. Por lo tanto, Varsovia es una ciudad que en cierto modo puede calificarse de nueva. Hay dos Varsovias. Una socialista y desmesurada, de grandes avenidas arboladas, bordeadas de enormes edificios oficiales y ocasionales bloques de viviendas sociales tipo colmena, de las que tantos ejemplos vimos ya en Berlín. La otra Varsovia, más íntima y paseable, es la que reconstruyeron los polacos en los años setenta y ochenta junto al cauce del Vístula. Esta reinventada old town ha sido recientemente declarada patrimonio de la humanidad, y lo ha sido con razón. En la plaza del mercado, la vieja gran plaza de la antigua Varsovia, se alzan en hileras desiguales las casas medievales y renacentistas, apoyadas unas sobre las otras como un arquitectónico coro de borrachos. Nadie que no esté en el secreto sospecharía al verlas que la mayoría apenas tienen treinta años. Un tranquilo paseo a pie o en alguno de los tranvías y coches de caballos, hará que el viajero se familiarice con esta encantadora ciudad vieja. Tiendas de recuerdos, joyerías, licorerías y heladerías (no pueden dejar de probarse unos cucuruchos de helado increíblemente largos). Pero sobre todo cafés y restaurantes…


La gastronomía polaca es rica y variada. Probamos el célebre pato asado con compota de manzana (exquisito) y las diferentes variantes de cerdo y de cordero (las costillas guisadas resultan apasionantes). Son míticos los steak tartar servidos con su huevo y sus acompañamientos de rigor. También destacan las sopas y los preparados de setas en salsas, en cremas o de mil maneras. Un plato típico es el zurek, un pan grande vaciado y relleno de los caldos y los guisos más variopintos. Otro que puede alcanzar altos niveles de exquisitez son los pierogi, una especie de raviolis grandes como empanadillas, que se rellenan con carnes, verduras o quesos. Son una particular interpretación polaca de la cocina italiana, y se sirven muy especiados y con guarnición de chalotas confitadas.


En cuanto a los templos gastronómicos hay que destacar el Delicya Polska, frente a la basílica de Johan Pawel II, en la animada avenida que enlaza la ciudad nueva con la vieja. Es un local frecuentado por todos los famosos nacionales y algunos internacionales. Los camareros os ofrecerán una mesa en la terraza exterior. No os dejéis engañar. El comedor interior es lujoso y cálido, y está presidido por un carro de licores monumental, digno de figurar en el mobiliario de un palacio. También os fascinará el Fret@Porter, interesantísimo restaurante de cocina de autor en la calle Freta de la new town. Es un local íntimo de atmósfera decadente con velitas, artísticos centros florales y pianista incluido. A destacar una gelatina de pato y manzana, reinterpretación del plato estrella del país, una tabla de quesos digna de príncipes, unas costillas de cordero chef stile, y un sorprendente milhojas de pollo con mermelada que nos dejó con la boca abierta. El servicio es irreprochable, como por otra parte lo es en todos los establecimientos de Varsovia, incluidos los más humildes bares. En cuanto al comercio, los artículos que más pueden tentar al turista son las joyas de ámbar del Báltico engarzadas en plata, las inevitables muñequitas regionales, y las bebidas con alto contenido alcohólico, como el licor de miel o el vodka que según los polacos, es el mejor del mundo, naturalmente. No pudimos corroborarlo, porque desde el primer trago, la boca quedó completamente anestesiada.


Ocurre con Varsovia un poco lo mismo que con Berlín. Hay varias Varsovias diferentes. Está en primer lugar, o como primera impresión del visitante, la Varsovia roja de los cincuenta y los sesenta, con sus viviendas colmena y su arquitectura titubeando entre lo sobrio y lo ridículamente pretencioso. Enormes tiendas donde se exhibe (es dudoso que llegue a venderse) una colección de trastos pasados. Luego está ese aire un poco hortera que suelen tener muchos tipos del Este, como de chulitos de gimnasio, del que alardean algunos de los lugareños. Los nuevos vientos capitalistas han traído para algunos automóviles de lujo y ropa de marca, lo que no les impide tener la dentadura cariada y los calzoncillos sucios.


