viernes, 2 de octubre de 2026

HERMES TRIMEGISTO: A LA TERCERA VA LA VENCIDA

 


La gnosis de Hermes Trimegisto, el tres veces muy grande, fue probablemente la primera que se desarrolló al margen del cristianismo. El epíteto trimegisto se explica porque según la tradición gnóstica, había vivido tres veces, y en su tercera reencarnación fue capaz de recordar las dos anteriores, con lo que alcanzó una sabiduría sin parangón con ningún otro ser viviente. Tomando como fuente a Hermías de Alejandría y a los autores árabes, el primer Hermes, que vivió antes del diluvio, fue el inventor de la astronomía; el segundo, médico y filósofo, fundó Babilonia; y el tercero, Hermes el alquimista, guardaba sus tesoros en Kamtar, la misteriosa ciudad de los magos perdida en el desierto. Algunos identifican a Hermes Trimegisto con el dios egipcio Torh. Manetón y Jámblico sostienen que había escrito 36.525 libros de los cuales cien trataban sobre los dioses del Imperio, otros cien sobre los del éter, y mil sobre los del cielo. Añaden que para acceder al grado del sacerdocio en el antiguo Egipto, los aspirantes debían saber recitar de memoria al menos cuarenta de los libros herméticos.


Hermes Trimegisto pertenecía a la hermandad del gnosticismo, secta oculta tan cuidadosamente que ni siquiera el padre Festugière, el mayor especialista en la materia, ha sido capaz de descubrir ni el lugar de origen de cualquiera de sus miembros. Precisamente al padre Festugière, entre los siglos II y IV, que no es mucho precisar, se debería la autoría de una serie de obras en griego firmadas como Hermes Trimegisto, que en 1463 fueron publicadas en Florencia por Marsilio Ficino, propagándose así el mito hermético hasta nuestros días. Sus seguidores gnósticos no dudan en atribuir al maestro todas esas obras. Estudiosos más imparciales se debaten entre reconocer como autor al abate Festugière o a Marsilio Ficino, su editor renacentista.


Entre los libros que actualmente circulan como canónicos destacan el Corpus hermeticum, conjunto de diecisiete tratados en los que Hermes enseña su filosofía a su hijo Tat, al médico Asclepio (Esculapio) o al rey Ammón; el Discurso perfecto, del que sólo ha sobrevivido una versión latina; y varias obras en árabe como el Libro de Ostathas, que expone la teoría del macrocosmos y el microcosmos, o la carta a la reina Amtounasia sobre la Gran Obra.

Lo cierto es que el conjunto no parece presentar ninguna unidad de doctrina. Es más, algunos de los libros ni siquiera pueden calificarse en rigor de gnósticos. En el Poimandrés, que forma parte del Corpus hermeticum, aparece la principal definición religiosa del hermetismo: la gnosis hermética es el conocimiento de Dios en cuanto hipercósmico, inefable, no susceptible de ser conocido por los solos medios racionales, y el conocimiento de sí mismo en cuanto salido de Dios.


Afirma Hermes (o lo hacen sus apócrifos intérpretes) conocer los orígenes del Cosmos y el destino del alma, aunque examinada la doctrina con detenimiento, no se desvelan ni los unos ni el otro. Así que nuestra conclusión racionalista y bigotiniana nos inclina a calificar el hermetismo como mera palabrería destinada a fingir una sabiduría inexistente y a exhibir una falsa erudición que deje boquiabiertos a los simples. En una película de Woody Allen, el protagonista le suelta un discurso en jerga psicoanalítica a una joven de buen ver, y ésta le espeta sin miramientos: oye, si lo que quieres es follar, déjate de filosofías y dímelo sin rodeos.

Nuestro profe Bigotini que, entre nosotros, es también un poco erudito a la violeta, es muy proclive a ese tipo de circunloquios pseudointelectuales para presumir de sabio. A veces me atrevo a sugerirle que salga un poco de la biblioteca y frecuente más los bares. Ahora que no nos oye, sospecho que el pobre lo que quiere en el fondo es follar, como todos.

Follardo, digo, perdón, Gerardo. ¿En qué estaría yo pensando?