Septiembre de 1485. Pedro Arbués caminaba ya de
anochecida por los angostos callizos de aquella Zaragoza desmesurada y
renacentista de espléndidos palacios y patios sobrecogedores, donde pululaban
celestinas, melibeas y calistos, pármenos y elicias, sempronios, y areusas, en
un continuo e incesante ir y venir anhelos y pasiones encendidas. ¡Quién me iba
a decir, -pensaba-, que acabaría siendo nada menos que inquisidor general! Si
me parece que fue ayer cuando dejé Épila para marchar a estudiar a Bolonia…
Las principales familias de conversos aragoneses estaban
inquietas. Y con razón. Los Santángel, los Montesa, los Sánchez, los Durango,
los Santafé, los Caballería, los Paternoy… andaban con la barba en el hombro,
mirando al soslayo y viendo en cada sombra un enemigo, en cada sayón un
sambenito, en cada soga un tormento, en cada borrica un paseo, en cada tabla un
patíbulo, y en cada rostro de cristiano viejo, la amenaza voraz de la amarga, huesuda
y desdentada segadora de afilada guadaña.
De la inquietud pasaron al terror, y de éste a la conspiración. Otra
vez se afilaron los cuchillos a orillas del Ebro, río vertebral y totémico de
la Iberia sagrada, si, pero también torrente sangriento de una España parricida,
que desde su nacimiento codicia ya el bocado de su hermano, y se lo arrebata a
dentelladas, como en un despiadado aquelarre de hienas. Vaciados los filos y
prietas las filas, los hijos de Israel se conjuraron para acabar con Arbués.
Septiembre de 1485. 14 de septiembre por la tarde. Las luces se
apagan. Los asesinos se perfilan como gárgolas vivas en las sombras góticas de
la oscura catedral. Penumbra de muerte. Preludio de muerte. Pedro Arbués, el
inquisidor, se arrodilla pesadamente ante el altar mayor. Corta el aire el
baile lascivo de los cuchillos, de las hojas desnudas, de los fríos puñales.
Helados fragmentos de plateada luna. Pedro Arbués, el inquisidor, se postra
frente al altar, con el rostro sobre las frías losas y los brazos en cruz.
Murmullo asmático de rezos. Llanto moribundo de negra profecía. Barrunto
inminente de la parca que galopando, se acerca y reclama a gritos lo que es
suyo…
…A continuación se desata la orgía sangrienta. Una
puñalada, dos, cinco, diez puñaladas, doce… Doce rosas de pasión. Se escapa la
vida del inquisidor por doce surtidores como los caños de la fonteta de la
puyadica. Corren también sus asesinos a refugiarse en las sombras de las que salieron.
Huyen a la carrera por las callejas en penumbra. En el corral de Pabostria,
junto al arco del deán, dos menestrales detienen a uno, pero se les escurre de
entre los dedos como un pez.
-Igual de frío estaba, -declararán después-. Tenía
sangre en las manos, y en las entrañas el frío de la muerte. Les escupió el
odio en la cara y corrió hacia la Maestranza más ligero que el viento. Su
nombre no lo saben. Su rostro no lo vieron. Su condición: ¡judío!
Y al grito de ¡judío!, se alza en armas la vieja
Zaragoza de los cristianos viejos. Si eres de Ponzano, no serás cristiano. ¿Te
llamas Hervás?, judío serás. Los escolares del estudio de la Magdalena se
arremangan el manteo, los labradores de san Pablo, feroces broqueleros de piel
de pergamino, esgrimen sus adargas y broqueles, los hidalgos del coso empuñan
antiguas espadas polvorientas. Clamores de venganza rasgan el clamoroso
silencio de la noche y enturbian el turbio amanecer de los terrores. En los
siguientes días y en los meses siguientes, Zaragoza arderá desde la puerta de
Sancho a la del Sol, y desde la del Ángel a la Cinegia. Serán elviras y
vivarramblas aragonesas que tocarán a rebato contra el perro y el marrano. La
cólera y la furia desatadas, si, pero también la infame delación, la calumnia
cobarde. Graznan los cuervos voces de muerte. A muerto doblan las campanas en
los campanarios, y en los corazones redoblan a muerto.
Murió el inquisidor tres días más tarde, el 17 de
septiembre de 1485. Sus últimas palabras fueron: -muero por Jesucristo, ¡alabado sea su Santo Nombre! Entre junio y
diciembre del año siguiente, fueron detenidos y juzgados en varios autos de fe
sus matadores. Zurita recoge en su crónica que los homicidas materiales fueron
ocho, que hubo nueve ejecutados en persona, dos suicidios, cuatro condenados
por complicidad, y trece a los que nunca pudieron echar mano, y fueron quemados en efigie, como era costumbre
en esos casos. Después el nuevo inquisidor, Gaspar Juglar, persiguió a las
principales familias conversas, sin que les sirviera de nada invocar los
antiguos fueros del reino.
Pedro Arbués, San Pedro Arbués, fue beatificado por
Alejandro VII el 17 de abril de 1662, y canonizado por Pío IX en 1867. Es el
patrón de su Épila natal, y sus restos pueden venerarse en la capilla de su
nombre de la Seo zaragozana, obra de admirable fábrica renacentista que se
atribuye a Gil Morlanes. Según sus hagiógrafos, inmensa muchedumbre acompañó al santo mártir en su funeral, y después
en su sepulcro se consiguieron muchos favores de Dios muy admirables.
Bueno, pues amén,
pero menudo baño de sangre a cuenta del inquisidor. Aunque, bien mirado, si no
hubiera sido por esto, hubiera sido por cualquier otra cosa. Los españoles
necesitamos muy poca excusa para degollarnos los unos a los otros como a gorrinos.
Aquí en la piel de toro, sabemos por experiencia que cualquier día puede ser
nuestro san martín. En España, amigo mío, si llaman a la puerta de madrugada,
nunca es el lechero.
Afortunado el que nada espera porque nunca será
defraudado. Alexander Pope.
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