Por otro lado está la Varsovia católica. Diríase que casi integrista. La imagen del viejo Papa Wojtyla elevado a los altares se ve por todas partes y se venera a todas horas. Difícilmente podrán encontrarse tantos curas y monjas por metro cuadrado como en Polonia (salvo quizá en Roma). Los polacos son fervorosos católicos que se aferran a la fe romana como un naufrago a su tabla. Rodeados como están de protestantes y descreídos, en ese catolicismo integrista se apoya en parte su identidad nacional. Les ayuda a reafirmar su sagrada nación polaca eternamente amenazada, invadida y sojuzgada, que a pesar de las dificultades, resurge siempre victoriosa y libre.

El contrapunto a la Varsovia católica, es la Varsovia golfa del vodka de ochenta grados, el juego ilegal y la prostitución. Controladas por las mafias rusas, una legión de chicas de la calle se mueve en la noche varsoviana, yendo de los clubs a los hoteles, de los hoteles a las discotecas, y de las discotecas a los burdeles de los barrios del extrarradio libres de iglesias. Hay vida nocturna en Varsovia como no la hay en las grandes ciudades occidentales. Junto a Budapest y Amsterdam, Varsovia está a la cabeza del vergonzoso negocio de la carne humana.

Bigotini se despidió de Varsovia a bordo de un taxi a todo gas, camino del aeropuerto Frederika Chopina. Se despidió con el eco de los acordes de músicos callejeros en el recuerdo. Había una vez un enano llamado Manuel… entonaba una voz anciana y temblorosa mecida por el acordeón. Nostalgia y tristeza. Hay una melodía emblemática de la ciudad y universalmente conocida: las hojas muertas. Varsovia es en cierta forma, como esas hojas muertas que evoca la canción. Una parte importante de su espíritu está construida con nostalgias y recuerdos. Recuerdos que han volado como las hojas muertas. ¿Dónde quedó la Varsovia imperial? ¿Dónde la Varsovia hebrea? Era la principal judería del mundo y tras la masacre del 44 no quedó ni un judío con vida. Recorriendo el viejo gueto, sólo la solitaria y aislada sinagoga testimonia que alguna vez se encendieron allí las lamparillas del heptacandelabro. Camino del aeropuerto vemos a nuestro alrededor caer lentamente las hojas muertas, al tiempo que vemos terminar nuestro viaje con resignada tristeza.

Señorita, envíese un ramo de rosas rojas y escriba ‘te quiero’ al dorso de la cuenta. Groucho Marx.


domingo, 2 de agosto de 2015

ENRIQUE ANDERSON IMBERT. UN CUENTISTA EN EL EXILIO

A caballo entre el realismo mágico y la fantasía, entre García Márquez y Borges, encontramos a este argentino universal. Enrique Anderson Imbert nació en Córdoba en 1910. Escritor, ensayista, profesor y crítico literario, Anderson dominó sobre todo el relato breve, el cuento, genuina expresión literaria de la imaginación más desbordada. Estudió en Buenos Aires con maestros de la talla de Amado Nervo, Alejandro Korn o Pedro Henríquez Ureña. Enseñó en las universidades argentinas de Cuyo y de Tucumán, hasta que en 1947 fue destituido de su cátedra, perseguido y obligado a exiliarse por el régimen de Juan Domingo Perón. En Estados Unidos enseñó literatura hispánica en la Universidad de Michigan hasta 1965 y en la de Harvard hasta su jubilación en 1980. Sus veinte últimos años se repartieron entre su país de adopción y su patria natal. Sus ensayos sobre historia literaria hispanoamericana constituyen lectura obligada para quienes se interesen por ella. Ya en su edad madura, y sobre todo a partir de su jubilación como docente, Anderson se entregó a la ficción con inusitado fervor, siendo autor de algunos de los mejores relatos breves en lengua española.

