
A
la pequeña localidad acudieron científicos, periodistas,
fotógrafos, sacerdotes y una legión de curiosos. Mientras duraron
las sesiones del proceso, los establecimientos de Dayton hicieron su
agosto. Los más avispados lugareños llegaron a cobrar sumas
astronómicas por una habitación a los corresponsales de los
principales diarios del país, que siguieron los acontecimientos sin
omitir el menor detalle. Muy pronto quedó patente que lo que estaba
en juego no era la sanción al pobre maestro, un hombre modesto y
tímido al que las publicaciones sensacionalistas apenas prestaron
atención. Lo que se dirimía en Dayton, Tennessee, era la validez de
las teorías de Darwin y de Haeckel, enfrentadas al libro sagrado
cuya textualidad admitían a pies juntillas millones de americanos,
para estupor de la mayoría de los europeos.

El
principal protagonista de la facción anti-evolucionista de Dayton
fue William Jennig Bryan, un hombre con grandes aspiraciones
políticas, candidato a la presidencia del consejo municipal, y
postulado por sus seguidores como el futuro gobernador del estado.
Bryan era un fanático religioso, capaz de recitar de memoria cada
uno de los versículos de la biblia. Era un orador elocuente que
sabía arrancar el aplauso de aquel entregado auditorio de paletos,
mientras alzaba sobre su cabeza el libro sagrado con la mayor
solemnidad. Frente a él, Clarence Darrow, un reputado jurista de
ideas liberales, se encargó de la defensa del pobre Scopes, que sin
apenas intervenir, asistía atónito a aquel duelo de titanes. Si
queréis hacerlo también, os recomiendo la revisión de La
herencia del viento, una
formidable película producida por la MGM en 1960, y dirigida por
Stanley Kramer. Los papeles de Darrow y Bryan, con otros nombres
supuestos, eran encarnados por Spencer Tracy y Fredric March, dos
gigantes de la interpretación frente a frente.

Como
estaba cantado, se declaró culpable al maestro, al que se impuso una
multa de cien dólares. Después de escuchar la sentencia, los
honrados ciudadanos de Dayton se arrodillaron en la sala, y
permanecieron allí durante largo espacio, entonando salmos e himnos
religiosos. El maestro abandonó la escuela, la ciudad y el estado.
Temía por su integridad habitando entre aquellas buenas gentes de la
nación más libre de la Tierra. En la actualidad, tanto en Tennessee
como en otros estados de la América profunda, la ley exige que en
las escuelas se trate el evolucionismo
como una simple teoría más, y que no se olvide incluir como
alternativa el creacionismo,
siguiendo las enseñanzas de la sagrada biblia. Así de crudo, así
de estúpido y así de vergonzoso, amigos.
Cualquier
mono que se respete rechazaría toda pretensión de parentesco con el
hombre.
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