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miércoles, 22 de abril de 2026

DESPUÉS DE MAHOMA. EXPANSIÓN DEL ISLAM Y PRIMEROS CALIFAS

 


Al morir el Profeta, el Islam ya tenía por fin su propio libro sagrado, el Corán, una palabra que podría traducirse por lectura o discurso. Fue obra de un solo hombre, Mahoma, aunque no la escribió, puesto que no sabía escribir, y ni siquiera la dictó. Fueron Abu Bark y el resto de sus fieles más allegados quienes la construyeron a base de los recuerdos de sus palabras y sus enseñanzas. El Corán está dividido en 114 capítulos (azoras) ordenados por longitud decreciente, de manera que en el libro se mezclan reglas litúrgicas, consejos de economía, gritos de victoria, doctrinas, denuncias de enemigos, anécdotas, etc. Para quienes pueden apreciar la belleza de su idioma original, es obra poética apasionada de inimitable estilo. Para especialistas y eruditos, recuerda en muchos pasajes al libro de Isaías bíblico.

Mahoma tuvo la virtud de superar la concepción tribal de los árabes. Fundó un verdadero Estado nacional y transnacional, una hermandad alejada de las infecundas luchas intestinas.


El Corán denuncia al cristianismo como herético, por dividir a Dios en tres Personas. Coincide con el judaísmo en la proclamación de un Dios único, lo que cada día reafirman los muecines a grito pelado desde lo más alto de sus minaretes: ¡Hay un solo Dios: Alá!

Otra idea básica les separaba de los hebreos para quienes su Dios, Yahvé, es exclusivo de Israel. Para el Islam, Alá no sólo es el Dios de los árabes, sino el de todos, vocación ecuménica que comparte con el cristianismo, y obliga a sus seguidores al proselitismo activo. Unidos por la fe, los primeros creyentes emprendieron una campaña de conquista de los territorios circunvecinos, sin parangón en la Historia por su eficacia y su rapidez.

En el credo musulmán no hay sacerdocio ni otro ritual que la oración en dirección a La Meca, que puede hacerse en cualquier parte. No cabe mayor sencillez. En cuanto al fondo filosófico del credo, sabe el creyente que Dios lo ha decidido ya todo. No queda más que abandonarse a sus designios y seguir su voluntad. Este fatalismo a la larga y con el paso de los siglos se traducirá en una especie de inmovilismo inerte en gran medida responsable del atraso social y tecnológico de muchos países islámicos. Pero durante las primeras décadas del Islam tuvo el efecto de armar a los musulmanes de un valor tranquilo, un soberano desprecio por la muerte y la esperanza de un gozoso paraíso. Miles de fieles respondieron a la llamada de la yihad o guerra santa. Un espíritu guerrero que por momentos parece haber renacido en nuestro tiempo.


Aunque Mahoma no designó sucesor, Abu Bark, que durante años había sido su mano derecha, fue el primer califa, cargo con el significado de representante o vicario. Alí, el sobrino e hijo adoptivo del Profeta, se ofendió por ello, primera disidencia de la que han derivado en el mundo islámico una ininterrumpida serie de cismas y conflictos internos.

La expansión del Islam fue muy notable en ese periodo del primer califa. Los creyentes se hicieron con Siria e Irak al mando del general Jalid. Abu Bark les había dado estas consignas: Sed valerosos y justos. Morid antes que rendiros. No toquéis a los viejos ni a los niños. Respetad los árboles, el ganado y el trigo. Proponed a los infieles la conversión. Si la rechazan, que paguen un tributo. Si no lo pagan, matadlos… A Abu Bark sucedió como califa su consejero Umar. Una tras otra cayeron Damasco, Antioquía, Egipto y Jerusalén.


Umar fue asesinado por un esclavo persa. Le sucedió Uzman, primer califa de la dinastía omeya opuesta a la hashimí o hachemita de Alí, el ahijado del Profeta, que se consideraba más legítima. Por eso se hizo Alí con el poder tras asesinar a Uzman.

Aisha, la viuda que había sido esposa favorita de Mahoma, se alió con los omeyas dirigidos por Muawiya. Alí fue asesinado en Kufa con un puñal envenenado. El magnicidio indignó a los shiíes o chiítas que veneraban a Alí. Sin embargo, y a pesar de la oposición de los shiíes, Muawiya consiguió hacerse reconocer como califa de todo el Islam, y estableció su nueva capital omeya en Damasco. Los omeyas permanecieron cerca de un siglo en el poder, hasta 750. Continuaron su imparable expansión que les llevó hasta los confines de la India en oriente y hasta la península Ibérica en occidente, penetrando en Europa a través de Gibraltar en 711. No obstante, continuaron y continuarían durante siglos las disputas internas cuyos ecos todavía no se han extinguido hasta el presente.

-Será mejor que mantengamos nuestro amor en secreto.

-Pero si yo no te quiero.

-Muy bien. Esa es la actitud.


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