En sus facetas de crítico literario e historiador de la literatura, Anderson Imbert se interesó por autores tan emblemáticos y a la vez tan dispares como Rubén Darío, George Bernard Shaw o Domingo Sarmiento, de cuya obra está considerado el principal especialista. Falleció en Buenos aires en el año 2000. Biblioteca Bigotini ofrece hoy a sus fieles seguidores una versión digital de su cuento El fantasma, uno de los más célebres y aplaudidos de los que forman parte de colecciones y antologías del autor. Haced clic en la portada y dejaos atrapar por la mágica prosa de este argentino universal que supo como nadie aportar ese impagable toque surrealista y fantástico que tan bien caracteriza a la literatura hispanoamericana del siglo veinte. Estoy seguro de que pasaréis un rato agradable con su lectura.

La democracia consiste en que llamen a la puerta de madrugada, y estés seguro de que es el lechero. Winston Churchill.


miércoles, 29 de julio de 2015

OREOPITHECUS. EL AMANECER DE LOS GRANDES SIMIOS

Los restos de Oreopithecus se han encontrado en Italia, datándose en el final del Mioceno. Constituye la única especie y el único género hallado hasta la fecha de la familia de los oreopitécidos. Algunos paleontólogos lo consideran un mono del viejo mundo, otros destacan sus atributos simiescos e incluso hominoideos, especialmente su gran capacidad de braquiación. Hay quien le considera ascendiente directo de los grandes simios modernos, y quien le supone el antepasado que compartimos con ellos. En Bigotini nos inclinamos a pensar que Oreopithecus no fue sino un callejón sin salida evolutivo, uno de los primeros grandes monos cuyos rasgos avanzados son una probable consecuencia de la evolución convergente. Fijándonos en las reconstrucciones que se han hecho de él, algunas de las cuales ilustran este artículo, no podemos sino disculpar a quienes otorgan al fósil una importancia de la que seguramente carece. Los rasgos deliberadamente humanizados con que lo han imaginado algunos artistas nos inducen a mirarlo con simpatía.



Se le ha llamado también el simio de la montaña, y hasta hay quienes le dieron el curioso nombre de abominable hombre del carbón, debido a que sus restos se descubrieron en un depósito fósil de lignito en la región italiana de la Toscana. Su antigüedad se aproxima a los 14 millones de años. Oreopithecus alcanzaría la nada desdeñable altura de 120 cm. Presenta el hocico típico de un mono. También son de mono los huesos de sus tobillos. La frente, sin embargo, corresponde ya claramente a un simio. El rostro es pequeño y plano. La dentadura, dotada de caninos cónicos, es muy similar a la de los homínidos. Semejante mezcla, lejos de hablar a favor de un posible eslabón entre simios y humanos, se explica mejor si consideramos a Oreopithecus como un linaje independiente, lo que seguramente se corresponde con la realidad.

Los lugares donde se han hallado sus restos (yacimientos de lignito fósil blando) hablan en favor de un hábitat de selva húmeda. Oreopithecus se movía en las riberas fluviales y en ciénagas boscosas con una tupida vegetación. Su alimentación básica bien pudo estar compuesta de frutos, tallos y hojas de una gran variedad de plantas. Los brazos o patas delanteras, mucho más largas que las traseras, inducen a pensar que pasaba mucho tiempo en los árboles, y que empleaba la braquiación, balanceándose en las ramas, como método principal de locomoción en aquél medio arborícola. Es este un rasgo extraordinariamente moderno para aquel periodo. Y todavía es mucho más actual otra interesante y asombrosa característica de Oreopithecus: su capacidad para caminar (o al menos para correr) en posición erguida. Así lo indican claramente la estructura de su pelvis y su columna vertebral.

