El
profe Bigotini nos propone mirar un poco al suelo que pisamos, y percibir su
geometría. Los mosaicos, conocidos ya desde muy antiguo, presentan una gran
variedad de formas. En la antigüedad grecorromana predominaban los motivos
realizados con teselas, pequeñas
piezas cerámicas. Más adelante, surgen mosaicos a base de diferentes polígonos.
Entre los polígonos regulares, predomina el cuadrado. Sirven también los
triángulos equiláteros y sobre todo los hexágonos que son, como se ha
demostrado, los polígonos más eficaces para cubrir los planos llenándolos sin
dejar huecos. Así lo entiende la propia naturaleza y así lo aplican las abejas
a sus colmenas que utilizan los hexágonos regulares como base de los panales.
Sin embargo, el pentágono es una mala elección para un mosaico, porque no hay
manera de hacer encajar pentágonos sin dejar huecos.
La
clave está en los ángulos. Sirven los 60º del triángulo equilátero, los 90º del
cuadrado y los 120º del hexágono, pero no los 108º del pentágono. Tampoco serán
útiles polígonos con mayor número de lados (7:128,6º; 8:135º; 10:144º;
12:150º…).
Ahora
bien, aparte de los polígonos regulares, existen otras figuras geométricas
irregulares que se han utilizado para construir mosaicos. Probablemente el
mayor y más fascinante muestrario de ellos lo encontramos en la Alhambra de
Granada. La asombrosa arquitectura nazarí concibió unos cuantos tipos de
ladrillo que no sólo sirven para ocupar espacios completamente, sino que
constituyen un prodigio de fantasía y belleza.
Está
en primer lugar el ladrillo tipo hueso, también llamado hueso nazarí, construido a partir de un ladrillo cuadrado en el que
se trazan las diagonales, se divide su base en cuatro segmentos iguales y se
trazan líneas verticales en los cortes de dichos segmentos. Luego, se extraen
los paralelogramos resultantes del cruce de las líneas y se colocan en la parte
inferior del recuadro:
El
segundo que encontramos en la Alhambra es el de tipo pajarita que parte de un triángulo equilátero, trazando una curva
desde los vértices hasta la bisectriz de cada lado. Se extraen las superficies
resultantes entre la curva y los lados y se colocan en el exterior:
El
tercer tipo es el mosaico de clavos.
A partir de los lados de un cuadrado se dibujan dos ángulos rectángulos en su
interior cuya hipotenusa tenga la longitud de un lado. A continuación, se
extraen los triángulos y se colocan apoyados exteriormente en los lados
opuestos:
Resulta
curioso que con la precaria tecnología de aquellos tiempos, el ingenio humano
fue capaz de concebir las verdaderas maravillas que hoy podemos admirar no sólo
en la Alhambra granadina, sino en muchos otros elementos del arte mudéjar. En
Aragón tenemos magníficos ejemplos, desde los reseñados hasta fabulosas
estrellas de diez puntas.
Todos
estos motivos y diseños geométricos no han sido superados sino hasta tiempos
bien recientes con los mosaicos de
Penrose. Se trata de mosaicos no periódicos concebidos ya en la segunda
mitad del pasado siglo XX por el eminente físico y matemático sir Roger
Penrose. Los más célebres y extendidos utilizan dos piezas irregulares llamadas
cometa y flecha por sus peculiares formas. Ambas combinadas son capaces de
cubrir planos por completo. Dan lugar a estructuras complejas entre las que
destacan los mosaicos sol, estrella o rueda de carro.
En
todas estas innovaciones, la proporción áurea y el número F
juegan un papel decisivo.
Muéstrate siempre seguro de ti mismo, como si supieras lo que estás haciendo. Manual del político.








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