Como imaginar no cuesta nada, resulta muy sugestivo imaginar al simpático y humanizado Oreopithecus como un ancestro directo. Bien, ya hemos visto que no es así, y sin embargo uno no puede evitar esbozar una sonrisa ante el rostro casi humano con que algunos dibujantes especializados en paleontología han representado a este gran mono de largos brazos.

Siempre salgo con dos mujeres. No me gusta que las chicas regresen solas a casa de noche. Groucho Marx.


domingo, 26 de julio de 2015

GIROLAMO CARDANO, EL JUGADOR RENACENTISTA

Gerónimo, Hieronymus, Gerolamo o Girolamo Cardano, pues con todos esos nombres podemos encontrarle según las distintas fuentes, nació en Pavía en 1501. Fue el hijo ilegítimo de Fazio Cardano, un jurista aficionado a las matemáticas que gozaba de buena posición. El joven Girolamo inició sus estudios en su Pavía natal, para pasar más tarde a Padua, donde estudió medicina. Ejerció su arte en Milán, Bolonia y Roma, llegando a ser el médico personal del Papa. Además de su profesión médica, se interesó vivamente por muchas otras materias, hasta el punto de que podemos considerar a Cardano como el prototipo perfecto de sabio renacentista. Destacó como astrólogo, matemático, físico, filósofo y escritor. También cultivó las ciencias naturales y fue un precursor del enciclopedismo. Girolamo se divertía con el estudio de los astros. La leyenda dice que llegó a predecir el día exacto de su muerte. Como mero pasatiempo, publicó en 1554 en Bolonia nada menos que un horóscopo de Cristo, lo que le costó un penoso proceso inquisitorial y varios meses de prisión.

Aunque la sentencia llevaba aparejada la prohibición de publicar, Cardano se valió de la protección del Papa Gregorio XIII para continuar ejerciendo la medicina y firmando muchas otras obras. En medicina destacan sus comentarios a Galeno e Hipócrates y su descripción de la fiebre tifoidea. Su trabajo más importante en este campo fue El libro de los sueños, donde recogió todas las aportaciones de los autores clásicos en esta materia. El texto de Cardano es tan valioso, que el mismo Sigmund Freud lo reconoció como una de sus principales obras de consulta, cuando publicó en 1900 su Interpretación de los sueños. En filosofía se centró en la inmortalidad del alma. También estudió la hidrodinámica y publico dos enciclopedias de ciencias naturales.


Pero donde verdaderamente brilló Girolamo Cardano fue en el campo de las matemáticas. Su contribución a las ecuaciones de tercer y cuarto grado, así como la profundización en los números imaginarios, le consiguió una merecida reputación entre los matemáticos de su tiempo y de los siglos posteriores. Fue el padre de la rejilla de Cardano, una herramienta criptográfica precursora de los modernos mecanismos basados en la combinación numérica, utilizados por ejemplo, en las cajas fuertes. Fue también el inventor de la suspensión de Cardano, un dispositivo de dos ejes que giran en ángulo, y que se sigue utilizando actualmente en millones de vehículos. Cardano escribió dos autobiografías de notable calidad literaria, y por encima de cualquiera otra de sus obras, un libro, el Liber de ludo aleae, que no se llegó a publicar hasta después de su muerte, y que constituye una auténtica joya científica, por tratarse del primer trabajo serio sobre cálculo de probabilidades en los juegos de azar. Las ideas y principios contenidos en la obra resultan sorprendentemente actuales y vigentes, al punto de que su tardío redescubrimiento, supuso un notable impulso del moderno cálculo probabilístico. Vaya desde aquí nuestro humilde y sincero tributo al gran Girolamo Cardano, y que rueden en su honor los dados sobre el tapete.

El que juega por diversión no necesita ganar. El que juega por necesidad perderá necesariamente.